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Retórica y materialidad de la escritura

Lecturas de las retóricas postestructuralistas

Libro Especializado 2012 282 Páginas

Literatura - General

Extracto

Inhaltsverzeichnis

0. Introducción

1. Los estructuralismos. La fenomenología
La huella fenomenológica
Estructuras
Estructuras lingüísticas
Advenimiento de la lingüística
Fronteras lingüísticas. La lengua como modelo
Estructurar sociedades como lenguas
Antropologización de la sintaxis

2. Escenas del lenguaje
El lenguaje en escena, Wittgenstein
Ideologías lingüísticas, ideologías retóricas
La arqueología como método
El inconsciente está estructurado como una lengua
Freud, botánica y retórica
Lacan, figuración y fantasma significante
Deslizamientos materiales

3. Teoría de la inscripción. El anagrama. Saussure
Lectura de Kristeva de los anagramas
La deriva significante, las palabras-cosas
Lógica del significante

4. Teoría literaria y teoría de la escritura
Teoría de la escritura
Escritura de placer
Validar la crítica. Barthes, el espectáculo teórico
Los límites de la escritura, la escritura de los límites
Teoría heterológica de la escritura
El espacio de la escritura
Hablar
Escribir
La escritura y el libro
Paul de Man lector de Maurice Blanchot
El límite de la escritura: el marco de la crítica
El marco parergonal

5. El signo, la escritura y la deconstrucción retórica
El signo desde la différance
Inscripción
Fracasos de la escritura. Paul de Man
Hölderlin, Heidegger, testimonios
La teoría de la literatura y el fracaso del signo. La ceguera
Estenografías
Escritura corográfica, Derrida
La escritura y la archiescritura
Límites de la escritura
Bordes
Corografías

6. Neorretóricas
Jakobson, paradigma y sintagma
Cohen. Desviaciones
Grupo mi. Grado cero
El grado cero tropológico, la respuesta demaniana
Apareamientos semánticos
Le Guern. Metáfora y metonimia
Estilo, hipograma
Lectura de los hipogramas de Riffaterre. Inscripción y materialidad
Derrida, exergo como inscripción
La connotación, el anagrama, Kerbrat-Orecchioni
Figuración
Greimas, Rastier, pluri-isotopía, écfrasis
Figuras
Literatura y significación
Charles. Efectos retóricos materiales
Retórica textual general
Retórica y filosofía

0. Introducción

¿Cuál es el lugar de la retórica en los estudios literarios contemporáneos? Es una pregunta demasiado general. Es una pregunta oscura, no atiende a la claridad que demandan los tratados de retórica clásica, da pie a la confusión, al error; sin embargo, permite lateralmente plantear una serie de cuestiones implícitas en ella: ¿Cuál es el lugar de la retórica? ¿Cuál ha sido el lugar de la retórica en los últimos tiempos? ¿Puede algo como la retórica tener lugar, tener un lugar? Por un lado, nuestra pregunta se dirige hacia el papel que ha jugado la recuperación de la retórica para la teoría literaria en los últimos años; por otro, cuestiona la existencia de un lugar concreto, fijo, recuperable para articular, clasificar, ordenar, los efectos retóricos de los textos literarios. No obstante, estamos adelantando conclusiones que deberán ser consideradas con más detalle. En los siguientes capítulos, que son propuestas de lecturas retóricas, recorreremos algunos de las obras más significativas para entender la evolución de los estudios sobre esta materia desde el estructuralismo europeo. Hablaremos desde el lugar material significante, y mostraremos las tensiones que produce para la lectura.

Al ocupamos de la materialidad del signo en el enfoque textual por parte del estructuralismo y el post-estructuralismo encontramos que la retórica se remite a un lugar en el espacio de la escritura, que la remarcación en la escritura crea una autotópica en la que es posible reconocer la invención como viaje y descubrimiento por estos lugares. Para empezar, el lugar que separa ambos movimientos se nos aparece como un lugar límite, un lugar en el que la retórica se caracteriza por el exceso de la sintaxis sobre la semántica, y donde la figura se asocia a la capacidad del lenguaje para producir escenas. En este sentido, la figuración retórica tiene lugar en la escena del lenguaje, en el espacio heterológico que va tomando cuerpo con el nombre de escritura. La teoría literaria, una parte marginal de la teoría literaria, es entonces, teoría de la escritura. Así, la teoría de la figura en términos lacanianos, podría llamarse una teoría de la figura fantasmal; en términos derridianos una teoría del espectro; y si queremos, parafraseando a Paul de Man, una teoría sobre la desfiguración del rostro de los muertos. Por consiguiente, cabe entonces preguntarse si la retórica puede tener algo así como un lugar, si los tropos y figuras tienen una posición única y estable en la escena de la escritura. Aunque, por otro lado, ¿cómo tener un lugar en la deriva, un lugar cuya base es el deslizamiento imprevisible e incalculable del significante? Y por tanto, ¿cómo queda el estatuto de la teoría literaria ante estos presupuestos, cómo queda el lugar de la retórica en los estudios sobre literatura tras comprobar su dependencia de la materialidad significante? Aún es más, ¿cuál debe ser la postura del crítico, cuál su pedagogía? No podemos olvidar que la retórica conlleva de por sí un componente pedagógico, por tanto ¿cómo dar cuenta al mismo tiempo de la dimensión pedagógica del discurso retórico? Las respuestas son complejas, la mayoría necesitan una larga explicación, otras deben ser mostradas, puestas en escena, escenificadas. El testimonio resultante por su parte, resulta de la asunción de una ceguera.

El segundo orden de cuestiones sobre el lugar de la retórica en los estudios literarios pasa por la lectura de las aportaciones de los neorretóricos al corpus de trabajo sobre la materia. Este renacimiento retórico y la proliferación de obras que supuso permiten valorar su aplicación en el ámbito de la teoría literaria. Así pues, es fácil observar dos tendencias generales a la hora de hablar de retórica: una preocupada por extender, por trasladar las nuevas tendencias lingüísticas, sobre todo aquellas orientadas desde la concepción del texto, a los paradigmas retóricos clásicos; otra, identificable con los trabajos en deconstrucción, preocupada por la capacidad productiva y desestabilizadora de los tropos y figuras en la lectura de textos literarios o filosóficos. El lugar de la retórica en el primer grupo está bien definido: la retórica puede actuar como el suplemento estético o formal de la gramática. Los lugares, por tanto, de esta retórica pertenecen a una red de elementos que dan cuenta de un uso particular del lenguaje que responde a paradigmas estables. Los trabajos examinados desde los puntos de vista de Derrida o Paul de Man, por el contrario, nos enseñan a considerar la retórica unida a la inscripción material, y si dicha inscripción es un instante dentro de un movimiento inanticipable, el lugar de la retórica es un lugar sin lugar, un lugar desplazado, por venir, un lugar que tiene lugar, en todo caso, como fracaso de la lectura. Deberíamos referimos a este fracaso de la lectura como el del espacio de una desfiguración del lugar, el lugar de un cuestionamiento general del lugar. Incluso en el espacio de las partes clásicas del arte retórico hemos estudiado el desplazamiento, la remarcación, de alguna de sus partes. Hemos visto la importancia de la inventio para la lectura, pero también para la misma condición de la retórica y la escritura.

Tras estas lecturas también hay una manera de acceder a la inventio retórica desde la misma escritura. Ello, por ejemplo, nos ha llevado a concebir este trabajo de modo heterogéneo, alternando autores, recogiendo diferentes fuentes, acudiendo a distintos ámbitos de conocimiento y planteando una exposición discontinua; en ocasiones, hemos preferido ocuparnos de lo secundario, y nos hemos servido de la técnica del collage para romper con la imagen de texto compacto, cerrado sobre sí mismo, propia de este tipo de trabajos. A grandes rasgos, el planteamiento ha sido: señalar el límite entre estructuralismo y post-estructuralismo; ubicar la importancia de la retórica en dicho límite; reflejar las contribuciones a la retórica del estructuralismo francés, al mismo tiempo que leerlas de nuevo desde el margen retórico de algunos trabajos sobre todo de Paul de Man y Jacques Derrida.

Para trabajar sobre el lugar de la retórica hemos adoptado una metodología que también, en ocasiones, se ha basado en la inventio, esto justificaría, por ejemplo, la referencia a temas aparentemente secundarios con respecto al corpus de la retórica. Han sido formas, en todo caso, irónicas, de aproximarnos a la teoría, que han buscado subrayar su carácter inestable. Tomarían parte de un método que asume una pedagogía consciente de que toda lectura crítica es una mala lectura, que cuestiona el lugar de la crítica y la posición de autoridad del crítico. Han sido formas de mostrar la capacidad de la retórica para postular materialmente su condición indecidible. Así, nuestra pregunta inicial, ¿cuál es el lugar de la retórica en los estudios literarios?, se transforma entonces en la siguiente: ¿cómo escribir sobre el lugar de la retórica en los estudios literarios? La posición adoptada en nuestro trabajo ha sido: produciendo cortes, interferencias, combinando áreas de saber, reproduciendo citas, traduciéndolas, desarrollando un texto paralelo en las notas a pie de página, violando algunas de las partes formales del discurso, haciendo que las tesis contenidas en este trabajo se complementen siendo prótesis de tesis. En estas lecturas que proponemos queda claro el papel de la invención, de la invención del otro, de la lectura del otro, de su escritura. ¿Cómo no tomar partido de tan diversas escrituras trabajadas aquí?, ¿cómo obviar una cierta responsabilidad para con el discurso ajeno? Leer los textos que hemos propuesto para seguir el recorrido de la retórica en los últimos tiempos, de la manera que lo hemos hecho, produce una desaceleración continua, dificulta la fluidez, crea resistencias; sin embargo, las lecturas materiales, las lecturas retóricas nos ponen en guardia sobre las ideologías, incluso sobre las del mismo lector. ¿Cómo obviar cierto acto de donación del sentido a través de la postulación material del lenguaje, a través de la figuración retórica? ¿Cómo dejar de considerar el acto temporal alegórico que deja entrar al otro y lo inscribe en la memoria? ¿Cómo no ser irónico ante la venida de este otro que siempre vuelve sin anticipación posible?

1. Los estructuralismos. La fenomenología

Los intentos por definir tanto el estructuralismo como el post-estructuralismo son variados y de múltiple talante, tanto por parte de críticos e historiadores, como de los propios autores que formaron parte del movimiento. Por ejemplo, J. Ellis (1978:16) opina que lo mejor que se puede hacer para definir el estructuralismo es referirlo a una serie de trabajos teoréticos y críticos surgidos en Francia, inicialmente como una revuelta en contra de aquellas formas demasiado conservadoras en los estudios de teoría literaria, y de historia. “Una definición más analítica sería dudosa”, declara Ellis[1]. Sin dejar de reconocer que hay mucha verdad en sus palabras, este tipo de afirmación, evidentemente, se queda más que corto. Siguiendo esta lógica, el post-estructuralismo sería igualmente una simple y mera reacción contra la corriente precedente. Ante este tipo de delimitación tético-categórica, se hace comprensible el tono jocoso-melodramático de François Dosse (1991:19) cuando declara que el estructuralismo, para triunfar, debía, como en toda tragedia, matar. Y la cabeza visible que debía ser cortada, era la de Jean-Paul Sartre, figura tutelar de los intelectuales de después de la guerra. Otros autores, como Jackson (1991), piensan que lo que entendemos como estructuralismo, bajo este incorrecto y confuso término, sólo es un grupo de filosofías populares que sucedió con éxito al existencialismo, y que como movimiento acabó alrededor de 1967[2]. Según este autor, Jakobson ya tenía bastante claro, en los años cuarenta, que el modelo saussuriano del lenguaje presentaba debilidades fundamentales, tan severas que era lógicamente imposible que pudiera proporcionar un modelo adecuado para una teoría de la lengua. A esta debilidad puesta de relieve en el punto de partida, Jackson la llama “pobreza lógica”. A causa de esta pobreza, el modelo estructuralista del lenguaje no pudo ser nunca satisfactorio en otras áreas como la antropología, el psicoanálisis, la historiografía, etc., que fueron ampliamente trabajadas en Francia. La debilidad, según él, radica curiosamente, y por ello nos detenemos en esta crítica, en el hecho de que el modelo de Saussure emplea una noción inadecuada de sintaxis, por no hablar de una errónea noción de signo y de sistema. Hagamos que esta crítica sirva de algo y retengamos que todo el estructuralismo parte de un modelo de sintaxis erróneo. Tal vez lo que Jackson está vislumbrando, sin saberlo, son las enormes posibilidades de esta sintaxis y las consecuencias que una sintaxis de la diferencia puede aportar al estudio del problema. Cuando esta sintaxis se considere desde su perspectiva material, alcanzará su máxima efectividad. Únicamente sería necesario seguir un rastro, si no queremos retroceder demasiado en el tiempo, que va desde Saussure a Wittgenstein, hasta Heidegger y, que en cualquier caso tiene su repercusión en el existencialismo francés, y por extensión en el ficcionalismo americano. Lo cierto es que es difícil centrar el objeto de la cuestión correctamente, ya que al contrario de la opinión dominante en este campo, las asunciones teóricas, y posiblemente también la definición de estructuralismo, son a menudo demasiado apresuradas. La situación es tan complicada que las diferentes escuelas que entran en la cuestión (la escuela de Praga, la escuela de Copenhague, la escuela Inglesa, el descriptivismo americano con la escuela de gramática generativa transformacional, y la escuela Soviética) no pueden recibir el nombre común de estructuralismo. Esta confusión, la mayoría de las veces, es producto de la ilusión que resulta de una hipóstasis: el término estructura, produce la creencia de que si hay un nombre debe haber un objeto para su estudio.

No es fácil ocuparnos del tema manejando tales generalidades, pero resulta necesario si no queremos perdernos en la madeja histórica, tanto más cuanto nuestro propósito no es hacer una historia crítica de estos movimientos. Nuestro verdadero interés se centra en ofrecer una lectura del papel de la retórica en el movimiento post-estructuralista, para lo cual no podemos pasar por alto las circunstancias del estructuralismo. En consecuencia, esto nos conduce a dos implicaciones fundamentales: la primera, paso imprescindible, supone entender lo que ha significado la retórica en este tipo de estudios y cuáles han sido sus influencias inmediatas; la segunda, y más problemática, consiste en plantear cómo y bajo qué condiciones se puede escribir sobre la retoricidad de todo texto, esto es, cómo se podría tratar sobre la retórica desde la retórica, aspecto que no puede dejar de acompañarnos en nuestro recorrido, y que va a ser la causa de continuas interrupciones y paréntesis explicativos.

La huella fenomenológica

Ya en las Logische Unterduchungen de Husserl, a principios del siglo XX, encontramos un rasgo fundamental que las distinguen de la filosofía del siglo anterior: la vuelta al objeto y al ser. Vuelta al objeto que en manos de Heidegger será vuelta a la pregunta por la cosa y al cuestionamiento radical sobre el preguntar mismo. La cohabitación de la fenomenología y el existencialismo va a ser uno de los rasgos fundamentales del pensamiento de los años cuarenta-cincuenta, en los que se puede hablar de una fenomenología de corte existencialista. Sin embargo, los años sesenta van a suponer el punto de inflexión hacia el cambio. Sartre publica en 1960 la Crítica de la razón dialéctica. En 1961, Merleau Ponty muere. Lo que empieza a estar en boga es el antihegelianismo de “los maestros de la sospecha”: Marx, Nietzsche y Freud. Por tanto, al menos cronológicamente, el estructuralismo viene a ocupar el puesto del existencialismo. Signo de ello sería, por ejemplo, que la supervivencia y relevancia de Sartre, por entonces, es mayor como figura pública que como pensador. Sin embargo, en 1962 la polémica con Lévi-Strauss anuncia ya el fin de su autoridad.

Seguramente afirmar que hay una base heideggeriana en el estructuralismo, sería llevar las cosas demasiado lejos; fácilmente se podría rebatir que autores como Genette o Lévi-Strauss no dan una muestra evidente de ello. No obstante, en buena parte de los estructuralistas se está filtrando, o simplemente afirmando el influjo heideggeriano. Por otro lado, es bien sabido que el panorama francés de después de la guerra está dominado por Hegel, vía Kojève; en otras palabras, la línea dominante en filosofía es el pensamiento dialéctico. Al hilo de esto, Vincent Descombes (1979) ha descrito acertadamente las consecuencias de esta dialéctica hegeliana para los planteamientos fenomenológicos. Una relación dialéctica tiene que tender al movimiento de la razón hacia su otro; aunque el problema de esto consiste en saber si, en este recorrido, lo otro no habrá sido subsumido en lo mismo, si la razón no ha tenido que perder su identidad inicial. Este tipo de consideraciones tendrán su contestación, por ejemplo, en el estudio del “loco” y su relación con la institución, llevado a cabo por Foucault; o en las consideraciones sobre el “Autre” lacaniano. Si vamos un poco más lejos, esta dialéctica desembocará en las filosofías de la diferencia, en un sistema, en una sintaxis de indecisión filosófica, donde no hay transformación dialéctica, sino relaciones de contaminación, de parasitismo. Este camino hacia la sintaxis de la diferencia que pasa por la lectura de Hegel que practica Kojève tiene su punto de inflexión en Jean Hyppolite, discípulo de este último.

En 1966, Hyppolite sostiene que puede estudiarse del mismo modo la estructura y de la Fenomenología del espíritu y la de Don Quijote. Resulta más que significativo el cambio de paradigma, o de punto de vista con respecto a la relación entre filosofía y literatura. Esta afirmación de uno de los filósofos institucionales del momento muestra de manera excelente lo que está sucediendo en el panorama general. Que se pueda leer estructuralmente la Fenomenología como una novela filosófica, afirmación que buscaba escandalizar (moderadamente), implica que las estructuras de las que habla Hyppolite son las del lenguaje mismo. Sólo que Hyppolite pasa rozando una cuestión todavía incluso de mayor calibre: la relación de este lenguaje, y por extensión de la filosofía con la literatura. La semilla de la antigua problemática entre filosofía y literatura volvía a germinar. Aunque, rápidamente, Hyppolite se apresura a dejar claro que mientras que el discurso literario es una especulación imaginativa, el discurso filosófico envuelve una norma de verdad. Una cosa es la verdad filosófica y el lenguaje, y otra la literatura y la ficción. Por ejemplo, afirma que en Hegel no hay pensamiento fuera del lenguaje; pero está muy lejos de proponer (al menos de manera explícita), a pesar de la atrevida comparación con Don Quijote, que no se pueda leer a Hegel si no es como literatura, o que el sistema del saber absoluto de Hegel sea literatura. En cambio, Hyppolite insiste, de lo que se trata es de una comprensión dialéctica del lenguaje considerada desde un punto de vista en el que las estructuras lingüísticas tienen mayor peso. El lenguaje, según Hegel, es el objeto que se refleja a sí mismo. Es en el lenguaje donde el mundo toma un sentido, y donde el pensamiento es por sí mismo a la vez sujeto y objeto. Es en el lenguaje, igualmente, donde el “yo” existe para otros, sólo allí es universal y singular al mismo tiempo. Estos comentarios vienen a confirmar que algo está cambiando, incluso en la lectura fenomenológica de los clásicos. En esta línea y dominando el panorama pre-estructuralista, Merleau Ponty sostiene que lo que se muestra ante el sujeto se mide por lo que le es posible decir de ello. El fenómeno se identifica, pues, con lo decible, por ello se distingue entre experiencia del fenómeno y el discurso en sí. La “expresión” con la que se ha hablado de esta experiencia es efectivamente la expresión del sentido de esta experiencia. El discurso no hace sino manifestar fuera (expresar) lo que, implícito o mudo, ya estaba dicho. El sujeto de la percepción se define por la imposibilidad definitiva de una “coincidencia consigo mismo”, está obligado a dar un rodeo por el lenguaje, de manera que se convierte en una suerte de sujeto inacabado. Descombes habla así de la oposición:

La ambición de la fenomenología era apoyar una filosofía dialéctica de la historia sobre una fenomenología del cuerpo y de la expresión. La generación que se muestra activa desde 1960 denuncia una ilusión en la dialéctica y rechaza el enfoque fenomenológico del lenguaje. La oposición aparece entonces total, o querría serlo, entre la doctrina dominante de después de la guerra y lo que pronto recibirá el nombre de estructuralismo. (Descombes, 1979:93)[3].

La ilusión denunciada no es más que la completa y aséptica reducción fenomenológica entre conciencia y lenguaje. En sí misma, la fenomenología significa sólo un método cuya norma consiste en dejar que las cosas mismas se hagan patentes en su esencial contenido mediante una mirada intuitiva y reveladora. Aquí la influencia de Husserl es clara, sobre todo en lo que respecta a su concepción de la esencia, es más, podríamos decir que es el referente filosófico del momento. Mientras tanto, las ideas de Heidegger todavía están filtrándose entre los posos estructurales, descontando la versión deformada que el existencialismo sartriano puso en circulación durante bastantes años. La esencia, decíamos, no es para Husserl la unidad de ser de la antigua metafísica de trascendencia, sino una unidad objetiva de sentido, de carácter lógico ideal; es el objeto mismo, con su contenido real, no un sujeto con sus “posiciones” o funciones subjetivas, lo que constituye la esencia (Hirschberger, 1982:396). La esencia no es para Husserl un concepto universal deducido de intuiciones sensibles, sino una unidad ideal de sentido. Por ello necesita, para su aprehensión, de un peculiar acto de conocer, la llamada intuición de “esencias” (Wesenschau); las esencias sólo están en la inmanencia de la consciencia. El yo, a nivel cognitivo, se convierte en observador desinteresado de sí mismo, lo que le permite reconstruir tanto la propia conciencia como el mundo externo que aparece en ella como fenómeno. De este modo tiene lugar una suerte de descripción de las estructuras de la conciencia trascendental, fundada en la intuición de la esencia de esas estructuras. Para Husserl, la conciencia está dirigida de continuo hacia las realidades concretas, es lo que llama intencionalidad. Los significados, son estructuras ideales invariables que organiza la consciencia y que determinan hacia qué objeto se dirige la mente en cada momento dado. Así pues, el sujeto de la percepción, a diferencia del Yo idéntico del idealismo (Yo = Yo), se define por esa imposibilidad definitiva de una “coincidencia consigo mismo”, de donde se puede ver el primer paso para la desaparición del sujeto en el estructuralismo. La “fenomenología”, el “método fenomenológico”, quedaron consagrados como aquella actitud o aquel método que procedía conforme a estas máximas y que, sobre todo, consideraba como fundamento o “criterio” último de conocimiento la intuición intelectual, categorial o “directa”, con el propósito de descubrir leyes eidéticas, no dependientes, de las formas de la subjetividad, sino definitorias del ámbito de un a priori material. En obras posteriores, esta operación toma el nombre de “reducción eidética” y constituye, junto con la “reducción trascendental”, uno de los pilares de la fenomenología trascendental. No es nuestro objetivo describir en detalle el sistema filosófico de Husserl, sino más bien, una vez recordada la influencia de Husserl en este contexto, introducir algunas de las cuestiones relativas a La Voz y el fenómeno de Derrida que nos pueden servir de guía a través de estos planteamientos fenomenológicos

Podemos precisar la importancia de La voz y el fenómeno para la revisión de las propiedades del signo, que en estos momentos está siendo extremadamente fructífera hasta en, al menos, tres puntos: traza una bifurcación paralela e inquisidora con respecto al pensamiento metafísico occidental; sienta las bases de un tipo de práctica filosófica que demuestra la imposibilidad de distinguir entre teoría y praxis, desde el momento en que toda lectura (entendida como teoría de la lectura) supone una transformación del original; y finalmente, en tanto que lectura deconstructiva de una de los autores de mayor influencia para el estructuralismo, como es Husserl, marca ya una diferencia frente a los desarrollos teóricos posteriores en los dominios lingüísticos, literarios o filosóficos estructuralistas.

Un análisis fenomenológico parte de la base de que la experiencia aún es muda, no coincide con el discurso. Si la “expresión” con la que se ha hablado de esta experiencia en un discurso es efectivamente la expresión del sentido de esta experiencia, entonces es la expresión de esta experiencia. El discurso no hace sino manifestar fuera (expresar) lo que, implícito o mudo, ya estaba dicho. La forma de leer los textos que Derrida lleva a cabo problematiza estos principios fenomenológicos. Una lectura como la de Derrida es una lectura transformadora porque al mismo tiempo es un tipo de escritura. La importancia de este doble gesto para la lectura de Husserl estriba en que la utilización del modelo de la escritura por el de la voz deconstruye la experiencia misma del significado. Como juego paralelo, la lectura-escritura plantea una resistencia al recorrido lineal y puro de la voz y la consciencia. La lectura derridiana muestra la deficiencia del modelo de lectura de base fenomenológica por el que el significado es simplemente la expresión de un significado constituido por la consciencia y comprensible al entendimiento. Al contrario, lo que queda demostrado es que, atendiendo a la materialidad de la escritura, el rodeo de la consciencia por el lenguaje para llegar a sí misma se vuelve todavía más peligroso, elíptico, y con ello monumentaliza y desacelera el soplo animador de la intención. La escritura permite sostener significados en ausencia, en la posibilidad concreta de la desaparición[4], por ejemplo del “yo”, en tanto que expresión para una consciencia, lo cual a su vez implica la posibilidad de desaparición, la muerte de un querer original de la expresión. Pero el alcance de la indagación derridiana se extiende más allá de la repetición y resurrección del signo: la estrategia deconstructiva se encarga de poner de manifiesto que el “querer decir” está animado por un soplo intencional con la forma de voz, y que esta voz fenomenológica se convierte en animación transcendental. La voz fenomenológica sería “esta carne espiritual” que hace del “Körper un Leib, una geistige Leiblichkeit” (Derrida 1967a: 53). No obstante, esta donación es peligrosa, porque convierte al cuerpo en un cuerpo entre la vida y la muerte. El cuerpo del discurso –y aquí tenemos una indicación clara de su parte material– es animado por una voz que lejos de ser el origen de la vida es el conducto de la muerte y la desaparición.

¿Por qué justamente referirse a la carne, a la materialidad carnal? La ambición de la fenomenología francesa consistía en fundamentar una filosofía dialéctica de la historia en una fenomenología del cuerpo y de la expresión. Ahora bien, un signo que no tuviera más que un momento de emisión, de aliento, nada más que “una vez”, no sería un signo. No hace falta esperar al conocido artículo “Firma acontecimiento contexto”, aparecido en Márgenes de la filosofía (1972), para la caracterización del fonema o del grafema como lo necesariamente otro que no puede funcionar como signo más que si una identidad formal permite reeditarlo y reconocerlo (Derrida, 1967a:55). Así pues, en el signo no tiene lugar la diferencia entre la realidad y la representación, puesto que esta diferencia es la borradura misma del signo en sus reapariciones. La disimulación de este hecho, ya sea bajo la forma de una voz animadora, donante de la vida del querer decir del signo, ya sea mediante la tachadura de la relación con la muerte, constituyen el gesto metafísico de la significación de la fenomenología husserliana. Como la idealidad del objeto expresada en el signo no es más que un ser-para una consciencia no empírica, no puede ser expresada más que por un elemento no “mundano”, siendo la voz el nombre para ese elemento, aquello que es “oído” por el sujeto que la profiere en la proximidad absoluta de su presente. Derrida se encarga de mostrar que el querer-decir (presente a sí mismo) no aislaría la pureza concentrada de su expresividad más que en el momento en que fuera suspendida la relación con un cierto afuera. Así el bedeuten enfoca un afuera que es el de un objetivo ideal, y por tanto, de nuevo hay que dar un rodeo para llegar al interior. Este afuera “es entonces ex-presado, pasa fuera de sí, dentro de otro afuera, que está siempre “dentro de” la consciencia” (Derrida, 1967a: 34), es por ello que la Bedeutung está reservada a lo que habla y a quien habla en tanto que dice lo que quiere decir, puesto que es un acto animado de una intención en el decir. La incursión del afuera, del rodeo, de la diferencia, en suma, conduce a la temporalización de la reducción fenomenológica. El oírse hablar no es ya la intimidad de la autoafección, la interioridad de un adentro, es la abertura al mundo del habla en la que el signo hace que el tiempo presente se perciba disyunto. No es pues de extrañar que Derrida diga que la “reducción fenomenológica es una escena” (Derrida[5], 1967a:96), la escena en la que la operación fenomenológica acontece como diálogo, en el que el signo queda expresado como tal. La transcendencia de las escenas del lenguaje, desemboca en Derrida, en la escena de la escritura como lugar de cruce en el que la lectura productora de efectos y la escritura diseminante se oponen sin resolución.

Esta lectura de Husserl por parte de Derrida, podría corresponder a la práctica de lo que Descombes (1979:93) califica como propio del grupo de pensadores pertenecientes a la “generación activa” que, a partir de 1960, denuncian la dialéctica como ilusión y rechazan el enfoque fenomenológico del lenguaje. Bien dice Descombes que la superación de la fenomenología por el estructuralismo es más un propósito que un hecho consumado, porque en algunos autores todavía queda el poso directo de Husserl, como sería el caso, por ejemplo, de la hermenéutica de corte cristiano de Paul Ricœur (1969). Según Ricœur, la hermenéutica sería una disciplina que se propone comprender los textos, comprenderlos a partir de su intención, sobre el fundamento de lo que quieren decir. Este querer-decir original no debe entenderse desde el vacío aséptico de un método, sino en el devenir de una tradición, en el interior de una comunidad que a su vez se encarga de recogerlo y darle sentido. La prueba evidente de que este querer-decir todavía tiene residuos fenomenológicos está en que Ricœur reconoce que quiere llevar a cabo un injerto de la hermenéutica sobre la fenomenología. Así pues, la importancia del pensamiento de Husserl para Ricœur es doble: primero, porque surge como una respuesta a la pretensión de la epistemología de las ciencias naturales de proporcionar a las ciencias humanas el único modelo metodológico válido, al pasar de una epistemología de la interpretación a una ontología de la comprensión; y segundo, porque abre la vía de la ontología de la comprensión. La tarea de la fenomenología, según entiende Ricœur, consiste en mostrar cómo el lenguaje del pasado habita en el lenguaje del presente: “Cuando hablo, la intención significativa no es en mí más que un vacío destinado a llenarse con palabras” (Ricœur, 1969:244). Este rodeo que da la conciencia a través de la percepción, el mismo rodeo que debe dar la conciencia en su diálogo consigo misma, participa de la misma estructura del símbolo. Un símbolo, afirma Ricœur, es una estructura de significación en la que un sentido directo, primario, designa otro indirecto, figurado, que no puede ser aprehendido más que por el primero. El proceso de interpretación, atendiendo a este criterio, consiste en desplegar los niveles de significación implicados en la significación literal. Así pues, la labor hermenéutica, debe, por un lado, circunscribir (circuncidar) el signo; y por otro, atender a la brecha temporal que se abre y que constituye el proceso de interpretación. Interpretar un signo significa atender a su dimensión temporal, puesto que toda interpretación es un acto posicionado en un tiempo concreto. Como Hegel y toda la tradición idealista-crítica, Ricœur integra todo pensamiento a través de la mediación. Así se entiende que, en El conflicto de las interpretaciones, Ricœur sostenga que Freud y Hegel dicen lo mismo: que la consciencia no se puede totalizar.

Si las nociones de expresión, texto y experiencia están cambiando, también lo hace la noción de sujeto[6]. Ricœur insiste en la importancia del plano reflexivo de la interpretación: el sujeto se comprende a sí mismo a través del lenguaje, lo cual sin embargo, dista del posicionamiento del cogito cartesiano. El cogito es, en todo caso, mediatizado por todo un universo de signos. Estamos ante una lingüistización del sujeto: el sujeto puede ser interpretado desde paradigmas lingüísticos. Tanto es así, que Benveniste (1966) afirma que el ‘Yo’ es un signo vacío; estos signos (como los demostrativos y temporales) no connotan una clase de objetos, sino que designan la presente instancia del discurso. Un fenomenólogo diría que el sujeto se ha apropiado de la categoría gramatical.

No es de extrañar que Ricœur, preocupado por la historicidad del ser, denuncie que el estructuralismo haya descuidado en su estudio el modo en que un sistema de signos sin sujeto hablante (pero, sí con sujeto hablado) evoluciona en la historia. Preocupación parecida es la que ronda a Henri Lefebvre (1973), de la que deja constancia en sus inquisiciones sobre el estructuralismo y la historia recogidas en los Cuadernos internacionales de sociología, el año1963. Los intentos de explicar el término “estructura” por medio de la teoría de la información o de la cibernética, le parecen métodos que no profundizan en la historia. Lefebvre argumenta que el estructuralismo ha pasado de ser una ideología a convertirse en una lógica, en una antropología, hasta en una ontología. Observa que el estructuralismo se liga exageradamente a todos los sectores del conocimiento y se ofrece como puente infalible entre las ciencias del hombre y las de la naturaleza; se asocia, también desafortunadamente, a la creación estética y se presenta como un lazo entre las artes. Como método de estudio generalizado de sistemas, de cualquier sistema, advierte Lefebvre, hay en este tipo de procedimiento un olvido del objeto por la idealización de las estructuras, hasta el punto de haber sido desligado de cualquier realidad ontológica que implique historicidad.La historia, desde el punto de vista estructural, no es entonces más que un método, y aún un seudo-método; se la podría definir como una forma sin contenido y sin objeto. Como resultado: a) la historia desaparece; b) la historia no es más que un cementerio de estructuras muertas; c) la historia se convierte en una ciencia secundaria, un seudo-conocimiento. Sin sujeto histórico, más bien con una desontologización del sujeto, y desde la desantropologización del saber –esto último bien discutible como veremos–, comenta Lefebvre: “No sin parodiar (…) el hombre estructural diremos que prefiere ostensiblemente la pierna de prótesis a la pierna viva. La pierna viva tiene historia” (Lefebvre, 1973:106). Paradójicamente, Lefebvre no podía imaginar el alcance del trabajo sobre las prótesis en el estructuralismo; esta figura dará mucho que hablar en la teoría de la prótesis y el injerto en Derrida, en la teoría del cuerpo fragmentado en Lacan, o en la teoría de la mutilación tropológica en de Man.

Al abordar el estructuralismo como un sistema de signos, los estructuralistas confían en encontrar las fuerzas del significado social que se puede extraer de cada código cultural (Harland, 1985). Al dar la primacía metodológica a las estructuras y sistemas, el sujeto deja de representar el control de la verdad. En este sentido, el juego de los elementos del sistema mismo permite considerar el lenguaje como actividad y no como sustancia. Ricœur lo plantea así: ¿un sistema puede existir fuera del acto de habla? La lengua, ¿lo es en acto, o en sistema?, ¿en potencia?

Se podría decir que la lingüística estructural supone todo un desafío a la filosofía de corte fenomenológico, puesto que la noción de significación se sitúa en otro campo que el de las intenciones de un sujeto. Pero que esto no nos lleve a equívocos, la celebrada “desaparición del sujeto” estructuralista sería sólo un movimiento metafísico clásico” (Staten, 1985:60). Libre de las limitaciones de un sujeto empírico, el sistema total de signos, o de signos y reglas generativas, sería el correlato ideal de un sujeto transcendental, entendido como el conjunto a priori de posibles significados. Staten (1985) lo explica así: en tanto que pensamos en términos de un sistema sincrónico, incluso el signo individual es pensado como lugar de diferencias y por ello podemos mantener la presencia como la presencia de todo el sistema. Esto no sería más que la restitución del ser transcendental.

Para la lingüística estructural, la lengua se basta a sí misma, todas sus diferencias le son inmanentes; es un sistema clausurado de signos que precede al hablante. En definitiva, las estructuras hacen una llamada permanente a dos actividades del espíritu: por un lado, al sentimiento de lo único; y por otro, al gusto comparatista. Así pues, ante el entusiasmo y la proliferación de aplicaciones lingüísticas, y planteado como una atractiva alternativa al paradigma institucional anterior, el cambio de la fenomenología a la semiología empieza a reconocerse como un hecho consumado. Si para la fenomenología el problema fundamental era la referencia (o denotación), para la semiología lo va a ser la enunciación (Descombes, 1979:134). Sirva como ejemplo el caso de Poulet; fenomenólogo de la interioridad, se declara más bien ajeno a la forma abstracta y objetiva de los estructuralistas. Según su punto de vista, la crítica debe tener carácter de conocimiento, pero no de conocimiento científico, lo cual lo sitúa a cierta distancia de la empresa estructuralista.

Estructuras

La reivindicación estructuralista de haber aislado los órdenes simbólicos como una realidad privilegiada de la que podemos tener conocimiento directo, depende de la capacidad para identificar el significado constituido por tales órdenes, independientemente de cualquier interpretación subjetiva de estos significados. El estructuralismo, por tanto, desvía la atención centrada anteriormente en las ilusiones de la conciencia hasta el substrato inconsciente del significado (Clarke, 1981).

Cuando el 5 de enero de 1960, Lévi-Strauss pronuncia su lección inaugural en el Collège de France, se termina el largo capítulo del dominio de la fenomenología y se despeja definitivamente el camino para el triunfo intelectual del programa estructuralista. La entrada de quien encarna el rigor del programa científico estructural en dicha institución implica el reconocimiento oficial, y la consagración definitiva del proyecto. El año anterior, 1959, tuvieron lugar dos acontecimientos fundamentales: por un lado, se celebraba un congreso en Cerisy sobre la confrontación entre génesis y estructura, presidido por Maurice de Gandillac, Lucien Goldman y Jean Piaget; por otro, entre el 10 y el 12 de enero tenía lugar, organizado por R. Bastide, otro congreso no menos importante: “Sentido y usos del término estructura”.

Pero ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de estructuralismo? Porque si seguimos a Descombes (1979:99), en tanto que método de análisis, de análisis estructural, el estructuralismo es incluso más antiguo que la fenomenología francesa. El estructuralismo como orientación filosófica no es más que una conversión de la filosofía en crítica de la fenomenología. A su vez, por cuanto sólo es una “orientación” de la filosofía, el estructuralismo no es sino el nombre con el que se ha dado a conocer a la opinión, un estado de cambio y un nuevo modelo paradigmático, el de las estructuras. De este modo, tal y como Jean-Marie Auzias (1975:7) afirma, el estructuralismo es un pensamiento sin pensadores. Resulta imposible hablar de la estructura de un objeto particular, de un texto, de una institución, porque lo que está estructurado no es la cosa misma, como lo cree a menudo la crítica literaria (¡que a menudo llega a la estructura como lo que constituiría la originalidad de la obra estudiada!), sino el conjunto del que esta cosa puede ser considerada como una representación, comparado con otros conjuntos. Por consiguiente, el estructuralismo va de la estructura al modelo, reconstruye o reproduce lo dado de aquello que se propone analizar. Dicho de otra manera, es el método mismo el que habla la lengua propia de su objeto.

El sujeto cognoscente que administra la experiencia pasa a ocupar un lugar secundario, así lo certifica la conocida sentencia con la que Ricœur comenta el trabajo de Lévi-Strauss: el estructuralismo es un kantismo[7] sin sujeto trascendental, esto es, un formalismo absoluto que fundaría la correlación misma entre naturaleza y cultura. El trabajo estructural se organiza sobre un sistema inconsciente, que está constituido por diferencias y oposiciones (por diferencias significativas) independientes del observador. En este sentido Ricœur, al hablar de un nivel en la lengua no-reflexivo, no-histórico del espíritu afirma que se trata de un inconsciente más kantiano que freudiano, un inconsciente que actúa como categoría.

El estructuralismo, en sentido general, constituye un esfuerzo por aplicar las categorías de las ciencias exactas a las ciencias del hombre. El estructuralismo mantiene, de alguna manera, estas exigencias en los límites de una organización “metafísica” de la ciencia, con la intención de fundamentar una ciencia objetiva, exterior al sujeto racional, en el sentido de un funcionamiento reglado que se reforma sobre y por su regla (Wahl, 1973:171). Una estructura, en este sentido, es una ley de formación y de inteligibilidad de conjuntos dispersos. Si atendemos a la definición de estructura que da Piaget (1972:6-7), una estructura es un sistema de transformaciones que comporta una serie de leyes en tanto que sistema. Una estructura, ciertamente, se forma de elementos subordinados a las leyes que caracterizan el sistema como tal; dichas leyes no se reducen a las asociaciones acumulativas, sino que se refieren al todo, como propiedades distintas de las de los elementos del sistema. Una estructura comprende entonces, tres rasgos principales: la totalidad, la capacidad de transformación y la autorregulación. En consecuencia, las transformaciones inherentes a una estructura no conducen a ningún lugar externo fuera de sus fronteras, es más, no engendran otra cosa que elementos que pertenecen siempre a la estructura y que conservan sus leyes.

Ya no se habla de conciencia o de sujeto, sino de reglas, de códigos, de sistemas; no se es ya existencialista, sino estructuralista (no inductivo). Las palabras de Wilden (1983:11) son claras al respecto: para el estructuralismo, el sentido no está derivado de la estructura real del contexto donde se produce, sino de la estructura de la “ciencia”. La metodología se ha transformado implícitamente en ontología.

Para Raymond Boudon (1972) la noción de estructura aparece en dos tipos de contexto: en uno se trataría de dar cuenta del carácter sistemático de un objeto, determinando así su estructura (definición efectiva); en el otro se busca precisar la significación de la noción de estructura (definición intencional). A pesar de esta primera distinción, Boudon no tarda en matizar que la noción de estructura, lejos de estar clara, la mayoría de las veces no tiene significación; y que su uso, a menudo, se confunde con el de asociaciones sinonímicas u homonímicas de la misma palabra. Para Boudon, es un error de la crítica situar en un mismo plano trabajos como La estructura del comportamiento deMerleau Ponty, o La estructura del organismo de Kurt Goldstein; y por el contrario, ordenar los de Lévi-Strauss o de Chomsky, en otro. En el primer caso, la noción de estructura aparece en el contexto de una definición intencional. Sirve tan sólo para señalar que un objeto está identificado como un sistema. En el segundo caso, nos encontramos ante una definición efectiva: el objeto-sistema es analizado por una teoría comparable a las teorías que se descubren en las ciencias de la naturaleza. La estructura del objeto no es entonces otra cosa que la descripción que resulta de esta teoría. En consecuencia, se puede hablar de un abuso de la palabra “estructura” en determinados contextos, en los que se la llega a emplear como si tuviera propiedades mágicas. Sobre la tentación de utilizarla para definir cualquier cosa, comenta Boudon: “A falta de técnicas para provocar la lluvia sobre las cosechas, podemos encantarla, como hacen ciertas tribus” (Boudon, 1972:73). Así, ciertos análisis estructurales no lo son más que en la medida en que utilizan la palabra “estructura” como encantamiento. Todo parece decirnos que el término “estructura” es una metáfora catacrética, una metáfora que ha perdido su sentido original y que se utiliza con mil fines bajo el nombre de uno. La respuesta de Boudon a la pregunta ¿existe entonces un método estructural? sería afirmativa si la subordináramos a un método retórico de lectura.

Según Parain-Vidal (1972:220), una estructura sólo es un objeto científico cuando pueda ser contrastada con hechos susceptibles de verificación o falsabilidad, es decir, con la condición de que se determinen los elementos y relaciones propias de cada disciplina; y se defina una actividad operatoria que permita hacer corresponder una experiencia precisa con los conceptos de elementos simbolizados matemáticamente. Como se puede observar, las condiciones planteadas son las de cualquier objeto de estudio que pretende ser científico, no exclusivamente de aquellas estructurales. La conclusión puede ser rotunda: si el estructuralismo consiste en concebir el objeto que nos proponemos analizar como un todo, como un conjunto de elementos interdependientes cuya coherencia se trata de demostrar, entonces, sí que podemos afirmar que existe un método estructuralista. Pero si, por el contrario, por método estructuralista entendemos un conjunto de procedimientos que permitiría obtener, a propósito un objetivo cualquiera, una teoría situada en un nivel de verificación tan elevado como sea posible, y que hiciera posible explicar la interdependencia de los elementos constitutivos de este objeto, entonces, objeta Boudon, a este método no se le podría dar tal apelativo. Por todo ello, sería mejor afirmar que no hay un “método estructural”, sino teorías estructurales particulares.

Parece consensuada la opinión, en estos comentadores del estructuralismo, que los dos principios básicos que contienen los estructuralismos son, de una parte, un ideal de inteligibilidad intrínseca: la estructura se basta a sí misma; y, a su vez, el carácter general conferido a las estructuras. Aunque tanta generalidad, como ha señalado Boudon, puede convertir en estructuralismo cualquier cosa, cualquier estudio que disponga de una organización clara. Lévi-Strauss es particularmente crítico con estos “mini-estructuralistas”. En la parte final de El hombre desnudo (1971), los acusa de aplicar técnicas estructurales sin “estructuras reales”. La verdadera teoría estructuralista, afirma Lévi-Strauss, no extrapola de la lingüística distinciones entre aspectos sintagmáticos y paradigmáticos de la comunicación verbal; tampoco percibe la literatura como una transformación por estiramiento de la estructura de la frase; y no define los personajes como nombres, sus situaciones o atributos como adjetivos, y sus acciones como verbos. Como su estructuralismo no esta unido a fenómenos reales, Lévi-Strauss los llama “estructuralistas ficticios”.

De estas impresiones es posible concluir que tanto la noción de estructura como la de estructuralismo presentan considerables dificultades, porque si bien es necesario tomarlas como parte de un momento histórico, en el que visto con la perspectiva necesaria todo encaja como las piezas de un engranaje, la cosa se complica cuando “estructura” o “estructuralismo” empiezan a funcionar como metáforas que han perdido un referente concreto. Si adoptamos este punto de vista encontramos que el discurso que organiza la historia de la crítica se revela como un discurso no ajeno a la retórica. Es por ello importante que sigamos distinguiendo entre la retórica como objeto de estudio y la retórica de este objeto de estudio.

Estructuras lingüísticas

Si bien, como vamos apreciando, la noción de “estructura” presenta algunas inconsistencias, de alguna manera se empieza a aclarar todo, cuando esas estructuras se tornan estructuras lingüísticas. La metáfora para este modelo es la lengua, y el lingüista a seguir, Ferdinand de Saussure. O al menos esa era la idea de partida, a saber, si la lengua es un sistema estructurado de signos que mantienen entre ellos relaciones de interdependencia y que no adquieren valor más que en la relación diferencial que se da entre ellos, entonces la lengua es un modelo de explicación lo suficientemente válido como para extrapolarlo a otros campos de las humanidades. Esto ha merecido para el estructuralismo el calificativo de alejandrinismo de nuestro tiempo (Levin, 1957:253).

Este sistema de valores diferenciales, por otro lado, era una puerta abierta para la continuación del pensamiento dialéctico que había dominado la escena justo antes de la entrada del estructuralismo, con lo que es fácil comprobar que no hay tampoco una escisión clara ni una ruptura tajante con la tradición precedente. Además, la lingüística saussuriana proporcionaba medios de incalculable valor para el nuevo sistema metodológico; así pues, conceptos como la economía del sistema, la arbitrariedad del signo, la reivindicación de la sincronía por oposición a una condición diacrónica de los estados, van a ser los argumentos recurrentes del nuevo tipo de discurso crítico institucional.

Al interesarse por el objeto desde el interior del sistema, Saussure había superado la postura mantenida por la lingüística atomista, que sólo buscaba el estudio externo del fenómeno lingüístico. Esta “posición antihistoricista”, que fue adoptada por los formalistas rusos, es de nuevo retomada en el estructuralismo. Las nociones de lengua y de sistema aplicadas por Saussure son un rechazo contra el plano idealista propio del siglo XIX. Frente a la libertad y ensalzamiento de la imaginación o de la conciencia, Saussure viene a proponer un sistema en el que las relaciones entre los miembros que lo componen son el producto de oposiciones y diferencias. Aún es más, Saussure extiende fuera de los límites del sistema esta proposición diferencial, y afirma que “la lingüística tiene relaciones muy estrechas con otras ciencias que tan pronto toman datos de ella como se los proporcionan” (Saussure, 1989:31). Los límites que la separan de estas otras ciencias no siempre aparecen con nitidez.La lingüística, ya como la concibe Saussure desde su gestación, parte de la misma incertidumbre que parece trasladar a la delimitación del movimiento estructuralista y por extensión al post-estructuralista, visto que estos movimientos toman como uno de sus modelos, si no el principal de ellos, el de la lingüística, o en todo caso se apoyan en una profunda reflexión sobre la lengua. La consideración de la lengua como modelo permite entender todo el proceso que nos lleva a enlazar puntos de vista tan dispares como la hermenéutica, el psicoanálisis lacaniano, el neo-pragmatismo, el neo-positivismo, la teoría de la argumentación, la pragmática del discurso, los estudios culturales, los estudios de género, la teoría de los polisistemas, la post-modernidad, o la deconstrucción. Todos ellos son formas de acercarse al texto, de considerar las múltiples facetas del discurso en su producción, recepción, forma lógica o ideológica; todos ellos se han incluido en el esquema del post-estructuralismo, superestructuralismo, neoestructuralismo, o incluso en lo que con más o menos acierto se ha llamado “giro lingüístico”. Lo que sí parece claro, es que en este giro se deja notar la influencia próxima de Nietzsche y su modo de filosofar a golpe de martillo, posteriormente radicalizado en el modo de preguntar heideggeriano en su búsqueda a través del lenguaje de la verdadera esencia del ser. La doctrina estructuralista (Said, 1972:354) nos muestra al hombre reflejado en un sistema de significación, su trabajo puede ser entendido como un intento para cambiar la esclavitud del lenguaje por el conocimiento y dominio de la situación lingüística. Puesto que el significado está disperso, lo máximo que se puede hacer es entender, y tal vez predecir, el funcionamiento de los sistemas.

El estructuralismo continua, o mejor dicho, sigue arrastrando las dudas y preocupaciones de la lingüística de Saussure. Lo prueba el hecho de que, por entonces, el sistema semiótico de Peirce apenas se utiliza, ni siquiera se nombra; será mucho después, en los años ochenta, cuando sea reconocido a nivel académico e institucional. Una de las razones de este desplazamiento puede ser el carácter demasiado abierto de su obra, que no ha sabido asimilarse a un campo de saber concreto. Su famoso triángulo interpretativo, en el que uno de los lados siempre queda a disposición de la siguiente lectura, parece mimetizarse en la forma de sus trabajos. Si hay algo que caracteriza el legado de Charles Sanders Peirce es la continua (re)elaboración de sí mismo, debido a la sistemática reformulación de sus términos clave, hasta el punto de que el grueso de su obra es la mejor puesta en escena de la semiosis ilimitada de la que habla. Las relaciones triádicas se extienden a su propia terminología, a la clasificación de los tipos de signo (que irónicamente ordenó en más de cincuenta mil); así pues, lo signos son índices, iconos o símbolos, pero también qualisignos, sinsignos, legisignos; o, rema, proposición y argumento. Más que una inconsistencia metodológica, esta característica de la obra peirceana se convierte en uno de sus mayores atractivos, aunque esta riqueza teórica pueda tornarse contraproducente a la hora de llevarla a la práctica y consensuar resultados. Si éste pudiera ser uno de los factores que influyeron en la escasa repercusión de Peirce en el momento del surgimiento del estructuralismo, habría que añadir otro elemento que ha dificultado el estudio y difusión de este autor, y es el hecho de que la mayor parte de su obra permanece todavía inédita en forma de manuscritos. Y, además, algo que claramente debemos tener en cuenta, es que Peirce proviene de otra tradición, de otro continente, porque el estructuralismo en sus primeras andaduras es eminentemente europeo, por no decir francés; aunque ello no nos impida hablar de un estructuralismo norteamericano. Con todo, no se pretende afirmar que la única base epistemológica del estructuralismo sea la que proporciona la lingüística saussuriana, sino que el principal modelo metafórico empleado para la construcción de lo que conocemos con el nombre de estructuralismo fue un modelo lingüístico derivado de las lecciones de Ferdinand de Saussure. Debemos, además, señalar que en la figura del estructuralismo que vamos construyendo, en la monumentalización que inevitablemente llevamos a cabo, las figuras del olvido y de la memoria, como las dos caras de la retórica, la del saber cognitivo y el tropológico, hacen su aparición constantemente formando y deconstruyendo esta historia. Así, olvido de Charles Sanders Peirce, pero también olvido de Saussure, resucitado, recuperado por lingüistas del formalismo ruso como Trubezkoj o más tarde por Jakobson. Olvido también del Saussure más radical, el de los anagramas; olvido, casi absoluto, de su obsesión por la forma material del lenguaje, por la fuerza sin control que iba descubriendo y que le conducía a la dispersión del discurso propio de la locura. Sobre esto volveremos a hablar más adelante. Ahora que ya hemos hecho referencia al olvido y a la memoria, (a una de las partes de la retórica clásica, la memoria como topos, y a la topologización del tiempo y a su conversión tropológica en espacio) señalemos una de las aportaciones con mayor repercusión de la obra saussuriana: la distinción entre sincronía y diacronía, y con ella la diferenciación de los ejes sintagmáticos y paradigmáticos del lenguaje, base fundamental para la concepción del signo como presencia.

Stephen Tyler (1987) entiende que la relación sincronía-diacronía puede ser trasladable a la oposición platónica entre “kinesis” (movimiento, actividad) y “mímesis” (copia, mímica, representación). La sincronía y la diacronía, lo paradigmático y sintagmático son equivalentes en Saussure a las dudas de la mecánica cuántica: la lingüística no puede describir al mismo tiempo la posición y el movimiento (estructura y cambio), y los hablantes no pueden atener igualmente, a la vez, la secuencia de ideas y su sincronía. Según este autor los términos clave de Saussure se estructuran a lo largo de su texto por equivalentes metafóricos de la oposición entre mímesis y kinesis como sigue:

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Vincular a Platón con Saussure no es un hecho gratuito, al contrario, la economía de la operación es altamente productiva, puesto que juntos, la fundamentación metafísica del signo aparece todavía más evidente. Al hablar de mímesis y kinesis, Tyler despliega dos series metafóricas opuestas que, según él, articulan el discurso de Saussure. La importancia de este procedimiento no está sólo en el hecho de hablar en términos retóricos del sistema de Saussure, sino en la concepción simultánea de este sistema como proceso, y como estado. Así pues, hay una parte inseparable del sistema, con capacidad transformadora, que lo convierte en algo productivo, en acción. Y es esta parte, a su vez, de la que la serie metafórica mimetiza su valor como kinesis. Si como Tyler hace, enfocamos retóricamente el Curso de lingüística general, debemos atender previamente a ciertas especificidades del hecho. Así, cabe destacar principalmente dos cuestiones del análisis de Tyler: primero, la vinculación de la metáfora (y no la metonimia, la alegoría, o el quiasmo, por ejemplo) a las series, practicando una especie de metaforacentrismo; y segundo, la obliteración de la dependencia de las dos series. Todo ello pone en marcha un engranaje de importantes repercusiones, sobre todo si entendemos que mímesis y kinesis son dos momentos del mismo proceso, y que su incapacidad para coincidir es una de las características que lo configuran como retórico. La contradicción del momento representacional, de la mímesis, y del instante performativo, kinesis, nos muestra las estructuras saussurianas desde otro punto de vista, en el que la retórica juega un papel fundamental como sustento del sistema. Cabría cuestionar, no obstante, con qué tipo de mímesis platónica está Tyler identificando la suya; cabría a su vez preguntarse si la mímesis platónica no comparte las mismas características estructurales que la metáfora; aunque si copiar es hacer metáforas, ¿copiar la realidad no implicaría un valor metonímico con relación al objeto de la mímesis ? Con lo cual parece que quedamos atrapados en un callejón sin salida, en el que la serie de la mímesis proviene de una metáfora, o es la metáfora de una metáfora, que mantiene una relación metonímica entre series. Por lo tanto, mímesis y kinesis son metáforas de sí mismas, del proceso retórico que ponen en marcha.

Detengámonos ahora en la observación de alguna de las oposiciones propuestas por Tyler, siempre considerando, según el autor, que el primer término de la oposición corresponde con la mímesis y el segundo con la kinesis. Dentro del par significado-significante, encontramos que el significado ha sido establecido como lo inmutable, lo trascendental, mientras que el significante está determinado a sufrir variaciones etimológicas a lo largo del decurso temporal. Esto corresponde con un tipo de lectura determinada del texto de Saussure que entiende que el significado es independiente de las transformaciones semánticas ajenas al mundo fenoménico, de manera que no se presta atención a la parte de kinesis que tiene todo significado, cuando por ejemplo entra en el domino de los tropos. Al iniciar esta aproximación a la lingüística saussuriana, hacíamos referencia a la memoria y al olvido al que se ha visto sometida. En este sentido, es de notar que Tyler asocia memoria con mímesis, por oposición al pensamiento presente que pertenecería a la kinesis. Desde luego, asociar la memoria a la sincronía es cuanto menos arriesgado, a no ser que se refiera a ella como topos. No obstante, algo parece claro en la concepción de la lingüística de Saussure, y es que deja cabida a la dimensión temporal del lenguaje, y con ello inevitablemente a la memoria, sea en forma de inscripción, sea en forma diacrónica. Y si esta lingüística abre las puertas a la consideración del tiempo, sería interesante cuestionar al respecto, la oposición convención-intención, en la que la intención se sitúa como kinesis. Desde luego esta intención concuerda perfectamente con el esquema fenomenológico que el movimiento estructuralista toma como punto de apoyo. La intención como querer-decir comunicativo originario y connatural al hecho comunicativo parte de la base de que puede ser recuperable y reproducible; se entiende que la intención anima el signo, y por ello es parte fundamental en su recepción. No obstante, en nuestro par, intención se opone a convención, a la forma arbitraria del signo. El lazo que une el significante al significado es arbitrario, dice Saussure, aunque lo característico del signo es no ser nunca completamente arbitrario, ya que siempre hay un vínculo natural entre significante y significado. El mismo Saussure plantea y resuelve dos objeciones a su noción de arbitrariedad: una derivada del uso y creación de onomatopeyas; la otra, acerca de las exclamaciones con forma de interjección. La cuestión se zanja de la siguiente manera: la importancia de ambos casos es secundaria, y su origen como signo, discutible. Este no es más que otro paso en lo que Tyler (1987:25) denomina la entificación del lenguaje. Así pues, la estructura de la lengua es la misma que la del alfabeto en la que cada elemento se estructura y se conexiona en un todo. El sistema se teje en una especie de matriz, que es el telos del texto (texto proviene de textere, tejer), como una red mágica que captura la disposición del mundo[8]. La tesis de Tyler se puede sintetizar de la siguiente manera: la tradición que arranca desde Platón ha tendido a privilegiar la cosa olvidando el lenguaje, incluso Saussure edificó su sistema copiando e intentando reflejar la estructura del mundo. En consecuencia, su construcción alfabética es toda una episteme. Dicha tesis, por otro lado, es una contestación a la lectura derridiana del Curso de lingüística general, a la deconstrucción de la oposición habla - escritura, que Derrida llevara a cabo en De la gramatología. Para Tyler el habla es el otro que la escritura inventa para darse un origen y entonces legitimizarse como la marca de la civilización. Ello conduce a una textificación del mundo, puesto que el texto se identifica con la cosa, y la cosa con lo escrito. Y aquí, según Tyler, es donde queda implicado un orden tropológico que marca la distancia con respecto al nivel lógico de los juicios.

Aquí no hay reflexividad entre palabra y mundo sino sólo una correspondencia, una relación entre dos órdenes independientes de existencia, que confunde el propósito del texto de ordenar su representación lógicamente, por correspondencia como un modo de representación que es finalmente no lógico sino tropológico. La metonimia, la metáfora, y la sinécdoque son los medios por los que los signos sustituyen las palabras y el mundo. Ellos, no la mímesis, son los modos reales de representación […] (Tyler, 1985:64)[9].

Este triunfo de las cosas sobre las palabras fue consumado por el triunfo de la lógica sobre la retórica, de la representación sobre la comunicación, de la ciencia sobre el sentido común, de lo visual sobre lo verbal. Esta es, según Tyler, la historia de una logofobia, de nuestra tendencia común a creer que las cosas son mejores que las palabras. En este sentido, Anthony Wilden (1980), desde el punto de vista de la teoría de la información, afirma que por culpa de esta concepción del signo, los estructuralistas olvidaron tener en cuenta el contexto, cosa que por otro lado, Tyler parece haber dejado bien claro: el problema es que los límites del contexto son siempre problemáticos por su condición de límite. Según Wilden el estructuralismo excluye, en su sistema de reducción, el contexto real en el que utiliza “el sistema de elementos separados por fronteras e intervalos” (Wilden, 1980:11). Ya que la información sin contexto no es más que ruido, esta exclusión proporciona una clausura cómoda que lo impermeabiliza de la información engendrada en niveles de contexto superiores. Wilden sentencia que el estructuralismo es un fracaso en las ciencias ecológicas, biológicas y sociales por su antisemantismo.

Como hemos visto anteriormente, la posición del sujeto ha sufrido un desplazamiento. Un desplazamiento que debe entenderse en el interior de un sistema estructurado como una lengua, en el que es la lengua quien habla cada vez que el sujeto hablante quiere expresarse. No se trata de un aniquilamiento total de las capacidades del sujeto, ni tampoco se trata de afirmar que, como la lengua es un código estructurado, el sujeto ya no tiene nada que decir porque todo está organizado de antemano. Más bien lo que está en juego es un cambio en la focalización de la experiencia del sujeto, que debe ser filtrada a través de la lengua. En cierto sentido, al afirmar el hecho de que el significante precede al significado, se está haciendo pasar la experiencia fenomenológica a través de esta estructura lingüística determinada por un código. Esto significa que por un lado, un grupo de significantes que forma parte del sistema lingüístico remite a sus correspondientes significados estructurados gracias a un código determinado; y por otro, que el código es independiente del mensaje: el locutor produce un mensaje que el receptor deberá organizar, dar sentido, mediante el código apropiado. Para hablar de códigos estructurados es necesario tener presente que éstos siempre están constituidos por una convención inicial con referencia a otro código. La definición de un código consiste en ser traducible a otro código: esta propiedad se llama “estructura” (Descombes, 1979:136). Pues bien, esta situación abre una interesante posibilidad desatendida en el estudio del estructuralismo: lo que se podría llamar una pluri-referencialidad, o una multi-transferencialidad implícita. De la traducibilidad de las estructuras se ha ocupado Michel Serres (1970) en un artículo muy apropiadamente titulado “El mensajero”. Serres reconoce el carácter formal del estructuralismo, de hecho lo caracteriza como formalismo, pero, al mismo tiempo afirma que sería mejor concebirlo como un “pluralismo no-referido”. Es esta pluralidad la que de una manera más eficaz caracteriza a las estructuras: su continua referencia entre códigos. De ahí que llegue a afirmar que la enunciación estructural es la lengua misma de la multivalencia, una lengua de los transportes. Llegados a este punto tendríamos mucho que decir sobre la metafórica de los transportes, sobre la definición aristotélica de la metáfora como transporte, sobre la retórica del estructuralismo.

El hecho de que el significado lingüístico, como parte del proceso del lenguaje, y el referente objetivo, como algo más allá del lenguaje, no puedan nunca coincidir, significa que las estructuras culturales y literarias son ilimitadamente reinterpretables, esto es, “transcodificables” del estatus de los significados al de los significantes, del de los significantes al de los significados, y así hasta el infinito (Felperin, 1985:95); en definitiva, semiosis ilimitada y traducibilidad van unidas de la mano. Las estructuras se vuelven doblemente precarias por sus mismas premisas y procesos, son al mismo tiempo, el producto de interpretaciones y las interpretaciones reinterpretables como estructuras. Por consiguiente, si la multiplicidad interpretativa no puede ser evitada ni su proceso detenido, adquiere una suerte de autoconsciencia que, en el terreno de la teoría literaria, se entenderá como escritura. La aparición de la escritura como categoría estructural supone la pérdida de un origen central y unívoco para el significado. Prueba de esta nueva dimensión discursiva sería por ejemplo, S/Z de Barthes. Así pues, los detractores de esta obra no acaban de comprender el porqué de la “azarosa” elección de los cinco códigos usados (Felperin, 1985:97); no obstante, este problema de lectura permite cuestionar si esta obra pertenece al estructuralismo, si es un falso estructuralismo, o aún más, si es un falso falso-estructuralismo. Se podría decir, por tanto, que este falso estructuralismo es otro nombre para el post-estructuralismo.

La estrategia estructural tiene en vista un trabajo sobre las formas, no sobre el fondo. Esta afirmación, siguiendo a Hjelmslev habría que tomarla con cuidado, ya que podemos distinguir entre forma de la expresión y forma del contenido. Si seguimos con esta línea argumentativa, si las formas, las estructuras, son aquello que se puede traducir y son también aquello que de alguna manera hace posible, mediante su capacidad de relación y transferencia que los sistemas funcionen, entonces las estructuras vienen a situarse prácticamente en un nivel trascendental.

En todo caso, la totalidad de las regiones abarcadas por la enunciación estructural, y el conjunto de esas enunciaciones están sumergidas en un espacio condicional cuya característica fundamental es la de hacer posible la transferencia en general, la relación, la interferencia. Es el espacio trascendental que hace posible a toda ciencia. Hablando con precisión, la condición de probabilidad de todo saber es ese espacio trascendental de comunicación en que son posibles las conversiones epistemológicas, en que pueden efectuarse los transportes e inscribirse los grafemas. (Serres, en VV.AA., 1970:192).

Señalemos varios aspectos importantes que se pueden extraer de estas últimas afirmaciones. 1. Importancia del signo. 2. Oposición expresión-significado. 3. Figuratividad de la expresión, considerada como forma. 4. Consideración general de la estructura como traducción y transporte de una figura a otra. En consecuencia, podemos preguntarnos ¿qué ha ocurrido con el significado? El significado no corre peligro, porque está bien resguardado bajo las estructuras, es lo que parece deducirse de todo esto. Como el significado siempre precede a las estructuras, la verdadera transcentalidad está en el significado que garantiza su funcionamiento. Las estructuras son medios de transporte, pero aquello que es transportado es el significado. De ahí que el primer reproche que siempre se le haga al estructuralismo es su reducción a la forma, hasta el punto de haberse reducido a otro formalismo más. No obstante, este tipo de lectura desatiende una de las bases del problema: la materialidad significante. No pasemos por alto que Heidegger había denunciado el olvido del ser y había hecho una llamada a la reconsideración del ente como lugar en el que el ser se muestra. No olvidemos que el influjo de Heidegger ronda y es una influencia importante en los autores y teorías que estamos tratando.

Retomemos las palabras de Serres: es el espacio trascendental de las estructuras el que hace posible los transportes y la inscripción de los grafemas. Que las estructuras puedan traducirse, es un hecho sobre el cual ya nos hemos ocupado, pero ¿qué significa que los grafemas puedan inscribirse? ¿En qué sentido? ¿Y, dónde? Será necesario avanzar en nuestra exposición para poder situar en contexto adecuado estas palabras.

El semiólogo no está interesado en los índices ni tampoco en la relación causal entre el índice y el significado, sino en la lectura de los índices en un sistema de convenciones cualquiera. Visto así parece que no haya mucha distancia entre un semiólogo y un fenomenólogo, sin embargo, si se semiologiza, (o se gramatologiza) la fenomenología vemos que la cosa cambia. De este modo, lo que el destinatario recibe no es el querer-decir claro e inequívoco del emisor[10], su diáfana intención comunicativa, organizando una experiencia previa y comunicable, sino únicamente significantes estructurados en el seno de un sistema, que pueden ser leídos gracias a la capacidad del receptor para manejar un código determinado. Lo que queda de la fenomenología aquí es el marcado carácter material del signo, y esto da pie a una posible doble lectura, o a un camino doble que va a continuar esta problemática. Y es el siguiente: una vía de investigación se conducirá en el estudio del conjunto significante, interesándose en buscar las relaciones y jerarquías que los elementos del sistema establecen entre sí, partiendo de que el sistema es una construcción clausurada[11] y centrada sobre un eje organizativo. Esta vía se correspondería con el apelativo tradicional de estructuralismo. El otro desarrollo de la cuestión se ocupará de la radical potencialidad des-estructuradora de la materia significante que responde a la lógica de los transportes. Intentará dar cuenta de las siguientes cuestiones: ¿cómo hablar de una arché que remita la materialidad lingüística a un contexto de enunciación determinado? ¿Cómo, siquiera presumir una époché (lo cual no sería más una de las visones más extendidas que se tienen del estructuralismo, o sea, la de simplemente agrupar, poner un grupo de elementos en relación, entre paréntesis, para su estudio) que detuviera el movimiento de la materia significante? En ambos presupuestos hay, no obstante, algo en común, y es la consideración preeminente de la materialidad del signo lingüístico. Entendemos que este rasgo fundamental va a ser el que marque el camino de los futuros estudios estructuralistas y post-estructuralistas, obviarlo sólo repite la ilusión a la que conduce la alegoría de un modelo de lectura temporal.

Al hilo de lo dicho, se entiende por qué Lévi-Strauss en la Introducción a la obra de M. Mauss y en Sociología y antropología haya explicado que toda lengua humana comporta unos “significados flotantes” (término en cierto sentido próximo a lo simbólico lacaniano). Estos “significados flotantes” son todas las expresiones recibidas, conformadas y usadas por la comunidad lingüística, aunque desprovistas de cualquier significado determinado. Lévi-Strauss se refiere a un tipo de significante que se va transmitiendo de comunidad en comunidad. El sujeto debe someterse al significante, bien sea como mero hablante, o como grupo estudiado en una etnia determinada; el significante, por tanto, no está del todo a la mano del sujeto.

Advenimiento de la lingüística

La expansión y éxito del paradigma lingüístico repercutió en la creación de numerosas revistas vinculadas con la materia. Ya en 1956, Lacan funda La psychanalyse; en 1961 comienza la prestigiosa Communications;unos años más tarde, en 1966, se crea Langages de Larousse, y La linguistique de Martinet; no sin olvidarnos de uno de los principales focos teóricos, Tel Quel, que empieza su andadura en 1960. En Tel Quel encontraremos autores como Sollers o Kristeva, y más tarde a Barthes atraído por la amistad que le unía a estos dos últimos. Los trabajos de la revista de 1962 a 1967, en plena fiebre estructural, se consideran los de la época formalista de la publicación.

Pero sin duda, y no sin dejar de considerarlo irónicamente como hace Dosse, 1966 es el año estructural por excelencia. Todorov da a conocer al público francés la obra de los formalistas rusos, prefaciada nada menos que por Roman Jakobson. Lacan también ha publicado en Seuil, como Todorov, sus Escritos, con un enorme éxito. Y Gérard Genette da a conocer Figuras en la misma colección. Es también el año de Las palabras y las cosas de Michel Foucault. Pero el acontecimiento más sonado fue, sin duda, el famoso número 8 de Comunicaciones, dedicado al análisis estructural del relato. Hasta la revista de Sartre, Los tiempos modernos, consagra en 1966 un número especial al estructuralismo. Otro acontecimiento fundamental sucede este año, y es la realización del congreso Los lenguajes críticos y las ciencias del hombre. Celebrado en Estados Unidos, en la Johns Hopkins, de alguna manera supuso el primer contacto oficial de los críticos norteamericanos con los franceses. Fue J. Culler quien, en 1975, diera a conocer en profundidad el estructuralismo en los Estados Unidos. Su libro Poética estructuralista, que además fue Premio Lowel de la M. L. A., introdujo al gran público en la estrecha relación que el estructuralismo guardaba con las disciplinas literarias, al mismo tiempo que puso de manifiesto la existencia de ciertas bases comunes entre el“New criticism” y el nuevo movimiento europeo. No quiere decir esto que no haya habido un estructuralismo americano; sus principales figuras son conocidas: Boas, Sapir, Whorf, Bloomfield. Para muchos lingüistas el estructuralismo en Estados Unidos denota un periodo anterior a la conversión de Chomsky a la gramática transformacional cuando la lingüística se limitaba a la estructura superficial. Este retrato del estructuralismo americano, aunque extendido, es erróneo puesto que esta corriente lingüística tiene sus orígenes en los principios de siglo. La unidad del estructuralismo americano se asociaría con el post-bloomfieldianismo, neo-bloomfieldianismo o simplemente con el bloomfieldianismo. Por oposición al análisis histórico, el término estructural ocupa el lugar prominente en los estudios lingüísticos. Hymes (1981:20) cuestiona que si la premisa fundamental del estructuralismo es el estudio del lenguaje como un sistema autónomo, un sistema central para el entendimiento de la historia y uso del lenguaje, que debe ser analizado independientemente de la historia, entonces el modo en que el trabajo de Chomsky continua precediendo el estructuralismo y lo completa parece más decisivo que los modos en que no.

Adaptado o no a la exigencias del público americano, el caso es que el libro de Culler ofrecer otra perspectiva de la problemática estructuralista. Lo primero que resalta el crítico americano es la importancia de los métodos lingüísticos para el estudio de las humanidades, por ejemplo, los fenómenos culturales no sólo son acontecimientos sino también objetos con significado, y por tanto, pueden tomarse como signos. Y aunque no tengan esencias se definen por la red de relaciones que comprende el sistema del que son parte activa. El riesgo evidente de esta afirmación es que con ella se puede clasificar cualquier cosa.

Para Culler, un semiólogo debe restringir sus investigaciones a los casos donde los significantes tienen conceptos claramente definidos unidos a un código comunicativo. En consecuencia, el crítico norteamericano está en condiciones de afirmar que la literatura no es un sistema de signos porque no se puede hablar por códigos fijos de ella. Y aquí, Culler está tocando de lleno uno de los principales problemas del estudio del estructuralismo, a saber, el que concierne a los límites de las estructuras, y que cuestiona si la literatura puede o no ser estudiada mediante ellas. La solución prepuesta por este autor no deja de ser apresurada. Afirmar que la literatura no es un sistema de signos sería algo más que refutable. El gesto de Culler, no obstante, tiene implicaciones de mayor alcance si lo consideramos desde lo que Derrida ha llamado “metafísica de la presencia”. Porque lo que hace que la definición de Culler no sea efectiva no es el concepto de código que maneja, sino el de signo, porque el signo que utiliza Culler es unidireccional, es decir, un significante unido indisolublemente a un significado. Esto no impide la lectura de ningún código, sino que demanda una consideración del signo diferente. El signo literario sigue siendo un signo, lo fundamental estriba en cuestionar y radicalizar la naturaleza de dicho signo. Desde luego, Culler no supo retener toda la potencialidad del mensaje estructuralista. Si el significado de un poema puede cambiar, según piensa, es porque el poema sólo puede ser creado en relación con otros poemas y sus convenciones; si el significado cambia es sólo porque las nuevas obras pueden hacerlo cambiar.

Al igual que el sujeto, las obras literarias son un conjunto de convenciones. Por ello el estructuralismo podría entenderse como un abandono del irracionalismo romántico y de las diversas epistemologías del intuicionismo, del tipo de Bergson o James. Así pues, lo paradójico de la consideración de Saussure consiste en reconocer que el signo sea a la vez mutable e inmutable, por lo que por extensión el sujeto guarda una doble relación en tanto que dominado y dominador. Roland Barthes, por su parte, también reformulará los principios del modelo lingüístico de Saussure. Entre las novedades que aporta están las nociones de idiolecto y uso como habla institucionalizada. El sistema semiológico es un sistema de segundo orden sobre el modelo del lenguaje, elaborado no por la masa hablante (la “langue” de Saussure), sino por un grupo de signos productores de sistemas ideológicos.

La lingüística estructural revela el carácter inconsciente de las operaciones de la lengua, afirmaba Lévi-Strauss; si para estudiar la fonología no es necesario tener en cuenta la conciencia de los hablantes, tampoco lo será para el antropólogo. Así pues, este autor propone una forma de sujeto a la que llama Bricoleur. El Bricoleur recoge materiales de diversas disciplinas y herencias culturales. Como etnógrafo es también lingüista que considera el significante como transparencia que se abre a un significado libre entendido como producto histórico. Con esta figura reseña la diferencia con respecto al sujeto kantiano, que no acepta ni las formas universales del conocimiento humano ni la validez de un sujeto trascendental. Ciertamente, el Bricoleur comparte mucho más de lo que Lévi-Strauss esperaba con el filósofo alemán, por ejemplo, la presunción de que existen formas universales de conciencia, o la consideración del mito como centro trascendental. Como señala Pavel (1988:61) parecía necesario, al final de los años sesenta unificar las diversas tentativas de renovación de las ciencias humanas en una sola disciplina, más general que la lingüística, en el interior de la cual se consiguiera más el aire de inspiración científica buscado.

Pero sigamos con los primeros compases del estructuralismo. Ricœur (1969) proporciona una serie de pautas para poder caracterizar sus principios. El estructuralismo se define por un corpus cerrado, en el que se pueden establecer inventarios de elementos y unidades que, a su vez, pueden formar relaciones de oposición, preferentemente binaria, al mismo tiempo que establecen un álgebra combinatoria. Así, al considerar el lenguaje como el objeto de estudio para una ciencia empírica, es posible distinguir entre una ciencia de estados de sistema, o lingüística sincrónica; y una ciencia de cambios o lingüística diacrónica. En un estado de sistema no hay términos absolutos, sino relaciones de dependencia. El conjunto de signos debe ser tomado por un sistema cerrado a fin de someterlo al análisis. El signo no sólo es algo en lugar de una cosa, lo es, en todo caso, en el seno de un sistema. Habría que añadir una característica más a estos presupuestos estructurales, y es el interés en las leyes llamadas coexistenciales, morfológicas, o estructurales (Schaff, 1978:9). Estas son las leyes de la ciencia que describen ciertas regularidades comunes a una clase de fenómenos, con la particularidad de que este tipo de fenómenos se da como la coexistencia de sus propiedades. Coexistencia o sincronía, la temporalidad, así vista, podría creerse que ha desaparecido; no obstante, la coexistencia hace referencia a una coexistencia de marcas inscritas en un espacio y, según Schaff, el estudio de las leyes coexistenciales es también uno de los elementos del método de análisis histórico de Marx.

Desde el campo de la sociología, Goldman (1972:117), en pleno debate estructuralista defiende que la tesis fundamental toda sociología de este tipo se resume en que la conducta humana es “significativa”, y que por consiguiente se puede estudiar dentro de una estructura significativa. La estructura se define, esencialmente, por la necesidad de realizar una función en una situación dada, por lo que el sujeto tiene que acomodar sus acciones a unas determinadas estructuras de significado. Dichas estructuras, según Goldman, no hay que entenderlas fuera de la historia, ya que cada estructura realiza una función dentro de una estructura mayor. Así las cosas, una estructura se define como racional solamente por su habilidad para resolver problemas prácticos que deben entenderse en un tiempo concreto. El antihistoricismo corrientemente atribuido a los estructuralistas está muy lejos de poder aplicarse al modelo de Goldman. Según dice, para entender una obra no hay que remitirse al autor, sino a los grupos sociales que desarrollaron las estructuras con las que las obras han creado un universo coherente. Es necesario, por tanto, identificar el grupo social, reconocerlo como sujeto colectivo, y no creer que se puede estudiar la totalidad del grupo únicamente mediante la lingüística.

Las confusiones de este tipo abundan, o tal vez sería mejor decir que ante tal profusión de autores y escuelas las confusiones forman parte de la misma estructura del estructuralismo. Parain-Vidal (1972) señala tres de estas confusiones que los mismos estructuralistas cometían: a) tomar las estructuras por esencias y no por esquemas; b) confundir sentido y significante, el ser del lenguaje con lo que sólo puede ser objetivado en él (el ejemplo es Lacan); c) mezclar el sujeto de conocimiento con el sujeto como objeto de conocimiento.

Distinguir un estructuralismo verdadero y otro falso, o uno correcto o incorrecto, no parece ser un camino demasiado acertado para dilucidar la cuestión, sobre todo porque la distinción otorga un cariz de unidad al movimiento, que difícilmente es demostrable. Por elloPavel (1988:12) ha propuesto hablar de tres tipos de estructuralismo, de tres momentos diferentes en él, que, en definitiva, permiten cuestionar la metáfora totalizante que lo presenta como espacio completo. Aunque muy general, esta clasificación sirve para mostrar la pluralidad de la que venimos hablando. En primer lugar encontraríamos lo que Pavel llama el estructuralismo moderado, caracterizado por su deseo de racionalidad, e inspirado en los resultados de la lingüística estructural. En poética y estilística, el estructuralismo moderado dominó los años sesenta y setenta, definiéndose por oposición a los estudios filológicos e históricos, así como al impresionismo de la crítica de corte estetizante. Incluye además las propuestas taxonómicas de las categorías literarias, como la Introducción a la literatura fantástica de Todorov; los análisis de Jean Rousset y Paul Zumthor; la crítica temática de J. P. Richard; y la narratología de Claude Bremond, Gérad Genette y Todorov. Alternaría con este estructuralismo el estructuralismo “cientifista” que se posiciona vigorosamente sobre los mecanismos derivados de la lingüística; fue el principal vehículo de la promesa estructuralista a principios de los años sesenta y promovió la idea de la lingüística como ciencia-modelo. Como principales representantes destaca a Lévi-Strauss, Barthes (en los sesenta) y Greimas. Por último, el estructuralismo especulativo reunió las tendencias ideológicas y filosóficas del movimiento. Desde los esfuerzos de Althusser para recuperar el mensaje de base científica, hasta las proclamas de Tel Quel, la teoría lingüística fue puesta al servicio de las ideologías políticas del contexto. Menos directamente unidos a esta tendencia ideológica se encuentran los pensamientos especulativos que tematizan el límite de la metafísica occidental, o el fin del hombre como objeto de saber, en los que se pueden incluir Foucault, Derrida, el último Barthes, o la escuela de psicoanálisis existencial de Lacan. Para Harland (1988), este colectivo sería el que compone el grueso de las filas del post-estructuralismo que, para él, es un grupo radicalmente acientífico, sin coherencia de grupo, producto del mayo del 68 y de las tribulaciones de Jacques Derrida, cuyo único fin es la destrucción de la objetividad y de la verdad. No obstante, incluso para Harland las cosas se complican a la hora de ubicar al último Foucault, o a Althusser. Algo similar le ocurre a Robert Scholes (1974:157), quien califica a estos autores que no cuadran a Harland, además de Lévi-Strauss y Jacques Derrida, de ser las “estrellas” del firmamento intelectual del momento. Esto es lo que llama “alto estructuralismo”, alto en aspiraciones y en prestigio, no en contenidos. Sin embargo, y a pesar de todo, sí que hay un estructuralismo más riguroso y de mayor seriedad, practicado por hombres cuya inteligencia y erudición son considerables; es lo que llama el “estructuralismo bajo”. La diferencia para Scholes queda patente en el modo de trabajar de unos y otros: mientras en un libro de Genette podemos encontrar una completa y exhaustiva bibliografía, en uno de Barthes únicamente nos aparecerá una cita de Bataille que le inspiró.

Por otro lado, está la paradoja de que la nouvelle critique parece capaz de ser percibida a la vez como causa de anarquía crítica (por Raymond Picard) y como control sobre la anarquía crítica dominante (por Robert Scholes, Jonathan Culler). Esta paradoja es explicable, según Felperin (1985:79), atendiendo a la especificidad de los diferentes contextos institucionales en los que se produce. En Francia, donde el control de la interpretación, por parte de la institución académica era más conservador, por no decir represivo, la aparición de este tipo de crítica fue comparable al inicio de un estado revolucionario. El ataque de Roland Barthes contra las ideologías burguesas y la crítica mimética (cuyas bases son la objetividad, el gusto, y la claridad), es la prueba de este espíritu de revolución. La primera consecuencia visible de estos planteamientos es el reconocimiento de la escritura como algo separado de la lengua y del estilo. Derivado del fin del interés por los tratados de retórica hacia la mitad del siglo XIX, la escritura clásica dejó de ser universal y las escrituras modernas nacieron, a la par que la retórica se disgrega en retóricas plurales que serán la característica de la escritura burguesa (Barthes, 1993-I:170). A la par de este esfuerzo por disociarse del lenguaje literario, Barthes señala otra opción: crear una escritura blanca. Esta escritura, escritura en grado cero, es amodal, transparente, casi roza la falta de estilo: es sólo escritura. Así pues, es posible encontrar en Barthes este tema, propio de la lingüística moderna y de la antropología estructural, que fija la importancia del intercambio, de la relación primera que debe partir de un punto cero, definible por su posición relacional con otros elementos y no por su condición empírica (Dosse, 1991:99). Esta misma búsqueda del grado cero la encontraremos igualmente en Lévi-Strauss, en el grado cero de parentesco; o de igual manera, en el grado cero de la unidad lingüística de Jakobson.

La razón por la que el estructuralismo siempre implica interpretación (y la distorsión ideológica que le acompaña) es debido a que en la lingüística de Saussure no puede haber signos sin significado, y los signos están cultural e ideológicamente determinados. Ello hace que esta confianza en el significado les haga aproximarse más de lo que pretenden a la crítica mimética que denuncian. Por otro lado, implícita o explícitamente, todos intentaron presentar estas estructuras no-determinantes inherentes en la sociedad, desde la universidad (Bannet, 1989:5). Es una de las ironías de la historia que estas estructuras alternativas de disconformidad quedaran expuestas de manera tan rápida a la imitación y a la repetición, y como resultado se convirtieran, tan fácilmente, en las nuevas formas de la hegemonía académica.

Son estructuralistas –como en cierto modo lo somos todos– porque aceptan su destino existencial en el lenguaje cuyo modo de ser es despiadadamente relacional; las palabras derivan su significado no de ningún valor intrínseco que la palabra implique sino de un doble sistema de metáfora y metonimia que une las palabras las unas con las otras y da a las palabras una inteligibilidad fugaz más que una permanencia separada (Said, 1972:355)[12].

Desde luego mucho tiene que ver Jakobson en la definición de metáfora y metonimia que utiliza Said, y que otros tantos estructuralistas y post-estructuralistas han mantenido sin cuestionar su validez; por otro lado, y siguiendo con Said, convertir a todos los estructuralistas en ontólogos no sería justo. Así pues, la inteligibilidad fugaz que nombra no deja de sustentar otro tipo de permanencia, más breve si queremos, pero sería otra vez la misma petición de un significado (retórico) estable. Según afirma Said, todo el esfuerzo de los estructuralistas está encaminado a mostrar la forma de la violencia, es un intento de clarificar e identificarla, porque la forma, o la estructura es siempre una difícil mezcla de necesidad, ausencia y apropiación, en donde la estructura es el signo de todas estas cosas. Como conjunto de partes interactuantes, la estructura substituye “el origen con el juego de relaciones ordenadas” (Said, 1972:369); esa es la razón de que “estructura” no sea ni un término espacial ni temporal, y menos una filosofía o un método filosófico; es esencialmente una actividad, una versión cultural del bricolage.

Linguacentrismo”, este es el término que elige Said como principal atributo del pensamiento estructural. La cualidad que hace que las cosas sean significantes es un tercer elemento aparte del lenguaje y del mundo, el cual, según la visión estructuralista, sería la “lingüicidad” (linguicity). La lingüicidad no puede mostrar por sí misma por qué las estructuras estructuran. Said encuentra similar este gesto al uso de los arquetipos en literatura practicado por la crítica literaria en Estados Unidos, y al igual que ellos, lo único que consiguen es esquivar el encuentro directo con el lenguaje. Autores como Derrida convierten los principios del estructuralismo en cosas surrealistas cuyas relaciones sobredeterminadas burlan los presupuestos originales, recargándolos y haciendo estragos con ellos. Esta reflexión admite un antes y un después, una diferencia clara entre dos cosas de las que una es la burla de la otra; un origen y una burla, una imagen y un original. Esto nos serviría para leer de otra manera las palabras de Barthes, cuando en un artículo clásico, “La actividad estructuralista”:

El objetivo de toda actividad estructuralista, tanto si es reflexiva como poética, es reconstruir un “objeto”, de modo que en esta reconstrucción se manifiesten las reglas de funcionamiento (las “funciones”) de este objeto. La estructura es pues en el fondo un simulacro del objeto. (Barthes, 1967:257).

Los fines de la actividad estructuralista están indisolublemente ligados a una técnica determinada, que consiste en la recomposición del objeto para hacer aparecer sus funciones en el sistema, con ello, subrayémoslo, se construyen simulacros. Al igual que la historia[13] consiste en la reconstrucción de las ruinas del pasado, se puede decir que una estructura consiste en la reconstrucción de las funciones del elemento que se pretende estudiar. Lo mismo que historiar, que leer, supone aplicar inevitablemente una maquinaria retórica que es connatural al mismo acto que produce, estructurar es hacer simulacros[14]. Más aún, a la vista de esta afirmación la obra del propio Barthes se nos aparece en conjunto como un gran simulacro de obra estructural.

Culler (1985) entiende que los estudios literarios estructuralistas optaron por dos caminos bien diferentes. Uno postulaba una homología global entre lingüística y poética. La obra literaria debería estudiarse en un sistema de convenciones que le permiten tener significado, igual que la lingüística estudia sus constituyentes dentro de un sistema. El otro camino, por el contrario, afirmaba la homología entre el lenguaje y la obra individual, por lo que el análisis de la obra no debía ser más que un fin por sí mismo, una mera aplicación de conceptos lingüísticos. La labor de uno: deconstruir la labor lingüística para entender el lenguaje que está estudiando; la tarea del otro, en cambio, aplicar una series conceptos para formar un modelo lingüístico. Habría además, según Culler, dos categorías bajo las que pueden agruparse los trabajos críticos estructurales: la primera agruparía los estudios fundamentados en la metáfora que convierte una obra o un grupo de obras en un lenguaje; la segunda categoría descrita por Culler no estudia las obras como un lenguaje sino como un lugar donde los análisis y presupuestos teóricos son demostrados y a la vez justificados, en ella la obra sirve como vehículo de una teoría implícita del lenguaje.

Es a partir de 1967, momento en el que aparecen más claras las fisuras en la corriente estructuralista, cuando se empieza a hacer patente el carácter a menudo ficticio de los agrupamientos y tendencias del primer periodo (Dosse, 1992-II:9). Paradójicamente, en 1967, los medios de comunicación proclaman la unidad y el éxito del movimiento, a nivel social resulta ser un hecho consumado; sin embargo, los estructuralistas tomarán sus distancias con lo que consideraban una unidad ficticia de grupo y de pensamiento. Es entonces el tiempo para la deconstrucción, la dispersión, el reflujo.tructuras por un aleatorio y creativo desorden estructural.

Fronteras lingüísticas. La lengua como modelo

triunfo puesto que Jacques Derrida retoma en dos publicaciones textos que se remontan a 1963 […], (Dosse, 1992-II:30)[15].

La deconstrucción fuerza hasta el extremo la lógica estructuralista para llevar a cabo un cuestionamiento más radical de la substancialización de toda esencia fundadora, en el sentido de una evacuación del significado, lo cual, no obstante, la hace situarse de pleno en el interior del campo de reflexión estructuralista (Dosse, 1992-II:33). Aún así, ¿cuál es el vínculo entre el estructuralismo y la deconstrucción?, ¿se podría pensar en una relación marcada por la figura del anfitrión y la de su huésped, entre un cuerpo y su parásito?

Muchos semiólogos estructuralistas de los años sesenta y setenta se inspiraron en los principios del pensamiento deconstructivo; como método, la deconstrucción, señala Philippe Hamon, era otro nombre para un enfoque de tipo estructuralista, es decir, su objetivo se entendía como un modo de transformar un texto, de desenmarañarlo, para reducirlo a legibilidades, a oposiciones, a “disfuncionamientos”. Aunque la legibilidad de la que Hamon habla, en realidad, se refiere a la condición de posibilidad de la lectura, a su ilegibilidad, y esto es verdaderamente lo que la deconstrucción ponía en tela de juicio: las condiciones de posibilidad de toda escritura. Lo cual, por cierto, no se trata de un estructuralismo a la inversa, ni tampoco supone una substitución del estudio de las estructuras por un aleatorio y creativo desorden estructural.

Fronteras lingüísticas. La lengua como modelo

Es en el congreso Los lenguajes críticos y las ciencias del hombre,celebrado en la Johns Hopkins University en 1967, donde se encuentran por primera vez, en acto institucional Derrida, Barthes y De Man, –si una fecha puede ser indicativa del estado de la cuestión, ésta lo es–. Para dicho acontecimiento los organizadores propusieron como temas de trabajo: la teoría general de los sistemas de signos y formas de expresión; la posible relación entre las dimensiones sociales o simbólicas microcósmicas y microcósmicas; el nuevo estatus del sujeto, y el uso y abuso de modelos. Muchos de los delegados norteamericanos eran representantes de la teoría de la comunicación arquetípica, gestaltista, contextualista, o de la persuasión transformadora. Allí, Barthes pronuncia una conferencia sobre la transitividad de la escritura, y sobre la posición del sujeto en ésta, donde trata la unión entre lingüística y literatura, posicionándose como crítico semiótico. Barthes todavía ve en la lingüística un tipo de objetividad que permite trazar niveles independientes de análisis y de descripción de los elementos distintivos en cada uno de estos estratos lingüísticos. El punto de partida es que la lingüística permite estudiar el discurso como una gran frase. La novedad que introduce, que será una revolución para los estudios narratológicos, está en considerar al verbo “escribir” como intransitivo, lo cual pone en cuestión tanto al objeto de la escritura como al sujeto de ella. Escribir es tomado como voz media. El escritor, dice Barthes, queda atrapado en lo escrito no como sujeto psicológico sino como el sujeto de la acción. La importancia de la enunciación frente al enunciado, se manifiesta en el hecho de que los elementos lingüísticos del texto nos obligan a concebir el lenguaje y el discurso, no ya en términos de una nomenclatura instrumental y materializada, sino bajo el mismo ejercicio del lenguaje (Barthes, en Macksey, 1972:163). Por consiguiente, la escritura es el lugar donde el sujeto pierde su centro y se convierte en acción, en detrimento de una potencia significativa situada en el escritor o en el lector receptor.

La crítica que hacen tanto Derrida como De Man a la intervención de Barthes va en la misma dirección: ambos se refieren a la determinación de la temporalidad implicada en la enunciación. No hay presente del tiempo discursivo, argumenta Derrida; la muerte es, precisamente, la condición de posibilidad de este tiempo. A su vez, para de Man la noción de temporalidad de Barthes[16] está materializada en forma de método, de mito histórico, para el crítico belga es un concepto tropologizado. Entonces, ¿no habíamos dicho que Barthes caminaba con un pie en el estructuralismo y otro en el post-estructuralismo? ¿A qué vienen entonces estas críticas de sus compañeros de grupo ? ¿Es que entonces, podríamos llamar a Derrida y De Man estructuralistas? ¿Dónde ha quedado el uso de las estructuras? ¿Estamos ante lo que Eve Tavor Bannet (1989) ha calificado como la lógica del disentimiento, es decir, el rasgo que caracterizaría a los teóricos que se opusieron ideológicamente a dicho movimiento? ¿Se puede decir que Lacan, Barthes, Foucault y Derrida no son sólo anti-estructuralistas, sino contra-estructuralistas? Tavor Bannet no tiene ninguna duda, lo que diferencia a estos críticos es la capacidad lúdica de sus textos, su falta de conformidad tanto con las restricciones del lenguaje como con las normas del sistema académico.

¿Estructuralistas o post-estructuralistas[17] ? Es en el famoso número 8 de Communications donde Eco (1966) parece tener la respuesta. En el análisis de las novelas de 007, señala que Fleming es reaccionario, no porque siempre tenga un esquema preparado para las peripecias del agente de la reina ante las malísimas intenciones de la surtida prole de adversarios rusos, judíos, negros, chinos o ingleses desleales, dispuestos siempre a lo peor; es reaccionario, al contrario, porque actúa mediante esquemas (léase estructuras). La construcción de esquemas es siempre índice de intolerancia y dominación, se opone a la democracia, que fuera de cualquier dogmatismo, reconoce los matices y las contradicciones. Fleming es reaccionario no por su uso de las estructuras, que siempre las hay, sino porque sus estructuras están clausuradas. Una estructura clausurada no sería democrática, viene a decir Eco. Podríamos leer de otra manera la conclusión de Eco si tenemos presente que la etimología griega para figura es esquema. Actuar por esquemas es actuar por figuras, o sea, retóricamente. Lo reaccionario es clausurar la retórica del texto, las figuras que lo conforman. Es precisamente la noción de retórica la que nos puede servir para recorrer el camino del estructuralismo al post-estructuralismo.

Otro de los sucesos, según Dosse (1991), que ayudó a la difusión del Curso de Lingüística General en Francia, fue un artículo de Greimas que data de 1956, “La actualidad del saussurismo”, aparecido en Le Français moderne (1956:3). La aportación esencial de Saussure no fue el descubrimiento de la arbitrariedad del signo sino su teoría sobre el valor diferencial de éste. Georges Mounin (1969) ha comentado que es hacia 1959 cuando la lingüística hace verdaderamente irrupción en la cultura francesa. Por entonces Lévi-Strauss publica “El análisis estructural en lingüística y antropología”. También, Merleau Ponty, desde La fenomenología de la percepción, (1945) hasta Signos (1960), multiplica las referencias a Saussure. Roland Barthes, en Mitologías (1957), emplea un vocabulario específico de los lingüistas. Otra muestra podría ser: Henri Lefebvre: Lenguaje y Sociedad (1966); Foucault, Las palabras y las cosas (1966); y Lacan, Escritos (1966). Mounin cifra que el rasgo común entre estos críticos y filósofos es el haber descubierto la lingüística un poco tarde, y además, el haberla asimilado con cierta precipitación. El uso de las nociones que toman de esa lingüística es a menudo discutible, muchas veces erróneo. De la misma manera, la tesis de Mounin permite la inversión: se podría argumentar fácilmente que es Mounin el que lee mal a estos autores, y no ellos a Saussure.

El problema está de nuevo en los efectos de la lectura. Las críticas en este sentido abundan.Simon Clarke (1981) afirma que el argumento central del estructuralismo es, en esencia, un resto del desacreditado argumento del positivismo lingüístico, que piensa que el lenguaje es la única realidad, en tanto que el conocimiento sólo puede ser expresado y comunicado de forma lingüística. El tipo de confusión que pone de manifiesto esta lectura es frecuente. Pocos estructuralistas negarían la diferencia entre enunciado y enunciación, o referencia y referente. Sin ir más lejos, Todorov, en una de las compilaciones más sonadas del estructuralismo (Ducrot, 1968), publica un artículo titulado “La poética estructuralista”, donde se ocupa de deshacer algunos equívocos. Dejando a un lado el hecho de que Todorov llame a la lingüística la ciencia de la lengua y a la poética la ciencia del discurso, cabe incidir en la demarcación que efectúa sobre la referencia y la literalidad. La referencia (no debe confundirse con el objeto extralingüístico mismo o referente) es la capacidad del signo para evocar otra cosa diferente de sí mismo. El sentido o, como él prefiere llamarlo, la literalidad es la capacidad que tiene el signo para ser tomado en sí mismo, y no como reenvío a otra cosa. Por tanto, la crítica de Clarke se explica como una mala comprensión de la diferencia entre referente y referencia, mala comprensión derivada del efecto de una figura retórica que opera borrándose a sí misma. Esta operación retórica recibe el nombre de hipálage, y es la figura por la que la propiedad que pertenece a un objeto pasa a otro de la misma secuencia.

Uno de los mayores logros del estructuralismo, según Clarke (1981:173-182), está en haber proporcionado un modo de explicación objetivo y científico del significado, cosa que los formalistas no habían hecho (no menciona los trabajos de Propp). El lenguaje y la cultura, como sistemas objetivos de símbolos, no tienen significado por ellos mismos, aislarlos del contexto social en el que funcionan como instrumentos supone aislarlos del único contexto en el que tienen significado. Sin embargo, las concepciones del contexto van a ser tan importantes como las del signo, ya que, por entonces, no había consensuado un único contexto para el contexto. Los signos pueden repetir su uso en determinados contextos, tanto sociales, como económicos o de poder, en consecuencia, el contexto también es iterable con cada signo, y por tanto pierde su capacidad de contextualización (Derrida, 1967b). Desde otra perspectiva, el contexto depende de un universo de significado cerrado sobre sí mismo (Greimas, 1966) y por ello hay una cierta auto-referencialidad contextual, lo cual es una paradoja. Encontramos incluso, que el contexto se debe a la pluralidad constitutiva del texto (Barthes, 1970); y si hacemos caso a Sollers (1968), se pierde en la experiencia de los límites del texto. Esto viene a confirmarnos al menos dos conceptos de contexto: uno clausurado, y otro que remite directamente al signo. Clarke es un buen reflejo del sentido general que se tiene del estructuralismo.

El significado de una unidad lingüística para un individuo, que es el único significado del que puede decirse que exista, es la expresión de una historia, y por ello la suma de la experiencias individual de una serie de contextos en los que la unidad había tenido significado para ese individuo. La unidad de ese significado puede ser unidad social e histórica, una experiencia compartida en la que varios individuos han participado […]. La unidad del significado es por consiguiente la unidad de una comunidad de hablantes. Entonces el estudio de la semántica lingüística no puede ser nunca una disciplina formal, solo puede ser tan social como histórica, estudiando las condiciones históricas y sociales en las que el mundo es experimentado y significado por sujetos sociales. (Clarke, 1981:182)[18].

Se habla de una unidad contextual que se forma históricamente con las experiencias de los sujetos de la comunidad hablante. En este enfoque, la historia viene a ser la suma de experiencias temporales, una especie de amontonamiento sucesivo por el que el hablante va adquiriendo significados. Según el Heidegger de Ser y Tiempo, esto correspondería con el concepto de tiempo “vulgar”, la concepción temporal que ha hecho caer al ser en el olvido.

El mayor descubrimiento de Saussure fue el darse cuenta de que la lingüística no debía tratar de nombrar las sustancias y objetos (la palabra, la oración), sino que debía ocuparse mejor de estudiar la ausencia de estas sustancias (Jameson, 1980:27). Es, pues, en este lapso temporal de la diferencia donde la sincronía y diacronía[19] pueden entenderse como elementos sumamente productivos, pese a la especie de existencialismo sincrónico que Jameson en La cárcel del lenguaje se empeña en atribuir a Saussure. Lo que sí que se puede afirmar, sin lugar a dudas, sobre el planteamiento saussuriano, es el cierre de la lengua sobre sí misma. En este sentido, la unidad lingüística, por su doble aspecto fónico y semántico, reenvía siempre al resto de unidades del sistema, en una combinatoria puramente endógena.

Sapir, al igual que Saussure, descubrió que la lengua es un sistema de diferencias. En sus investigaciones sobre las lenguas americanas indígenas, pudo observar que una diferencia fonética entre dos sonidos sólo era significativa para el nativo cuando coincidía con una estructura fonémica. Descubrió así que el lenguaje opera por medio de un principio estructurante inherente. La lingüística estructural americana, sin embargo, terminó por acercarse más a la antropología, ocupándose de los entornos lingüísticos sociales.

Al hilo de la aplicación estructuralista en literatura, está el primer artículo que Todorov escribe en francés, “La descripción de la significación en literatura”, es el año 1964, en el número 4 de Communications, donde propone un análisis por estratos, nivelados lingüísticamente de un texto literario. Así mismo, los “Elementos de semiología” de Barthes, artículo aparecido también en el mismo número de la revista, ofrece un aplicación práctica de las enseñanzas de Saussure y Hjelmslev dentro de la más estricta ortodoxia estructuralista. Aunque aquí, a diferencia de Saussure, Barthes define la semiología como un sub-conjunto de la lingüística, que se presenta como la ciencia de la sociedad, en tanto que ella se significa en ella. La sociología se ha transformado en una socio-lógica.

No es de extrañar que el estructuralismo se ocupe de estudiar también los fenómenos culturales a través de la lingüística, porque como Culler (1981) recuerda: a) son acontecimientos con significado y por tanto signos; b) aunque no tengan esencias, están definidos por una red de relaciones. Culler, en este sentido, ve idénticos el estructuralismo y la semiología. El trabajo de Culler contribuye a mantener la visión, la construcción del estructuralismo que, aún hoy en día, se sigue tomando como natural. Dos ejemplos de esta estrategia se pueden ver con claridad en el comentario que de Jakobson y Greimas hace en su laureado libro. De Jakobson declara que su labor como lingüista contribuye a los estudios literarios localizando los procedimientos del lenguaje y describiendo cómo se han organizado en un texto. Lo que Jakobson llevó a cabo fue la puesta en práctica de la aplicación de las técnicas de la lingüística estructural directamente a los poemas, entendidos únicamente como materia lingüística. Si se toma esta afirmación seriamente su alcance es mucho más relevante de lo que Culler pudo sospechar. Primero, porque habría que reconsiderar, entonces, la importancia de los estudios de fonética de Jakobson para la lectura de la literatura; segundo porque esta afirmación de Culler nos devuelve a la idea de una concepción de la lengua, de la literatura, como lo demuestran sus escritos sobre poética, en la que la parte material del lenguaje cobra una importancia inesperada.

Jakobson malinterpreta a Shakespeare, afirma Culler, y este error es la prueba de que el análisis lingüístico no puede aplicarse sin más a los textos literarios. El razonamiento es sencillo: en un poema no sólo hay estructuras gramaticales. El propio análisis de Jakobson está viciado por la creencia de que los análisis lingüísticos proporcionan un descubrimiento automático de las estructuras poéticas, (y aquí, la crítica de Culler es más estructuralista que el propio Jakobson). El estructuralismo verdadero, por tanto, es aquél que no utiliza únicamente el modelo lingüístico para sus fines, esto sería un fin vano, sino que se sirve de este modelo para crear o desentrañar otros modelos presentes en el texto.

Greimas es otro ejemplo de la transposición de un conjunto de reglas lingüísticas como método para explicar un poema. Culler no puede aprobar la aleatoriedad con la que un término remite a otro en la semántica greimasiana. Greimas distingue un plano de inmanencia y otro de manifestación. El plano de inmanencia organiza su consistencia en mínimas características semánticas, “semas”, que son el resultado de oposiciones (por ejemplo: masculino/femenino). Este sistema de relaciones forma una jerarquía desde las unidades mínimas a las superiores. El problema, dice Culler, es que se deben construir primero todos los significados de las unidades mínimas para poder avanzar en el sistema, y eso supone una especie de contradicción. Los semas repetidos en un texto son los clasemas y son los responsables de la coherencia del texto. La repetición de clasemas hace las isotopías, y esto, según Culler, se fundamenta en un método distribucional demasiado subjetivo.

Con gran precisión, Culler señala en Greimas tres regiones problemáticas, que vistas desde otro punto de vista, son aquellas que realmente hacen productiva, y menos “estructuralista”, la semántica greimasiana. De este modo, señala la dificultad en los procedimientos de explicación para la selección de una lectura en el nivel clasemático, donde dos o mas ítems lexicales son unidos en una frase (Culler, 1981:85); así como, en la identificación de los métodos para localizar las isotopías o los niveles de coherencia; y finalmente, en los modos de disquisición de la organización del significado por encima del nivel isotópico, o de las palabras madre dentro del texto mismo que es un universo semántico. Sería fácil contestar a Culler, y mostrar que, precisamente, está señalando los puntos que hacen que Greimas pueda ser considerado como un autor de los llamados post-estructuralistas. Podemos, entonces, aventurar una hipótesis a partir de la cual poder formular los principios y presupuestos de una teoría retórica post-estructuralista. Nuestra postura ha sido la de cuestionar tanto el estatuto estructural como el post-estructural, partiendo de un principio de alteridad o de parasitaje radical, por el que quedaban explícitas ciertas maniobras retóricas. De la misma manera, y por paradójico que parezca, se puede afirmar que en otros tantos autores post-estructurales, o en otras tantas obras post-estructurales hay necesarios momentos estructurales y negarlos sería tan inocente como negar la base post-estructural del estructuralismo.

Ahora retornemos la lectura de Culler, quien significativamente afirma que el sistema semántico de Greimas es incapaz de dar cuenta de las metáforas. Para Greimas, la estructura fundamental de un poema consiste en un par de clases semánticas que en oposición, una con otra, son puestas en correlación con otro par de clases, y así hasta producir una interdependencia temática. Y repite Culler (1981:93), lo más interesante de Greimas son los problemas con los que se encuentra. El análisis lingüístico no puede proporcionar un método por el que el significado de un texto pueda ser obtenido del significado de sus componentes. No es simplemente que las frases tengan significados diferentes en diferentes contextos, la dificultad radica en que el contexto que determina el significado de una frase es algo más que las otras frases del texto; es un complejo de conocimiento y expectativas de varios grados de especificidad, una clase de competencia interpretativa. La objeción de Culler es totalmente válida, todo significado de un texto depende de un orden de producción, distribución recepción, tradición, percepción, pero ello no quita que los significados se organicen en universos semánticos cerrados sobre ellos mismos, lo cual es algo muy diferente a la clausura del texto.

En este contexto es importante considerar el libro de Jean Rousset, Forma y significación (1962), como una de las principales aportaciones estructuralistas al campo de la teoría literaria. Rousset rompe con el tipo de crítica basada en hechos contextuales y genéticos para explicar el fenómeno literario, y demuestra que todo lo que se puede decir de una obra está en la misma obra. Pero más interesante, para nosotros, es la revisión que hace Derrida (1967) de este libro en “Fuerza y significación”. En dicho artículo, Derrida sostiene que la forma estructural en Rousset se revela como fuerza (estructural), pero fuerza en un doble sentido: en tanto fuerza que es ejercida por una estructura encorsetando, imponiéndose sobre el lenguaje; y, como fuerza del mismo lenguaje literario para violentar cualquier forma y remitir a la ausencia de forma, como uno de sus hechos constitutivos. Fuerza estructural que convierte este modelo en un “ultra-estructuralismo”, como dice Derrida. En este mismo artículo, Derrida avisa del riesgo que se corre al perder de vista la metaforicidad de la noción de estructura; se corre el riesgo de interesarse más por la figura que por el juego de relaciones que ella establece (Derrida, 1967b:28). Tendríamos que decir que el riesgo comienza ya cuando se olvida la retoricidad específica de cualquier discurso crítico, no sólo con el descuido del hecho metafórico, sino cuando se olvida que tal hecho articula la lectura del texto teórico. Derrida recuerda que nuestro discurso pertenece al sistema de las oposiciones metafísicas, que la mejor forma de mostrarlo es volviendo contra él sus propias estratagemas, de modo que se produzca una fuerza de dislocación que fisure y de-limite el sistema. De la lectura de Rousset se extrae que el sentido queda oculto en el mismo acto que lo descubre y que, por lo tanto, la estructura se muestra estructura de una ausencia; la estructura de la fuerza que se constituye como lo otro que el lenguaje. ¿No es esta fuerza otro nombre para la retórica? ¿No es una lectura de la fuerza retórica?

Estructurar sociedades como lenguas

La importancia del lenguaje para la cultura, (y de la cultura para el lenguaje), y su presencia en toda clase de discurso, incluyendo el discurso científico, fueron tomados como prueba del ejercicio de un humanismo universal. Uno de los intentos por sacar a la luz esa universalidad fue el de Lévi-Strauss. Es una opinión consensuada que el trabajo de Lévi-Strauss produce un corte fundamental con el periodo pre-estructuralista, que estaba dividido entre los primitivos intentos del positivismo por reducir las humanidades a una rama de las ciencias naturales; y las tentativas irracionalistas de corte romántico que buscaban dejar las ciencias de lado, insistiendo en el carácter subjetivo de la experiencia humana. Su estructuralismo se inscribe junto al de filiación positivista basado en Auguste Conte, pero sin el optimismo contiano, que ve en la historia de la humanidad un progreso por etapas hace la edad positiva. En el campo de la sociología, en gestación a principios del siglo XX, Durkheim es el heredero de esta ambición globalizante, limitando su objeto a la ciencia del hombre. Así, Durkheim inaugura en sociología la era de la sospecha: es uno de los artífices de la transformación de las mentalidades en sospechas. De este modo, la estructura es una entidad omnipresente que el antropólogo debe actualizar. Los símbolos y las imágenes no tienen un sentido eterno, es su posición, determinada en la oposición, lo que determina su sentido, y no a la inversa. Según Lévi-Strauss, el mito es una representación diacrónica (sucesión en el tiempo) de una diacronía (sucesión en el tiempo) de un conjunto de oposiciones sincrónicas (intemporales).

Se ha hablado de tres periodos en la obra de Lévi-Strauss. Un primer periodo de estudios centrado en la aplicación del método estructural al análisis del parentesco: Las estructuras elementales del parentesco y Tristes trópicos; un periodo intermedio de intercambio metodológico: El totemismo en la actualidad, El pensamiento salvaje, Antropología estructural I y II; y un tercer periodo, y último, en el que el análisis estructural es aplicado a los mitos americanos: los cuatro volúmenes de Mitológicas. Inspirada por M. Mauss, la revolución del planteamiento de Lévi-Strauss consiste en desbiologizar el fenómeno, en sacarlo de los esquemas de consanguinidad y etnocéntricos para mostrar el carácter puramente de transacción, de comunicación del mismo. Para ello sitúa las relaciones de parentesco como base primera de la reproducción social. De este modo, la prohibición no es percibida como un hecho puramente negativo sino como un término positivo, creador del hecho cultural. Así pues, entre los miembros del sistema se da una oposición distintiva, semejante a las oposiciones de la lengua. Una de las oposiciones fundamentales y recurrentes en la obra de Lévi-Strauss es la oposición natural-cultural, oposición en la que se encuadra el estudio del incesto. El incesto, por su condición de universalidad, pertenece a lo que se puede llamar lo natural; pero al mismo tiempo, en tanto que es una prohibición, un sistema de normas y proscripciones, es también cultural. Lo que Lévi-Strauss pone en evidencia es que los términos de la oposición se neutralizan, borran su diferencia, y que precisamente eso que escapa a la oposición es lo que se configura como su condición de posibilidad. La operación, el trabajo sobre estos conceptos clásicos del pensamiento debe hacerse mediante la técnica del “Bricoleur”, que consiste en no utilizar elementos ajenos al sistema sino en reutilizarlos. Por ello es que, para seguir hablando del incesto, o del mito, o de cualquier otro concepto relacionado con la diferencia entre cultura y naturaleza, se sigan utilizando estos miembros de la oposición. Porque al hacerlo, se pone de manifiesto el sistema de conceptos del que depende y su jerarquía, que no atiende a lo impensado de la diferencia entre naturaleza y cultura. El gesto consiste, como señala Derrida (1967b), en no salir del sistema metafísico de oposiciones, sino en reutilizarlo, porque no tenemos otro lenguaje que el lenguaje de la metafísica. En este sentido, la técnica del “Bricoleur” sirve, mediante las remarcaciones suplementarias, para prestar oído a lo que se mantiene al margen de la oposición y que nunca es reducible a la estaticidad del sentido. Bien al contrario, lo inatendido de la oposición se muestra como libre juego de suplementariedades, que viene a oponerse al concepto de estructura centrada.

La estructura que limita el juego de las diferencias es una historia del sentido, o sea, una historia cuyo origen o fin tiene la forma de una presencia; una historia de los centros que delimitan y controlan las sustituciones posibles dentro del sistema. Se entiende entonces porqué Derrida afirma que la “historia de la metafísica, como la historia de occidente, sería la historia de esas metáforas y de esas metonimias” de centro a centro (Derrida, 1967b: 410-411.). Detrás de la historia de la metafísica hay una historia de la retórica. Aún es más, si el juego que excede esta historia de occidente se caracteriza por el movimiento de la suplementariedad, por el juego de sustituciones infinitas en la clausura de un conjunto finito –del lenguaje–; si la sobreabundancia del significante, su carácter suplementario, depende, pues, de una finitud, es decir, de una falta que debe ser suplida; habría que admitir, que no nos estamos refiriendo simplemente a la historia de la retórica sino que estos movimientos son la narración de la propia retórica entendida como juego.

[…] se podría mostrar que el concepto de episteme ha reclamado siempre el de istoria, en la medida en que la historia es siempre la unidad de un devenir, como tradición de la verdad o desarrollo de la ciencia orientado hacia la apropiación de la verdad en la presencia y en la presencia a sí, hacia el saber en la consciencia de sí. La historia se ha pensado siempre como el movimiento de una reasunción de la historia, como derivación entre dos presencias. (Derrida, 1963b:425)[20].

Por el contrario, el concepto de retórica, asociado al de juego, designa la fragmentación de toda presencia, siendo el “Bricoleur” una metáfora más dentro de la alegoría de esta historia de la retórica. Así pues, a la noción de estructura centrada correspondería el deseo de una episteme en relación de mímesis con la historia; mientras que el concepto de estructura, tomada en su calidad de juego, desde la estrategia del Bricoleur, correspondería más con la afirmación nietzscheana, con “la afirmación gozosa del juego del mundo y de la inocencia del devenir, la afirmación de un mundo de signos sin falta, sin verdad, sin origen” (Derrida, 1998:400); afirmación, entonces, de la verdad, de la verdad de la estructura como una multitud de metáforas y metonimias en movimiento, de antropomorfismos.

Antropologización de la sintaxis

Justamente, Ricœur en el capítulo dedicado a la transposición del modelo lingüístico a la antropología, dice:

Comprender no consiste en retomar las intenciones de sentido, de reanimarlas por un acto histórico de interpretación que se inscribiría él mismo en una tradición continua; la inteligibilidad se asocia al código de transformaciones que asegura las correspondencias y las homologías entre disposiciones pertenecientes a diferentes niveles de la realidad social […]. Yo caracterizaría en pocas palabras el método: una elección del sintagma contra la semántica. (Ricœur, 1969:44)[21].

¿Cuáles son las consecuencias de esta alternativa? ¿Qué tiene la sintaxis que la semántica descuide? ¿No es la sintaxis una alegoría de la alegoría del lenguaje, como diría De Man? Veamos cómo la sintaxis acaba impregnando la semántica y se deja a la vez impregnar por ésta.

Una de las primeras distinciones de Greimas[22] en la Semántica Estructural es la diferencia ente los femas del significante de los semas del significado, partiendo de la base de que pertenecen a dos planos diferentes. Ello supone que la unidad del significado y del significante es cuestionada, dividida en dos niveles heterogéneos.

La confluencia del significado y del significante, una vez realizada en la comunicación, es entonces destinada a ser disuelta desde el instante en que se la quiere hacer progresar tanto en un plano del lenguaje como en el otro (Greimas, 1976a:31)[23].

La predilección por el antihistoricismo que busca extraer una realidad estructural intemporal[24] y organizadora, mezcla del análisis de mitos de Lévi-Strauss y de los Prolegómenos de Hjelmslev, será uno de los rasgos característicos de la metodología empleada en la Semántica estructural. En este sentido, el desarrollo y adaptación de la teoría de los personajes de Propp al campo semántico, le permite distinguir, a partir de su nivel operacional, los actores de los actantes, para desembocar, de este modo, en un modelo actancial mítico de seis términos, más eficaz que el del Propp de siete personajes. Una de las contribuciones de esta gramática consiste en la transformación de los fenómenos diacrónicos en categorías sincrónicas, aunque eso conlleva una limitación estructural derivada del número total de permutaciones y combinaciones inherentes en el modelo en cuestión. Pero Greimas no se limita a este primer estadio de elaboración teórica, su objetivo está en una segunda etapa de abstracción, deductiva, en la que considera la existencia apriorística de un principio trascendental que organiza los diferentes niveles. Esta aproximación deductiva se define en torno a dos nociones centrales: el cuadro semiótico, que es la unidad elemental de significación y la generación semiótica de los objetos significativos (Dosse, 1992: 265).

Greimas afirma, en la Semántica estructural (1976), que el mundo humano se aparece como el mundo de la significación, es “humano” en la medida en que significa algo. La humanización del mundo consiste en hacerlo significar; resulta algo así como: el lenguaje humano hace humano el mundo porque hace significarle significados humanos. Lo significados son la significaciones recubiertas por los significantes, ambos se presuponen, como el cuerpo y el alma, sin uno no hay otro. No obstante, la significación es independiente de la naturaleza del significante mediante el que se manifiesta, ambos órdenes no deben llegar a mezclarse nunca, y desde luego no tiene nada que ver con las cosas. Referirse a las cosas para explicar los signos sería únicamente un intento de transposición poco menos que de carácter onírico, afirma Greimas (1976a:20). La significación presupone la existencia de una relación entre al menos dos términos, uno por separado no conlleva significación alguna, dicho de otro modo, la significación se da gracias a la diferencia; pero la diferencia pone de manifiesto una doble naturaleza en la significación: es a la es a la vez conjunción y disyunción (Greimas, 1976a:29). Las unidades significativas mínimas se encuentran en esta estructura elemental, no deben considerarse para el estudio los elementos significativos aislados unos de otros. En definitiva, la lengua, para Greimas, no es un sistema de signos, sino una trabazón de estructuras de significación.

Al eje, común denominador de los dos términos, el cual articula la significación, Greimas lo llama eje semántico, y tiene como función la de totalizar las articulaciones que le son inherentes. El eje semántico traduce la sustancia del contenido, siguiendo la dicotomía distinguida por Hjelmslev entre forma del contenido y sustancia del contenido, “la forma es tan significante como la substancia, y es asombroso que esta formulación de Hjelmslev no haya podido encontrar hasta ahora la audiencia que merece” (Greimas, 1976a:40). La sustancia del contenido no debe entenderse como realidad extralingüística, sino como la manifestación lingüística del contenido; quedando constituida la forma, en cambio, por las articulaciones sémicas de la lengua. Por tanto, el objeto de estudio del conjunto significante se divide en dos: el plano sémico, ocupado del plano formal del significado; y el plano semántico, dedicado a la sustancia del contenido.

Una vez definido el objeto de estudio, reglado por una especie de lógica lingüística inmanente, la comunicación se perfila como un acto de selección a partir del cual se escogen ciertas significaciones y se excluyen otras. El contexto es el que determina las variables sémicas que dan cuenta de los cambios de efecto de sentido que se puedan producir. El contexto funciona como un sistema de compatibilidades e incompatibilidades entre las figuras sémicas que lo forman; cuando hay una incompatibilidad, dos núcleos sémicos pueden combinarse con un mismo sema contextual. Por otro lado, cuando en el contexto se presenta más de un núcleo sémico se pone en marcha la manifestación iterativa de uno o de varios semas contextuales, que sirven para la coherencia final del enunciado. Un mensaje, o una secuencia del discurso serán isótopos, formarán una isotopía, sólo cuando posean uno o varios clasemas en común. Este hecho viene a cuestionar la homogeneidad de sentido de cualquier texto o enunciado ya que el descubrimiento de dos isotopías distintas en el mismo relato puede provocar dos lecturas diferentes. Las lecturas isotópicas no remiten a nada más que al interior del texto, por tanto, el movimiento significativo debe considerarse como metalingüístico, o más bien, como puramente lingüístico, en el nivel de los acontecimientos, porque:

el lexema es igualmente un lugar de encuentro histórico. Ello abre la posibilidad de siempre nuevos niveles de combinaciones significantes en el lenguaje que crean la heterogeneidad, y hasta la incoherencia del discurso. En efecto, a pesar de su carácter fijo, el lexema pertenece al orden del evento y se halla, como tal, sometido a la historia (Greimas, 1976:57).

Esta historia recoge los cambios sufridos por el lexema en tanto manifestación y encuentro de otros semas en el tiempo, en el devenir histórico, pero también en el tiempo de las remisiones de un eje semántico a otro, de una isotopía a otra. Lo cual otorga al sistema una especie de automatismo interno que produce una deshumanización de la producción de significados:

Este funcionamiento metalingüístico de un discurso que gira continuamente sobre sí mismo, pasando sucesivamente de uno a otro nivel, hace pensar en el movimiento oscilatorio entre la expansión y la condensación, la definición y la denominación (una máquina para…) (Greimas, 1976a:114).

No debemos tomar como casual el uso de la metáfora de la máquina para describir el funcionamiento de los significados, al contrario, nos viene a decir que la figura que postula este trabajo de la máquina es una figura automática, en el sentido de que no depende de activaciones externas para su puesta en marcha. Este acto metalingüístico corresponde con el acto lingüístico material de la iteración en la différance derridiana. La citacionalidad y la repetición de los términos lingüísticos son la condición de posibilidad de la supervivencia del signo, es más, demuestran que la verdadera condición de existencia del signo consiste en estar permanentemente fuera de contexto, en permanente estado errático.

Al igual que Martinet (1965), Greimas va a mantener la distinción entre las dos articulaciones del lenguaje. Llamará a la primera articulación del plano del contenido, el universo semántico manifiesto, y a la segunda, el universo semántico inmanente. Dentro del universo inmanente, describe dos planos de análisis de contenido: el “nivel semiológico” y el “nivel semántico”. Y como Hjelmslev, Greimas suspende la distinción entre la semántica lingüística y la semiología Saussuriana, y lo hace intentando describir la presuposición de reprocidad entre ‘sustancia’ y ‘forma’.

El nivel semiológico organiza los semas en términos de las invariantes contenidas en los lexemas particulares, mientras que el nivel semántico organiza los semas variables. De este modo, lo semas nucleares se sitúan en el nivel semiológico formando figuras sémicas. Por el contrario, los clasemas pertenecen al nivel semántico y se mueven entre figuras sintácticas más amplias. Los semas nucleares sirven para constituir las figuras sémicas, y se encuentran en el interior de las unidades sintácticas llamadas lexemas; los clasemas, por el contrario, se manifiestan en unidades sintácticas más amplias, que comportan la junción de por lo menos dos lexemas, quedando así definidos por su modo de manifestación en el discurso.

La escuela de Praga entendía –Jakobson es el mejor exponente– que el sentido del lenguaje lo componían sus funciones, lo cual los distingue de la lingüística distribucional de Bloomfield. Bloomfield definía el lenguaje en términos de sucesos en relación con un modelo de estímulo-respuesta. Más que basarse en diferencias significantes, el análisis distribucional se basa en el análisis de la distribución o de la disposición en la corriente del discurso de algunas partes o rasgos relativos a otros. En Greimas, esto es apreciable en el juego de reinscripción en que participan los lexemas en las isotopías, lo cual también, inversamente, lo aleja de los prosupuestos del análisis de Bloomfield que privilegia la descripción de datos empíricos. Si el análisis distribucional busca la identidad en la repetición, la conmutación semántica busca las diferencias en la repetición.

La isotopía de un texto es “la permanencia de una base clasemática jerarquizada” (Greimas, 1976:146), que permite las variaciones de las unidades de manifestación, gracias a que las categorías clasemáticas producen una apertura de paradigmas. De ahí que “la principal dificultad de la lectura consiste en descubrir la isotopía del texto y poder mantenerse en ella” (Greimas, 1976a:151); y para ello, en vez de recurrir a los términos de texto y metatexto, mejor utilizar los de plano manifiesto y plano latente. La verdadera dificultad, sin embargo, radica en que la isotopía es “un carácter formal distintivo de una clase de discursos posibles” (Greimas, 1976a:152), es decir, el discurso es un acontecimiento de sentido en el que las isotopías se manifiestan cada vez que se produce el discurso, o cada vez que se produce la lectura, donde a su vez, la lectura es producto de una determinada sintaxis. Cuando Greimas describe el lexema como un lugar de encuentro histórico también lo describe como el punto de manifestación y de encuentro de semas provenientes, a menudo, de categorías y de sistemas sémicos diferentes, que mantienen entre sí relaciones jerárquicas, es decir, hipotácticas. Pero ¿por qué introducir la sintaxis para hablar de la semántica?

En efecto, la sintaxis, a pesar de esa aparente mezcolanza, asume una función esencial: opera una nueva combinatoria a partir de elementos constitutivos, que serán ahora sememas, una combinatoria que produce mensajes que permiten formular dichos sobre el mundo en número prácticamente infinito. (Greimas, 1976a:179).

Esta sintaxis en tanto que se muestra como combinación, reinscribe, organiza, distribuye los significados y gobierna la lectura de las isotopías. No obstante, esta sintaxis no puede dejar de pensarse desde el lugar que ocupa en el cuadro semiótico, lugar ni marcado ni no marcado.

El cuadro semiótico es una representación de la estructura elemental de la significación mediante una doble relación de disyunción y conjunción. Básicamente se caracteriza por dos rasgos: primero, agota lógicamente las posibilidades de oposición en un esquema que organiza las relaciones combinacionales de estas posibles oposiciones; segundo, inscribe simultáneamente, en su lógica, un componente semántico, que Greimas distingue de la pura sintaxis de las construcciones lógicas o matemáticas. Este segundo rasgo, afirma Schleifer, (1987:26), “contamina la pureza de la sintaxis lógica con sus zonas de enmarañamiento que envuelve la posibilidad de cambio del ‘contenido’ en la estructura”. El proceso inscribe en el cuadro una sucesión temporal que no corresponde ni con la pura contigüidad ni con la implicación lógica, creando así una zona de indeterminación que sirve como contraposición al sistema de oposiciones binarias. En ello radica la fecundidad del cuarto término del cuadro, porque hace reconsiderar las bases que gobiernan la oposición semántica. Lo interesante de este procedimiento es que abre la posibilidad de transformar la descripción estructural estática en un sistema dinámico. Sobre todo, sugiere un término medio, en la oposición, entre implicación lógica y continuidad, entre lógica y gramática. Para Schleifer (1987:34) este tercer término que ni es lógica ni gramática es necesario considerarlo como retórica. La retórica, según este autor, es el hecho constitutivo que diferencia el estructuralismo del post-estructuralismo; en definitiva, según esta afirmación, la ciencia de la unión de morfemas y sistemas. El único reproche que se le puede hacer a esta caracterización de la retórica, que en gran medida seguimos aquí, es que descuida los propios valores retóricos de la realización de cualquier lectura teórica (retórica). Afirmar que existe tal diferencia entre estructuralismo y post-estructuralismo es a su vez una afirmación retórica, por lo que la retórica resulta ser igual a sí misma en su diferencia. Aunque es cierto que Schleifer durante todo el libro no deja de rastrear los términos localizados en la posición indecidible del cuadro semiótico, y aquí es donde reside la gran aportación de su trabajo. A pesar de ello, como Paul de Man ha demostrado, la retórica no está libre de verse logicalizada o retorizada mediante el mismo discurso retórico, por tanto, la diferencia que postula la retórica según Schleifer, habría que pensarla en la posición misma de indeterminabilidad que, con tanta precisión, describe en el cuadro semiótico; de lo contrario, se cae fácilmente en la monumentalización del discurso.

Las relaciones hipotácticas aparecen como la marca de relación entre un número de semas: las funciones, los actantes, los circunstantes, mientras que la actividad metalingüística se define, básicamente, por las relaciones de conjunción. Los esquemas sintácticos se presentan como modelos inmanentes puestos a disposición para organizar los contenidos bajo su forma semémica. Retengamos de momento esto: la situación de inmanencia de la sintaxis en la organización de los contenidos. Un ejemplo de esta organización sería: la suma de un actante (semema, unidad discreta) más un predicado (semema unidad integrada) forma un mensaje semántico. De este modo, el concepto de microuniverso –ya hemos hablando de universos semánticos– se “presenta como un modelo inmanente, constituido, por una parte, por un pequeño número de categorías sémicas captables simultáneamente como una estructura, y capaz de dar cuenta, por otra parte, gracias a sus articulaciones hipotácticas, del contenido manifestado bajo la forma de un texto isótopo” (Greimas, 1976a:194). Por si empezaba a haber alguna duda sobre la clausura de la sintaxis, o sobre la clausura de los significados que una estructura sintáctica pudiera ocasionar, Greimas pasa a ocuparse de los sememas poéticos, en los que los significados multiplican su potencial. Los sememas poéticos, entre los que incluye imágenes, símbolos, sintagmas y definiciones metafóricas se manifiestan como figuras negativas cuyas fronteras no se corresponden con los sememas del plano práctico; es decir, en tanto que figuras los sememas ponen en cuestión el límite entre unidades.

[...]


[1] En lo sucesivo, todas las traducciones serán nuestras en caso de no indicar lo contrario.

[2] Según el autor (1991:115), el estructuralismo murió abruptamente asesinado por un sencillo y mal argumento de Jacques Derrida. Es de destacar el gusto de estos historiadores por las metáforas de la muerte y el asesinato para hablar de la continuidad de procesos.

[3] «L’ambition de la phénoménologie française était d’appuyer une philosophie dialectique de l’histoire sur une phénoménologie du corps et de l’expression. La génération qui se montre active après 1960 dénonce une illusion dans la dialectique et refuse l’approche phénoménologique du langage. L’opposition apparaît donc totale, ou voudrait l’être, entre la doctrine dominante de l’après-guerre et ce qui va bientôt recevoir dans l’opinion le nom de structuralisme ». (Descombes, 1979:93).

[4] Véase la excelente introducción de Patricio Peñalver, “Jacques Derrida: la clausura del saber”, en Jacques Derrida: La voz y el fenómeno, Valencia Pre-textos, 1995.

[5] «Le s’entendre-parler n’est pas l’intériorité d’un dedans clos sur soi, il est l’ouverture irréductible dans le dedans, l’œil et le monde dans la parole. La réduction phénoménologique est une scène». (Derrida, 1967a:96).

[6] Para Josué V. Harari (1979), la principal diferencia entre la empresa estructuralista y la post-estructuralista estriba en el cambio de la problemática que, en un principio, estuvo centrada en el sujeto, para atender ahora a la deconstrucción del concepto de representación. Harari reconoce que estamos ante una doble dificultad, por un lado filosófica, por otro geográfica. No sólo se trata de un problema de delimitación, sino también de los presupuestos epistemológicos comprendidos por ambas.

[7] La importancia de Kant queda contrastada en el siguiente comentario de Frank Lentricchia ( 1980: 40):“Cuando Kant llama a la representación de la imaginación, en su fase estética, una “idea estética”, quiere recordarnos la distinción clave entre ideas y conceptos. Los últimos como “formas”, porque encuentran el contenido “adecuado” en la multiplicidad sensorial y producen las formas cognitivas de la experiencia; las idea como formas de la razón pura (“ideas racionales”) que no pueden llenarse con los datos de la experiencia y que son, desde estas perspectivas, “ficciones”, en el sentido de que no producen ninguna cognición del mundo fenoménico”.

Es destacable la repercusión de esta lectura de Kant para la teoría de la ficción en Estados Unidos, durante los años 50-60. Según Lentricchia, el tema dominante en Frye es la celebración de la libertad estructurada de la mente, potencialmente ilimitada, porque en su fase anagógica, la conciencia poética devora el orden natural de las cosas. En Stevens, el tema dominante es la terca independencia, la libertad final del ser con respecto a la mente; junto con la prioridad de la existencia natural sobre la conciencia. Posteriormente, Frank Kermode identificará mito con estabilidad y ficción con cambio. Dentro de su fingimiento sensorial de las ideas racionales, las concepciones mitológicas de la totalidad metafísica y de la finalidad (Dios, el alma, el número) desembocan en el ficcionalismo que, según Lentricchia, conducen a un sentimiento de culpa en aquellos que se alejan del mundo real prefiriendo las imágenes; ésta sería la culpa existencialista.

Lo que nos parece interesante destacar, es por un lado, que en los Estados Unidos se está trabajando desde un punto de vista muy parecido (Frye al fin y al cabo está operando con estructuras con el nombre de mitos); y por otro, la importancia de esta visión Kantiana de las estructuras, como formas puras. En ellas vemos que el reflejo estructuralista se plasma en el interés por cuestionar nociones como las de referencialidad, signo, o textualidad.

[8] Reproducimos en inglés esta cita porque la traducción desvirtuaría las relaciones significantes que se buscan mostrar. «The essential idea here is replicative (<IE *plek-, “to intertwine”, “plait”) order, the “plan” of something, its secret scheme or plot flattened out in order to emulate Plato and explain by making visible (cf. IE * pla-, “flat”; > G Plato; E “plan”, “plane”, “explain”, “plot” and “flat”). In its most literal sense, it is lines or planes laid down, placed (also IE *pla-) in arrangement (<IE *krengh-, “circle”) of circles, squares, and triangles, a pattern (< IE *pat-, “father”) fathered by an original or source that it copies. As the word “text” itself reminds us, all this is connected with technique (G techne, “manual skill”), with what is skillfully built (cf. G arkitecton, “master builder”), or all that is articulated (<L artus, “joint”), reticulated (<L rete, “net”), connected (IE * nedh- “bind”, “knot”, bound, and regulated (IE * reg-, “set straight > L rex “king”) by the AU, the king of the text, the “au-thor’s” “au-thority”, “au-gust” “au-gury” and “au-gmentation”» (Tyler, 1987:35-36).

El texto platónico, del que parte la idea de matriz, de la cora, teje y configura en una red de relaciones la materia significante, mostrando la accidentalidad esencial que le es connatural. El libre juego de inscripciones es el que configura todo texto como tal. Destaquemos la importancia de la cora como no-lugar para la fundamentación material de la retórica en deconstrucción.

[9] “Here there is no reflexivity between word and world but only a correspondence, a relation between two independent orders of existence, which confounds the texts’ aim to order its representations logically, for correspondence as a mode of representation is ultimately not logical but tropological. Metonymy, metaphor, and synecdoche are the means by which signs substitute for both words and the world. They, not mimesis, are the real modes of representation” (Tyler, 1985:64).

[10] El estructuralismo hace la misma asunción sobre el conocimiento del texto que sobre el efecto del texto en el lector, (Easthope, 1988:32). Por una parte, hay un lector actual del texto, que el estructuralismo presume que puede reconocer las estructuras del texto inmediatamente, transparentemente, casi inmediatamente; por otro lado, está el lector como crítico y científico, un observador separado que permanece fuera de las estructuras del texto, pero superior incluso al lector en su acceso a lo que el texto es realmente. Ambos sujetos –el supuesto lector de novelas y el escritor del análisis– son transcendentales. El estructuralismo, para Easthope, se convierte en post-estructuralismo cuando las estructuras del texto tienen sentido siempre como estructuras en y para un sujeto (lector y crítico). Así pues, el texto del estructuralismo es intransitivo, el del post-estructuralismo es transitivo. La propuesta de Easthope tiene su atractivo, pero se convierte a su vez en lo que denuncia, en una afirmación intransitiva. Y sobre todo la noción de sujeto que maneja juega un papel metonímico que hace confundir tanto el texto con el sujeto, como el estructuralismo con el post-estructuralismo.

[11] El problema está en que las expectativas para desvelar sistemas cerrados de conocimiento convirtieron al estructuralismo en un movimiento con ideologías y eslóganes que no siempre supo reaccionar ante la imposibilidad de recuperar esas estructuras ocultas. (Kurzweil, 1980:229).

[12] “They are structuralists –as in a way we all are– because they accept their existential fate inside language whose mode of being is pitilessly relational; words derive meaning not from any intrinsic value a word carries inside itself but from a double system of metaphor and metonymy that links words to each other and gives the words fleeting intelligibility rather than detached permanence”. (Said, 1972:355).

[13] “[…] sin duda hay que remontarse a emparejamientos como los de significante-significado y sincronía-diacronía para aproximarse a lo que distingue al estructuralismo de otros modos de pensamiento; el primero porque remite al modelo lingüístico, de origen saussuriano, y que al lado de la economía, la lingüística es, en el estado actual de las cosas, la ciencia misma de la estructura; el segundo, de un modo más decisivo, porque parece implicar una cierta revisión de la noción de historia, en la medida en que la idea de sincronía acredita una cierta inmovilización del tiempo, y en que la de diacronía tiende a representar el proceso histórico como una pura sucesión de formas”. (Barthes, 1967:255).

[14]Si atendemos a la formulación de simulacro de Baudrillard (1987) la simulación es infinitamente productiva ya que permite siempre suponer, más allá de su objeto, que el orden y la ley mismos podrían muy bien no ser otra cosa que simulación.

[15] «Ce que les Américains appellent le post-structuralisme est donc déjà là, avant même le reflux du paradigme structural, contemporain de son triomphe puisque Jacques Derrida reprend dans ceux deux publications textes qui remontent jusqu’à 1963…» (1992-II:30).

[16] En los Ensayos críticos (1967:255) dice Barthes en un artículo titulado “La actividad estructuralista”:

“Sin duda hay que remontarse a emparejamientos como los de significante-significado y sincronía-diacronía para aproximarse a lo que distingue al estructuralismo de otros modos de pensamiento; el primero porque remite al modelo lingüístico, de origen saussuriano, y que al lado de la economía, la lingüística es, en el estado actual de las cosas, la ciencia misma de la estructura; el segundo, de un modo más decisivo, porque parece implicar una cierta revisión de la noción de historia, en la medida en que la idea de sincronía acredita una cierta inmovilización del tiempo, y en que la de diacronía tiende a representar el proceso histórico como una pura sucesión de formas”.

[17] No es nuestro propósito delimitar al milímetro lo que cada movimiento comprende, tampoco nos proponemos demostrar la condición de posibilidad de tal tarea. Es probable que lo que quede reflejado a lo largo de estas páginas sea la condición de imposibilidad que rige la posibilidad misma de hablar sobre la teoría, o dicho de otra manera, veremos que los discursos que pretenden regir los periodos estéticos, literarios o políticos están sometidos a la violencia de la materialidad del significante que implica que cualquier aproximación deba pasar por una necesaria alegoría. La Alegoría estructural es precisamente el título de un libro de John Fekete donde se considera que la alegoría del estructuralismo está ahora en su segundo estadio, y que se ha desplazado al modelo dominante ahora llamado post-estructuralismo: “In other words, the structural allegory directs attention to a combinatory dimension (codes, conventions, traces, genealogies) in the formation of objects: it both denaturalizes and demythologizes, on a methodological principle (notwithstanding the new features of dogmatism that accrete to the practical sedimentations of a new tradition). By the virtue of the structural method, the classical intellectual inquiry into the “reality” of “things” is becoming transformed across the range of professional discourse; (…) Post-structuralism is drawn, in spite of its rejection of representation, to the presupposition of a synchronous macrostructure, now characterized as the untranscendable of total domination articulated through the media of power and knowledge (Fekete, 1984:xiii, xvi).

[18] “The meaning of a linguistic unit for an individual, which is the only meaning can be said to exist, is the expression of a history, and so the summation of the individual experience of a series of contexts within which the unit has had meaning for that individual. The unity of that meaning can only be social and historical unity, a shared experience and a shared history in which several individuals have participated […]. The unity of the meaning of the units is therefore the unity of a speech community. Thus the study of linguistic semantics can never be a formal discipline, it can only be as social an historical one, studying the social and historical conditions within which the world is experienced and signified by social subjects”. (Clarke, 1981:182)

[19] Los términos “sincronía” y “diacronía” fueron sacados heuréticamente de la geología.

[20] «On pourrait montrer que le concept d’ epìstémè a toujours appelé celui d’istoria si l’histoire est toujours l’unité d’un devenir, comme tradition de la vérité ou développement de la science orienté vers l’appropriation de la vérité dans la présence et la présence à soi, vers le savoir dans la conscience de soi. L’histoire a toujours été pensée comme le mouvement d’une résumption de l’histoire, dérivation entre deux présences». (Derrida, 1967b:425).

[21] «Comprendre ne consiste pas à reprendre des intentions de sens, à les réanimer par un acte historique d’interprétation qui s’inscrirait lui-même dans une tradition continue; l’intelligibilité s’attache au code de transformations qui assure les correspondances et les homologies entre arrangements appartenant à des niveaux différents de la réalité sociale […]. Je caractériserai d’un mot la méthode: c’est un choix pour le syntagme contre la sémantique». (Ricœur, 1969:44).

[22] En 1966 un equipo de investigación se reúne en torno a Greimas bajo el nombre de sección semio-lingüística del laboratorio de antropología social del EPHE y del Collège de France, están en este equipo Oswald Ducrot, Gérard Genette, Tzvetan Todorov, Julia Kristeva, Christian Metz, Jean-Claude Coquet, o Yves Gentilhomme, entre otros.

[23] «La jonction du signifié et du signifiant, une fois réalisée dans la communication, est donc destinée à être dissoute dès l’instant où l’on veut faire progresser tant soit pour l’analyse de l’un ou de l’autre plan du langage» (Greimas, 1976a:31).

[24] La semántica estructural, apunta Ricœur (1969) se caracteriza, fundamentalmente, por una serie de operaciones metalingüísticas de traducción de un orden de signos a otro, en las que se toma por referencia no las palabras (lexemas) sino las estructuras subyacentes, construidas por las necesidades del análisis. Para este autor, el campo semántico ese organiza en torno al símbolo. Ricœur señala las limitaciones de las oposiciones binarias entre sincronía y diacronía, y propone el símbolo como una tercera dimensión de temporalidad, con la interpretación como un estadio entre la reflexión abstracta y concreta para recuperar el significado (Kurzweil, 1980:103). Ricœur afirma así la condición alegórica del lenguaje, por la cual una expresión, significando una cosa, significa al mismo tiempo otra, sin cesar de significar la primera. De esta manera queda dibujada la función de la hermenéutica que se ocupa de los textos, mientras que la semántica, según este autor, se restringe a las palabras (Ricœur, 1969:65).

Detalles

Páginas
282
Año
2012
ISBN (Ebook)
9783656427292
ISBN (Libro)
9783656437307
Tamaño de fichero
1.5 MB
Idioma
Español
No. de catálogo
v214271
Instituto / Universidad
University of València
Calificación
10
Etiqueta
retórica lecturas

Autor

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Título: Retórica y materialidad de la escritura