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2140. La Rebelión de los Sentidos

Elaboración 2012 207 Páginas

Romanística - Español, literatura, cultura general

Extracto

INDICE

EL NACIMIENTO

LA REBELION DE LOS SENTIDOS

LA RESURRECCION

LA MUERTE

EL NACIMIENTO

El vehículo se detuvo frente a los dos menesterosos. El anciano intentó caminar más aprisa, su reacción fue tardía, al instante comprendió que era inútil y provocador hacia los guardianes de la ciudad, intentar huir. La natural torpeza de su acompañante no los habría llevado muy lejos, ni unos metros más allá del lugar en que sorpresivamente fueron encontrados. El conductor descendió de la camioneta, era un vehículo grande, casi un camión, que alcanzaba altas velocidades en segundos. Con altanería y estudiada violencia sujetó de un brazo al hombre decrépito, sin dientes, quien hizo el intento de retroceder por instinto de defensa. El guardián se extrañó que el joven no corriera, al observarlo con mayor detenimiento cambió su actitud agresiva. Les rogó que entraran por propia voluntad y abrió la puerta trasera del vehículo, con amabilidad pero en alerta,

sujetó del brazo al joven de piel morena y brillante, ahí comprobó su extravío y orfandad mental.

-!No entiende nada, está idiota¡- habló el viejo alzando la voz.
-¿En dónde viven?- interrogó el vigilante con autoridad acostumbrada.
-Dormimos por ahí- fue la respuesta del viejo, al tiempo que se negaba a poner un pie en el estribo del vehículo.

El rostro del octogenario se reflejó en los ojos del visitante, educados a escudriñar en esquinas y ocultos rincones de la ciudad. Por la experiencia del anciano en estas sorpresivas redadas, echó andar su pensamiento y sus palabras para convencer al policía que los dejaran continuar, no eran viciosos ni criminales. Poco a poco bajó el tono, se humilló a las interrogantes miradas cuando se dio cuenta que sus ruegos no eran atendidos.

-¿A qué se dedican? Interrogó el oficial con gesto amable.
-Canto mis poemas a la gente, en las plazas públicas, en los mercados, en las calles. Así sobrevivimos- le informó con premura y sin detenerse en pausas el hombre de cabellos blancos y largos. Segundos después, Miguel, el guardián, insistió ayudándoles a subir.
-Vamos, se ven muy mal, los alimentarán y dormirán en el albergue. El abuelo intentó explicarle que no era necesario, ya saldrían pronto del apuro. En esos lugares de asistencia a los pobres, argumentó, siempre había mucha gente, incluso estaban a punto de partir a la casa de alguno de sus amigos, ellos no darían problemas, era mejor que continuara con su búsqueda-, quiso concluir el anciano en un tono conciliador. -Este muchacho no puede comunicarse, pero yo trabajo para los dos. Remató.

Miguel no escuchó más, aunque la personalidad del anciano le atraía, con amabilidad los subió al vagón, les dijo que los albergues eran para ayudar, que no estarían presos, que no se preocuparan, tan pronto se restablecieran irían a su casa. Además, las inclemencias del tiempo podían presentarse sin avisos, el clima ya no era tan permanente, en pleno verano las noches en ocasiones eran frías y con lluvia, podían enfermar. Enfilaron por la ciudad llena de puentes viales y calles solitarias. En la pantalla del tablero vehicular, Miguel vigilaba los gestos del joven, le sorprendió la satisfacción que reflejaba el rostro del enajenado al escuchar los versos del nómada poeta, a quien la situación no pareció preocuparle demasiado. Miguel no le dio mayor importancia y después de dejarlos en el albergue se dirigió a su casa porque lo esperaban amigos y amigas para celebrar su cumpleaños. Miguel registró la hora y verificó el dato con un gesto rutinario, Eukarya, Mayo 14 - 2140, 17:00 hrs.

Morones lo vio llegar con la culpa reflejada en su rostro. El Dr. Cárdenas era uno de los neurocirujanos más prestigiosos del mundo. Sin embargo, su ego eran tan grande como sus obsesiones. No se detenía por prejuicios y moralinas. Los proyectos que había dirigido, siempre habían sido lo mas avanzado en investigación científica, pero también los más temerarios. Sus conocimientos de la cibernética, la biotecnología y el resultado exitoso de la mayoría de sus delicadas operaciones lo habían colocado como el científico de mayor rango en la prestigiada Clínica Abatón. Estaba dispuesto a convertirse en Director del Instituto de Investigaciones Médicas más importante del mundo y por qué no, después dirigir Abatón, el Consorcio Hospitalario que auspiciaba las investigaciones.

-Pase doctor, tome asiento- lo recibió el hombre de mayor responsabilidad en la empresa médica. Cárdenas sabía que le esperaba una regañifa. Paciente esperó la perorata.

-¿Sabe usted la razón por la cual lo mandé llamar?
-Sí doctor, lo sospecho- respondió con altivez y alzando la voz para demostrar que fueron sus convicciones y no negligencia o un error imperdonable, lo que le había costado la vida a una mujer.
-¡No respetó la regla número uno de este lugar!- gritó con gesto duro y apretando la mandíbula el Dr. Morones.
-La paciente de todas maneras iba a morir- se defendió Cárdenas.
-¡Pero usted hizo que se le paralizara el corazón para probar su fármaco de recuperación instantánea y no era precisamente una enferma a su cuidado!- furioso se levantó de la silla, sin controlar su iracundia, el jefe del Centro Médico. Empresa que había surgido en Eukarya, pero que tenía Áreas de Investigación y Hospitales en todo el mundo.
-La mujer estaba condenada a morir en la silla eléctrica, que importa que muriera aquí y no al siguiente día, recuerde que asesinó a toda su familia, no me diga que...
-Me importa un comino la historia criminal de esa mujer- lo interrumpió alzando la voz, cosa que no hacía con frecuencia -estamos hablando de la ética médica, de la salud de los seres humanos y de nuestra profesión, y me revienta el hígado que eche mano de ese convenio jurídico de condenados a muerte con nuestra tarea. Nosotros estamos para salvar vidas, no para terminarlas.
-La mujer firmó, su voluntad de cooperar con la ciencia fue explícita y por eso las autoridades penitenciarias nos la enviaron...
-¡Sí, sí, para sus experimentos! ¡eso ya lo sé! no me lo recuerde. Su invento de recuperación post mortem es una estupidez, si se hace público todos iremos a la cárcel por criminales.
-No exagere Doctor, volveré a experimentar de nuevo con otros animales, con estructura más parecida a la nuestra, haré algunos cambios en las fórmulas y en la próxima podremos tener éxito.
-No habrá próxima, Doctor Cárdenas- respondió más sosegado Morones al momento de sentarse detrás del escritorio y repitió. -No habrá próxima vez, el RI001 ya fue suspendido de las listas de fármacos a prueba, está prohibido por las autoridades médicas de Eukarya. Esa era la verdadera razón para hablar con usted, puede retirarse.

El Dr. Morones hizo un gesto que quiso imitar un saludo para despedir al científico, hundió su inmenso cuerpo moreno en el sillón giratorio, abarcó con sus ojos diminutos la vastedad de problemas que cada papel de su escritorio reportaba, habló a la máquina personal y aquella en segundos encontró el archivo indicado, "Conferencia en Tokio sobre la inoculación biogenética para terminar con la malaria en las selvas tropicales, Junio 24".

Cárdenas no pudo decir nada y segundos después cruzó la puerta sin agregar palabras. Morones escuchó el "gracias, doctor", como un susurro.

Con el ánimo alterado, Cárdenas, sin mirar a nadie, cruzó con paso rápido varios pabellones y áreas de investigación. Casi se topó de frente con Bárbara, que venía del laboratorio del Dr. Chargaff.

-¿Sabes algo?, ¿Algún indicio?, ¿De quién se trata realmente?- preguntó con ansiedad el Dr. Cárdenas a la nerviosa mujer.
-No, aún no he logrado descubrir nada, es un tipo raro, casi no quiere hablar, quizá en la próxima... Cárdenas la interrumpió con un gesto de coraje y continuó su camino rumbo al área de informática, balbuceando, -Yo lo descubriré y muy pronto-. Bárbara esperó que desapareciera de su vista, y con pasos rápidos llegó al laboratorio de Chargaff. -Vete inmediatamente, por favor, no permanezcas un minuto más aquí, si te descubre Cárdenas te matará-. El Dr. Chargaff estaba terminando de copiar archivos en una memoria personal, ya esperaba a Bárbara de un momento a otro, incluso había decidido irse sin buscarla más, le dio un beso apresurado en la boca, sintió su angustia y salió llevando consigo un maletín repleto de información confidencial.

Ana se tapó la boca para no gritar. La escena era impresionante, el llanto brotó instantáneo, el médico la sujetó para evitar su caída. Después de unos pasos tambaleantes escondió la cara entre sus manos. A través del cristal alcanzó a verlo, carbonizado, abierto de pies y manos. El médico le explicó que sólo un milagro podría salvarle la vida, la piel había sido destruída por el fuego. La única alternativa era internarlo en la Clínica Experimental, ubicada en el área urbana dedicada a la salud de los habitantes de Eukarya. Ana escuchaba con una angustia que no podía ocultar la inminente y casi segura muerte de Miguel. En su desperación culpaba a los médicos por su ignorancia e ineptitud, por su lenta aplicación de cuidados para salvarlo. En segundos pasaba del coraje a la comprensión; los enigmas de la medicina, las razones de los profesionales en atender el dolor y encontrar la cura. Pero le aterraba la posibilidad de la muerte. La frase " casi no podemos hacer nada" le parecía cobarde y dolorosa. Se recuperó un poco cuando esbozaron una última posibilidad de salvar su vida, aunque no garantizaban que fuera por mucho tiempo, tal vez unos días, unas semanas quizás, si esto sucede habremos ganado la batalla, le dijeron. Con mayor paciencia escuchó los detalles quirúrgicos y se aferró a la esperanza. No muy convencida aceptó el traslado inmediato, sabía que a ese lugar llegaban los desahuciados, pero no podía resignarse a verlo morir sin el último intento.

Para la ciencia no hay límites, rezaba el lema de la clínica a donde llevaron a Miguel Barrientos. Un edificio alejado de la ciudad, con muchos departamentos y pasillos. Hospital que se había convertido en un centro médico odiado, puesto que ahí eran internados aquellos enfermos sin alternativa. Sin embargo, cuando la muerte era inminente, casi segura, los familiares siempre terminaban por aceptar que a sus enfermos los llevaran ahí, algunos vivían más tiempo, la mayoría moría en el intento. Todos sabían en Eukarya que en Abatón se llevaban a cabo experimentos nunca realizados, se probaban nuevos fármacos, se diseñaban insólitos tratamientos y se experimentaba con la medicina más moderna de la época. La ciencia médica había desarrollado en los primeros treinta años del siglo adelantos extraordinarios en genética, biogenética y sobre todo en implantes neurológicos. El gobierno y la sociedad de Eukarya estaban orgullosos de la bien ganada fama en todo el mundo.

A la esposa de Miguel Barrientos le llamó la atención lo solitario del lugar y las puertas de los consultorios cerradas, uno que otro médico en los pasillos. Estaba claro que ese lugar no era una clínica común, sino un centro de especialidades médicas, en donde la inteligencia artificial era el instrumento quirúrgico de mayor uso, además de que los cirujanos especialistas provenían de todas las áreas más avanzadas del mundo. Sospechaba que si ahí no encontraban la forma de salvar a su querido cónyuge, no existía en todo el planeta el cuerpo médico capaz de hacerlo. Se tranquilizó al recordar que los tratamientos modernos en la piel se habían iniciado desde los últimos años del siglo veinte. La existencia de insecticidas, plaguicidas, herbicidas, y un volumen inmenso de desechos químicos, además del uso discreto de armas bacteriológicas, habían inducido a la comunidad científica internacional, a realizar investigaciones con nuevos medicamentos para curar los males en la cutícula de los seres humanos. Se había avanzado mucho desde entonces.

La atribulada mujer consiguió algo de tranquilidad cuando los días fueron pasando y no le daban la noticia de la muerte de Miguel. La visita hospitalaria se convirtió en una actividad más de sus tareas acostumbradas. Lo veía a través del cristal, cubierto de vendas, día a día platicaba con ese cuerpo oculto, sin movimiento. No escuchaba las explicaciones médicas sobre el sistema tegumentario, tampoco las funciones destruídas. -La piel es receptora de sensaciones táctiles, térmicas y dolorosas- le decían. Comprendía menos aún acerca de los componentes arrasados por el calor, dermis y epidermis, glándulas sudoríparas, sebáceas, uñas, pelos. Sólo veía la inmovilidad de aquel cuerpo, al que conocía casi como al propio. Su nostalgia crecía más aprisa que la ausencia de Miguel, esto provocaba días y noches interminables, madrugadas frías y solitarias.

Un mes después del accidente, Ana atisbó a través de las vendas los empequeñecidos ojos de su marido, su cuerpo embalsamado le recordó sin proponérselo, a las momias egipcias, la creencia en la inmortalidad del alma y la resurrección del cuerpo que aquella antiquísma práctica tenía. La mirada sin pestañas le llegó al sentimiento y reprimió el grito. Intuía que la única comunicación de Miguel con el mundo eran sus ojos negros y no permitiría que la amargura entrara a través de la retina al resto de su cuerpo. Aprendió a verlo sin llorar, conversando con una tranquilidad que estaba lejos de sentir.

-No te preocupes por nada, sólo concéntrate en tu recuperación, yo hablaré y tú escucharás. Es necesario que te mantengas despierto, con deseos de vivir. Todo va bien, tu cuerpo está respondiendo al tratamiento y hay entusiasmo en los médicos.

Así, durante semanas platicó con él, sobre muchas cosas, incluso, algunas que nunca antes mencionaba por intrascendentes. En todas esas tardes y noches de visitas hospitalarias, le hablaba sobre los vaivenes de su oficio, las charlas con sus amigas y amigos, sus adelantos en las investigaciones históricas sobre razas ya desaparecidas, de los noticieros que daban cuenta de los descubrimientos espaciales, de las competencias deportivas, de las preguntas de sus compañeros de trabajo, de su abstinencia sexual para entregarle todo lo que su cuerpo tenía cuando volviera a casa. Entre bromas conversó con él sobre las creencias mágicas de las culturas precolombinas. -Por las dudas- le contaba, -ya encontré la representación de Xipe-Tótec, Nuestro Señor el Desollado, que era el dios que protegía la piel de acuerdo con la cultura Náhualt, y la puse en la cabecera de tu cama. Miguel reía internamente, debajo de las vendas su rostro no mostraba gesto alguno, pero ella sabía que la escuchaba.

Una mañana, sorprendida y entusiasmada lo encontró con unas mejillas pálidas y orejas diminutas, le habían quitado las vendas que le cubrían la cabeza y el rostro, le permitieron por minutos entrar al aislado cuarto de recuperación. Intentó tímidamente acariciarle, pero se contuvo antes que sus dedos rozaran la cabeza sin pelo y el mentón sin barba. Los ojos de Barrientos la descubrieron y ella sonrió, temía hablar en voz alta, los sonidos de su garganta podían lastimarlo. Ana no pudo evitar la salida de una lágrima, él hizo un gesto que ella interpretó como una súplica para que no llorara. Miguel cerró los ojos, su mujer salió con un llanto ahogado y silencioso.

Día tras día, la cáscara del hombre ganaba espacio y las vendas permitían ver el cuello, después los hombros, más tarde las tetillas. Cuando las manos y el abdomen aparecieron, Ana se atrevió a hablarle sin susurros, él abrió los ojos e indicaron que había entendimiento. Ella escuchó con expectación sus primeras palabras, apenas audibles.

-¿Que sucedió?, ¿en dónde me encuentro?-, preguntó con el talante de quien se despierta una mañana cualquiera y no recordara lo que hizo la noche anterior. Ella relató la fiesta de su cumpleaños y la decisión de llevar a una amiga que se negó a dormir en casa. -Estabas muy bebido, te emborrachaste-, dijo con suavidad y sonriente, -te saliste de la carretera, el auto dio varias vueltas, te encontraron cubriendo con tu cuerpo el de ella, las llamas no la alcanzaron y sufrió algunos golpes y quemaduras no muy graves... Ana no continuó con el relato, se acercó lentamente y rozó sus labios sin color. -Dicen los médicos que el resto de las vendas te las quitarán paulatinamente.

Cinco meses después del accidente, Ana se asustó al verlo de pie, mirándola. -Aquí estoy,- dijo con una sonrisa amplia, se abrazaron y sus labios se reconocieron. Abandonaron las instalaciones hospitalarias y llegaron al departamento de él. Eran una pareja moderna, de acuerdo con la época, en donde cada cónyuge conservaba su autonomía, empezando por su propio hogar. Miguel había nacido en el mes de Septiembre, al iniciar el segundo siglo del tercer milenio, Ana diez años después.

Con un baile que semejaba una rutina dancística de hombres actuando en un bar para mujeres, lanzó lejos la camisa, el pantalón y su ropa interior, deslumbrándola con su cuerpo renovado, el color de aquel organismo era diferente al que ella recordaba, aunque la representación del David era una figura fea comparada con el macho que ahora estaba frente a ella, la palidez extrema la horrorizó pero contuvo esa sensación.

Cuando descubrieron por primera vez su rostro, meses antes, cayó en la cuenta de esa diferencia, aunque entonces lo atribuyó a una consecuencia lógica de la debilidad. Ahora lo veía con una mezcla de temor y admiración. Lo observó con detenimiento, intrigada. Con las yemas de sus trémulos dedos fue recorriendo sus hombros, la espalda, las costillas, el abdomen, la cintura, las piernas, no tenía un solo vello, ni cicatrices, ni arrugas, descubrió la falta de calidez y frescura. -No es la piel de siempre, por aquí no han pasado cuarenta años, es una fina figura de moderno alfarero-, pensó sin atreverse a revelarlo. Aún así, disfrutó su aliento y el sonido de su voz.

Al otro día la despertó el ruido de la regadera y antes que el tiempo terminara y en forma automática el agua ya no saliera, lo alcanzó. Mientras lo enjabonaba por la espalda, sus felices ojos negros observaron que el líquido resbalaba como por una superficie plana, no retenía los arroyos cristalinos, en ese pellejo no se detenían las gotas de agua, no hizo caso de su propia observación y de su boca no salieron las preguntas.

Las semanas pasaron con la inercia de sus actividades, ella intentando explicar el desarrollo histórico de las razas en épocas remotas y él, recorriendo la ciudad para distribuir en asilos y orfanatorios a los abandonados por la modernidad, enfermos sin atención, miserables sin futuro, o simplemente vagos y viciosos candidatos a la morgue. Su preocupación central era el pago de la deuda contraída con la Clínica, puesto que el seguro médico no cubría totalmente los gastos.

Cuando los dos se acostumbraban a la ausencia de pelo en los lugares de siempre y a la palidez como un nuevo color que sustituyó la brillantez morena, Miguel descubrió una erupción en una de sus rodillas, no salía sangre, sino una sustancia grisácea y gruesa como el aceite. Fue al consultorio y en dos horas salió sin vestigios de alguna desgarradura, no quiso contarlo a sus amigos y menos aún a Ana. Tres días después ella lo despertó gritando, le señalaba las articulaciones en los dedos, codos, hombros; tenía la piel abierta, dejando ver una pasta gris. -No te inquietes-, la tranquilizó, -iré a la clínica y el problema se resolverá pronto.

Se sometió algunas horas a las mágicas operaciones médicas y por la noche regresó con una piel reluciente, como si llegara de un día asoleado en el Caribe. Lo tocó con timidez, casi con espanto, ante la posibilidad de que el cuero se abriera ante sus ojos. -Te cambiaron el color de la piel-, susurró despacio, hablando para sí. Miguel respondió que le había reclamado al médico su permanente palidez y él, animado, lo sometió a un baño con aceites. -Me sumergió hasta el cuello en una tina con un líquido especial. Antes, el Dr. Cárdenas me preguntó divertido.

-¿Te gusta algún color en particular?, ¿tal vez el azul?, ¿o el verde?
-Quiero ser como antes, moreno- le respondí. -Eso tiene solución-, me atajó con una sonrisa.
-Cubrió mi rostro con un máscara acuosa, pidió que cerrara los ojos y conectó unos tubos para que respirara. Al salir, ante el espejo no creía lo que veía, antes de despedirme informó que el color tenía una duración de seis meses, que volviera para repetir la operación. A la mujer de Miguel el relato no le sonó tan jocoso, pero no quiso preguntar más. La súplica de "ráscame la espalda" no la volvió a escuchar jamás y esa caricia se borró de su memoria para siempre. Una mañana no fue a la regadera junto con él, esperó que el tiempo terminara y programó de nuevo la salida del fluído para unos minutos más tarde. Como en todos los departamentos del área residencial de los empleados públicos de Eukarya, la cantidad de agua suministrada estaba en función de las específicas necesidades de sus habitantes, controlada por medio de sofistificados mecanismos computarizados. Esa mañana, Miguel se vistió en silencio y pensativo caminó rumbo a la camioneta cerrada, en busca de menesterosos. Ana lo despidió con un beso rutinario y un adiós interrogante y pensativo.

El empleado municipal salió al sol matutino, ahí reflexionó que por primera vez, los rayos solares no le molestaban, la superficie de su cuerpo era como si estuviera forrado con una película plástica intangible. Interrumpió sus pensamientos cuando en el cada vez más abandonado centro de la ciudad distinguió a dos jovenzuelos hurgando en la basura de la ropa; aquellos, al ver el vehículo municipal, corrieron con rapidez. Miguel hizo maniobras y los alcanzó, con una red los atrapó, como a los peces. Reflexionó sobre lo absurdo de aquella huida, en el mismo instante encontró la justificación ante aquel comportamiento. -Estos muchachos quieren libertad, no comida. Los entregó en el albergue de la zona. -¿Qué raro?- se interrogó en el camino hacia otra de las calles en donde había vagos y malvivientes -siempre hay camas disponibles.

Antes de salir del departamento, Ana revisó el rasurador y el polvillo reveló su falta de uso, cayó en la cuenta que no había escuchado el ruido singular del rastrillo eléctrico desde hacía mucho tiempo, sabía que Miguel no usaba los aceites ni cremas rasuradoras, no le gustaban, -sigo siendo un anticuado en muchas cosas- decía. Con curiosidad olfateó la ropa interior usada, como lo habría hecho cualquier detective del siglos pasados, no había olores y estaba tan pulcra como si recién la hubiera sacado del lavatorio automático. Pasó su lengua, como saboreando un helado, comprobó lo insípido que imaginó antes de hacer la prueba, puesto que las caricias más íntimas así la habían advertido.

En Eukarya, las amplias banquetas invitaban a caminar, sin embargo, su lugar de trabajo estaba en la zona exclusiva para los científicos de las ciencias sociales, oficios casi en extinción. Por ello, abordó su pequeño auto electrónico y pensando sobre la limpieza permanente en el cuerpo de su marido, se dirigió al Centro de Investigaciones Antropológicas.

Esa noche, por cansancio y necesidad de relajamiento, o tal vez para hacer comparaciones, Ana visitó a su más íntima amiga y la invitó a los baños de vapor. Observó la desnudez, sobre todo el color de piel de los hombres y mujeres que ahí transpiraban por la acción del candente clima. Las gotas se deslizaban una detrás de otra hasta caer al suelo, desprendiéndose de la nariz o de los dedos de las manos, algunas detenidas en los hombros, otras arremolinándose en los estómagos abultados, en los senos, cayendo rápidamente por las piernas. Alcanzó a olfatear el olor de los cuerpos, mirar los vellos, las axilas, los burdos dedos de los pies, las uñas, el cuello, las nalgas, todo brillaba con esa naturaleza viva. Cuando abandonaron los baños públicos, Ana no encontraba las razones de las diferencias entre aquellos cuerpos y el de su consorte; la tonalidad de la piel era diferente, la tersura, los matices, todos mostraban alguna cicatriz en los brazos, en la espalda, en algún lugar tenían moretones o pequeñas arrugas, lunares, la piel de Miguel era lisa como una hoja de acero.

-A veces me siento en los brazos de un robot- le contaba Ana a Miroslava -no logro acostumbrarme a la falta de sudor. Y Miroslava que sabía la historia de Miguel, le respondía comprensiva. -Bueno es normal, casi lo hicieron de nuevo, es un milagro que viviera, qué importa que algunas cosas no sean como antes, que sea diferente a los hombres que hemos visto hoy, al fin y al cabo, tú eres la única que lo puedes notar, el resto de la gente no advierte las diferencias, realmente fue maravilloso lo que hicieron con su piel. Ana agradeció las palabras de su amiga y llegó a su casa con el pensamiento en el cuerpo de Miguel, y sus transformaciones.

Miguel la encontró acostada en la cama y escuchando los resúmenes de algunos libros de historia del hombre, ella se quitó los audífonos y aquél le informó de su última visita a la Clínica, !ya tenía calor en el cuerpo¡ Desde el lecho vio su rostro y recordó, sin motivo aparente, los viejos sistemas de limpieza facial, en donde hombres y mujeres se sometían al influjo de plastas de lodo y otras prácticas que recordaban a los alquimistas precursores de los modernos cosméticos. Miguel se desnudó exhibiendo orgulloso sus largos brazos, sin el vientre un poco abultado de antes, los músculos se le dibujaban como a un consumado deportista. Los ojos de la mujer se toparon con los del hombre, se levantó y fue directamente al encuentro, lo sintió cálido. Una hora después, con la satisfacción en su cuerpo y en el alma, paladeó en su oído. -Ya sabemos que vuelve a correr la vida por tus venas, pero creo que no sólo te cambiaron la piel, sino, uno que otro músculo. Una mueca que intentaba ser sonrisa se dibujó en el rostro de Barrientos.

Por la mañana, la frialdad de las piernas entrelazadas la despertó, con facilidad se desprendió del abrazo, alzó la mano de su marido, al soltarla, la sintió como un muñeco de trapo sobre la almohada; también le llamó la atención el poco peso de sus muslos, intrigada, observó detenidamente la espalda y hurgó debajo del cabello, desprendió un pelo que estaba encrespado y el dormido ni se inmutó, ahí encontró un hilillo casi invisible que explicaba la cirugía. -En otros lugares del cuerpo tendrá más- pensó. Sintió un escalofrío cuando asoció a su amante con la vieja novela de Frankestein. Miguel abrió los ojos al sentir una caricia y un susurro en el oído, se despidieron con un beso. Ana nuevamente observó que los gestos de Miguel no se correspondían con las palabras cariñosas que le deseaban un agradable día. -Algo pasa con su rostro, tal vez con todo- reflexionó en el camino a su trabajo-, pero aún no encuentro la razón, está claro que sonríe cuando sus palabras son de coraje, y en la alegría, el rictus de su cara no se corresponde con la dicha.

Esa primavera del 2141, no había tantos vagabundos en las calles como en el invierno anterior, pensaba Miguel mientras recorría los barrios de marginados. Sonrió al recordar al anciano poeta y se sorprendió cuando extrañó la presencia del joven autista. Se dirigió al hospicio en donde los había dejado. Iba a entregar a una anciana a quien le quedaba poco tiempo de vida y aprovechó para preguntar, pero no supieron informarle de aquellos dos, no los recordaban, tal vez estarían en otro albergue, o por ahí, abandonados como tantos otros. Ante el volante evocó fragmentos de algunos versos que escuchó del viejo poeta: la vida es un viaje, la muerte es un retorno a la tierra, el universo es como una posada, los años que pasan son como el polvo… Por instantes el letrero luminoso distrajo su atención, era nuevo, se anunciaban lugares de ensueño a unas pocas horas, las imágenes de arena y mar en islas lejanas se alojaron en su interior y abandonó las preocupaciones. Se olvidó de una búsqueda que no lo inquietaba.

Eukaria, Abril del 2135

El Dr. Estrada apretaba las manos y recibía los abrazos de sus compañeros de generación, cirujanos expertos en heridos y mutilados de guerra. Con cariño incontrolable abrazaba el entusiasmo de Bárbara. Se había recibido con los más altos honores académicos del Instituto de Investigaciones Médicas de Eukarya, el más adelantado del mundo, y que era el centro de Investigación y desarrollo de la Clínica Abatón.

Su especialidad, ahora coronada con el reconocimiento de maestros prestigiosos y con títulos académicos, estaba centrada en la medicina de guerra. Heridos, mutilados, quemados con explosivos, inválidos, víctimas de contaminación radioactiva; todos, hombres y mujeres, ansiosos de volver a caminar, asir, sentarse, ver, hablar. La rapidez en la atención, la sustitución y recuperación de las partes del organismo dañadas, la invención de medicamentos mediante compuestos biológicos y químicos fueron sus preocupaciones centrales. La tesis profesional se había basado en la búsqueda de fármacos para contrarrestar los efectos que, después de veinte años, continuaban apareciendo entre la población afectada por los bombardeos de fines de siglo XXI en el medio oriente: sordera, invidencia, mutilaciones, escoriaciones en la piel, locura, y mas patologías producto de guerras con armas bacteriológicas y tradicionales.

Después se había sumergido en un mundo de información sobre los experimentos para sustituir cada una de las partes del cuerpo humano. Tarea de médicos que admiró por humanitaria. No era posible que, ya iniciado el segundo siglo del tercer milenio, el hombre fuera incapaz de proveer de mecanismos de locomoción perfecta y sin estorbos a los inválidos por accidente o guerra; a los ciegos permitirles ver las maravillas de la tierra; a los sordos escuchar y a los mudos hablar.

El uso del láser, la robotización, la biotecnología, la ingeniería genética, los sistemas quirúrgicos y la cibernética habían avanzado lo suficiente como para hacer que los cojos caminaran perfectamente, después de una intervención médica parecida a la extracción de una muela y su sustitución por un empaste.

Se había recibido como médico el 7 de febrero del 2125; ahora, diez años después, con treinta y cuatro años de edad, entraba de lleno al mundo de la investigación utilizando los avances electrónicos y el desarrollo de la ciencia médica en América, Japón y los países bajos. Su meta era ingresar a la Clínica Abatón, lo más avanzado en medicina de guerra y en muchas otras especialidades médicas. Lo consiguió sin mucho esfuerzo, dado el prestigio adquirido.

Corría a una velocidad superior a los cien kilómetros por hora. En el gimnasio del reclusorio destacaba por su inagotable condición física. Había ganado todas las competencias de velocidad en el mundo, pero se hundió en el desprecio social cuando descubrieron que era el asesino de un adolescente deportista que lo admiraba. Se justificaba con un vulgar y antiguo prejuicio, arguía que no le gustaban los maricones. -Es un psicópata, un enfermo, merecido lo tiene-, repetía el Director de la cárcel, cada vez que algún periodista indagaba sobre su próxima ejecución.

Lo condenaron a muerte y sólo esperaba que la sentencia se cumpliera. Recostado en el camastro de su celda, escuchó un llamado que llegaba de algún lado, de la fosforescencia en el techo, de un emisor oculto en la pared, o del aire mismo que penetraba por las rejillas del clima artificial. Le informaron que le tocaba revisión médica de rutina. -Estoy más sano que cualquiera de los encerrados en este lugar, incluidos los guardias-, respondió al vacío. -Reglas son reglas - escupieron más allá de su celda. La puerta se deslizó en ese instante y aparecieron dos hombres fuertemente armados. -Por aquí señor, por favor- escuchó las indicaciones del guardia uniformado, con tanta cortesía que hasta le pareció sospechosa o burlona, sobre todo cuando le indicaron que trajera consigo sus pertenencias. La celda fue ocupada minutos después por un criminal de origen anglosajón con extraños tatuajes en todo su cuerpo.

Miguel y Ana habían superado la ausencia de olores y sudores, además de la frialdad permanente de la piel. Él se negaba a visitar la Clínica para inyecciones de calor y ella abrazaba a ese cuerpo frío resignada a la imposibilidad de transmitirle sensaciones mediante las caricias, así fueran amorosamente violentas, como los pellizcos y las mordidas. Sólo quedaban señales sin color, como los muñecos de hule que los niños y jóvenes utilizaban para practicar boxeo, se hundían un poco con el golpe, y en segundos la superficie volvía a su estado original. La piel de Miguel se recuperaba instántaneamente, sus quejas a aquellas caricias eran, para Ana, sólo una falsa e hipócrita respuesta. Las únicas partes con mayor sensibilidad eran su lengua y sus labios. La primera porque no fue tocada por el fuego. Los labios fueron objeto de un esmerado trabajo quirúrgico por la importancia estética y la necesidad de recuperar las funciones gustativas. La preocupación resurgió cuando una fría mañana la taza de café cayó de sus manos. -¿Que pasó?,- contrariada interrogó Ana, -No lo sé, de improviso perdí la fuerza,- respondió moviendo los dedos. Lo atribuyeron al extremoso clima de aquel invierno, aunque la calefacción del reducido departamento los aislara de la baja temperatura citadina. Casi se olvidaron del incidente, hasta que una tarde Miguel se desplomó mientras caminaba en el parque artificial cercano a la unidad habitacional donde vivía.

-Las piernas me fallaron -, y agregó, -tendré que ir a la Clínica. -¿Por qué no intentas con otros médicos, otras clínicas?- advirtió Ana, olvidando que una de las cláusulas del contrato que firmó, cuando llevaron a Miguel por primera vez, era que sólo ellos, los médicos del Consorcio Abatón, podían atenderlo; sin embargo, el propio Miguel le recordó. -No olvides que también firmé el convenio de exclusividad con la Clínica,- y con un gesto incomprensible dio por terminado lo que parecía ser un nuevo capítulo de discusiones.

-Artrosis- dijo en segundos el doctor Cárdenas al escuchar a Barrientos y agregó para sosegar los ojos abiertos e interrogantes del paciente. -Es la falta de líquido sinovial, algo tan simple como la gripe. Acto seguido extendió una orden por escrito al laboratorio de la clínica. -Son medicamentos con hidroxiapatita de calcio que detendrán la degeneración de los huesos, sobre todo en las articulaciones. Con una sonrisa y palmeándolo amistosamente, como a un viejo amigo que se preocupa por nada despidió a su atribulado paciente.

Miguel Barrientos continuó con su cotidiana tarea. Si Cárdenas dice que no es nada, así será, se tranquilizó, confiando ciegamente en su médico que le había salvado la vida. Sabía que habían sido muchos los galenos que intevinieron, pero Cárdenas era el jefe de todas las especialidades y responsable directo del área de transplantes. Al continuar con su trabajo, poco después del amanecer, recibió indicaciones de sus superiores, se dirigía a un sector peligroso de la ciudad. Cada rincón de la urbe estaba

monitoreado y vigilado desde oficinas policiacas. Él mismo en su pantalla, después de un clic, recibía indicaciones, y se dibujaban las rutas y los lugares con información sobre la presencia de personas y armas. Miguel se encaminó rumbo a uno de los puentes viales más largos de la ciudad. Cuando llegó al lugar estaban tres vehículos del municipio y seis empleados subiendo a golpes a varios hombres.

-¿Por qué los maltratan?- reclamó angustiado y sorprendido. -Se resistían-, contestó el más corpulento y agresivo de los guardianes, agregando con gestos de coraje, -estaban jugando cartas y otras suertes prohibidas. Alcanzó a ver la sangre en la frente de uno de los más jóvenes, sus miradas se cruzaron y Miguel comprendió en ese instante, que aquellos ojos verdes, incrédulos y temerosos no los olvidaría nunca.

Aún pensativo, en el camino a su casa, en una de las grandes avenidas alcanzó a ver, casi sin proponérselo, el noticiero público, un letrero luminoso que anunciaba el regreso de los cosmonautas que tenían treinta días en Saturno.

Ana no mostró entusiasmo al escuchar hablar a Miguel sobre la visita a la clínica y la respuesta del médico. -La medicina oriental, entre ellas la acupuntura, ha tenido avances extraordinarios en este siglo, existen excelentes especialistas y clínicas, no lo mencionaremos simplemente, no pueden darse cuenta. Habló en voz alta mientras con un instrumento moderno, una especie de pistola, llenaba de calor, puesto que sólo eso necesitaban los platillos de la cena, insistiendo que su marido fuera atendido por otros especialistas. El comentario fue ignorado y cenaron en silencio. Esa noche, la mujer extrañó el abrazo fuerte de su hombre y en su insomnio recordó el día del accidente y la primera vez que le permitieron verlo después de varios meses. "Realmente fue un milagro que sobreviviera, no sé si fue magia o ciencia, pero volvió a nacer" se resignó. Se abrazó a su espalda sin peso específico, lo sintió como una almohada que va perdiendo su dureza con el uso. Lo besó cariñosamente antes de dormir.

Cayó muchas veces más, hasta que comprendió que los medicamentos no habían funcionado. -Las prótesis biológicas en las rodillas, los hombros y caderas, en base a ácido hialurónico, no han sido suficientes para restablecer la lubricación y amortiguación articulatoria- le informó el Dr. Cárdenas cuando aquél relató sus calamidades de locomoción. Lo programaron para medirse la prótesis metálica que lo ayudaría a caminar y los aparatos electrónicos para que dedos, manos y pies pudieran moverse, flexionar rodillas y codos, asimismo tener movimiento en el cuello. Con la columna vertebral no podían hacer nada, a menos que se cambiara todo el sistema óseo. El mecanismo que le habían incrustado en su cuerpo para estimular electrónicamente los músculos, había fallado.

Ana y Miguel se habían negado a un nuevo transplante, con la piel había sido suficiente. Salieron del hospital cuando los ejercicios indicaron que podía caminar con ayuda de las muletas electrónicas aferradas a sus piernas. Los bastones sirvieron para los primeros días nada más, ya no eran necesarios, con los aparatos ligados a su estructura musculosa y conectados a su cerebro, podría llevar a cabo algunas actividades de locomoción, no todas, pero con las que tenía era suficiente. No podían arriesgarse al transplante nunca realizado antes.

Conexiones casi invisibles, en todo su cuerpo inyectaban y distribuían energía a los tendones, ligamentos y nervios de su organismo. Miguel sentía que caminaba como robot, pero la esperanza en la recuperación de la fuerza de sus huesos lo hacía dominar esa sensación de ser un ente mecánico. Cruzaron algunas calles con la bondadosa espera de los comúnmente veloces automovilistas. Al atravesar el parque artificial, cercano al departamento de Miguel. Ana se llenó de recuerdos.

Lo había conocido dos años atrás, en el bicentenario del ascenso de Hitler. Corría alrededor del parque, entre almendros, manzanos, álamos, flores reproducidas tan fielmente que nadie dudaba que fueran tulipanes, alcatraces, bugambilias. En aquella mañana, mientras ella devoraba lecturas sobre la república española, Miguel, sudado, agitado, le pidió compartir la banca y ella aceptó. Sus primeras conversaciones las recordaba como lejanas anécdotas, simples y divertidas. Ella intentando explicarle algunos momentos trascendentes, históricos, en el comportamiento de la humanidad, él regocijándose con los pequeños pechos que Ana mostraba a través de su transparente blusa. Miguel charlando sobre deportistas y automóviles, novedades computacionales y el inicio de un empleo un poco extraño, en el cual le pagaban por encontrar a seres marginados para ayudarlos a bien morir.

Ana con el pelo corto, como una rebeldía ante la moda de aquel tiempo, cuando casi todas las mujeres se rapaban por completo y dibujaban en sus cráneos las más diversas figuras, contrastaba con el chongo de Miguel en la parte superior de su cabeza; el pelo recogido con una especie de malla para que no cayera sobre su cara. En aquella ocasión, recordaba ahora sonriente, llevó su coquetería más allá de lo común para esos tiempos, cuando le confesó su soledad, -No creas que únicamente estudio antropología, también me divierto y me gusta hacer el amor. Ese mismo sábado comieron en el departamento de Miguel y no salieron hasta el lunes a la hora de las tareas de cada quien. Ana recordaba su sencillez y humanidad, su simpleza e ignorancia, pero sobre todo su buen humor. Ahora, era un ser disminuído, con un esqueleto paralizado y ayudado con aparatos electrónicos.

Las mañanas y las noches cotidianas se fueron complicando cada vez más, la paciencia de la mujer se agotaba paulatinamente. -Ha sido muy difícil, tanto para él como para mí- le contaba a Miroslava, que la visitaba continuamente para ayudarla con su cónyuge -ya no aguanto los aparatos, todos los días tengo que recargar la energía de las piezas que mueven todo el sistema, en ocasiones se me olvida, pero cuando recargo las baterías de los teléfonos y mi computadora portátil, recuerdo que tengo que enchufarlo también a él. En ocasiones, como tú lo has notado, se desploma porque se descargaron los acumuladores, además no lo puedo sacar de su depresión, la computadora está encendida día y noche, lo quiero mucho pero en ocasiones siento que voy a estallar.

Ella lo desvestía, lo acostaba, lo acomodaba, lo movía, lo asistía como amorosa enfermera para ayudarle a orinar, defecar. El uso de los aparatos tenía límites y en sus abrazos le molestaban las conexiones que hacían bultos en su epidermis. El médico les había explicado que los tratamientos en la nueva piel habían provocado debilitamiento en los músculos, los huesos se desmoronaban como si fueran cubitos de azúcar al contacto con el agua. Los tendones y ligamentos se habían atrofiado. En síntesis, todo el tejido ostéogeno rechazaba los materiales químicos y compuestos orgánicos que se habían usado en el transplante, la misma piel no conservaba el código genético con el cual había nacido.

-El cuerpo es un sistema integral- les había explicado ante una pantalla con un esqueleto humano que fue llenando poco a poco con imágenes de todos los músculos. -...y la sustancia que contienen los huesos, osteoclastos, permiten la destrucción de los tejidos viejos y los osteoblastos ayudan en la remodelación del esqueleto humano, que se da cada siete años, las dos sustancias se debilitaron con el calor recibido-, dijo el médico pensando que su discurso era asimilado.

-Intentaremos dar vida a la última sustancia-, sonrió descubriendo la esperanza en la mirada incrédula de la mujer. -Recuerde- agregó antes de convencerlos de una nueva intervención quirúrgica, -que el sistema óseo tiene las funciones del soporte de nuestro cuerpo, la locomoción y transferencia del sonido, entre otras importantes funciones como lo es la protección de órganos. Ana, sin escuchar la sesuda explicación, se remontaba a los primeros mapas del cuerpo humano y los dibujos de Leonardo Da Vinci. Demostraban, según aquellas primitivas creencias, que el hombre era un mundo en miniatura, formado de tierra, agua, aire y fuego. "Si el hombre tiene huesos el mundo tiene rocas, que son el sostén de la tierra".

Miguel dominó poco a poco los metales y las órdenes computarizadas. Caminaba un poco más aprisa, hablaba con mayor naturalidad, su cuello se hizo más elástico, sus brazos, manos y piernas adquirían con paulatina persistencia su antigua flexibilidad. En pocos meses se reintegró a su trabajo auxiliado por otro empleado que manejaba el vehículo para atrapar marginados. La "cacería" era cada vez más infructuosa. -No se están acabando los vagos, se esconden mejor y se organizan para enfrentarnos-, había concluído Miguel la discusión con su acompañante, una tarde que no encontraron a quien llevar a los albergues.

Miguel decidió volver a la clínica cuando ya no pudo soportar más el rechazo social por ser inválido y, más aún, cuando una noche Ana le comunicó su decisión de sostener relaciones sexuales con algunos de los amigos, -De los más cercanos, no será un engaño, comprende-, había dicho ella, -tenemos veinte meses sin hacerlo.

-Lo demás no importa-, recordaba Miguel una charla de Miroslava y Ana, que escuchó una noche, cuando pensaban que dormía, -aunque su aspecto es cada vez más desfigurado, ya casi no tiene dientes, y si el proceso continúa su cabeza se habrá achicado tanto que será una efigie irreconocible, aún así lo amo, descontándote a ti, Miroslava, nuestros amigos ya no nos visitan por la inevitable repugnancia que inspira; por otra parte, sus manos no pueden sostenerme en el abrazo. -Bueno, si tú haces absolutamente todo- se atrevía Miroslava. -Y si a la falta de fuerza en sus piernas-, recordaba Miguel exactamente las palabras -agregamos la frialdad de su piel, comprenderás que nuestros encuentros amorosos han pasado a ser para mí rituales de sacrificio. -Sí, lo entiendo, amiga- asentía Miroslava –si lo sabré yo, que te he ayudado a bañarlo en muchas ocasiones.

Ana y Miroslava habían entrado en una complicidad fraternal. Por una entrañable amistad que se remontaba a los días de la niñez, las dos habían compartido ilusiones, sueños y diversiones que las hacían tan iguales, incluso en los gustos por los hombres. Cuando Miguel inició el tratamiento electrónico de músculos y huesos, las dos se dieron a la tarea de cuidarlo como si ambas fueran las esposas del inválido. Mientras una lo sostenía, la otra lo desvestía, y viceversa. Entraban a la regadera con él, llevándolo como un gran muñeco sin movimiento. Sus miradas se encontraban conjugándolas con sonrisas cuando a alguna de ellas, le tocaba limpiar y restregar con jabón los genitales sin vida de Miguel. -Enciende la batería- decía jugando Miroslava, mientras sostenía el pene del hombre. La angustia de éste aumentaba cuando no percibía ninguna transformación en su flacidez, a pesar del momento erótico incomparable. Su cerebro enviaba las órdenes, pero el músculo seguía inmóvil.

Cuando lo preparaban para la operación, cuando le advirtieron del peligro de muerte por lo delicado del experimento médico, cuando le informaron que nunca jamás se había intentando algo semejante, Miguel se transportó a los recuerdos más hermosos de su vida, y por más que buscó en el pasado, nada era comparable a su vida junto a Ana, más aún en los recientes días de sufrimiento y placer. -Si he de morir- pensaba recostado en la camilla -me iré con estos momentos de felicidad- y trajo a su mente los bailes eróticos de su mujer cuando el problema empezó.

En los últimos meses, el uso de la música, las imágenes, las palabras, se mutliplicaron cada noche, todo, con el propósito de lograr que él no se sintiera abandonado por su inmovilidad, y que la energía que su mujer quería entregarle no fuera una caricia compasiva. Ella aderezaba el momento de la entrega con historias sobre las costumbres orientales en el juego del amor. Su fidelidad la hacia convertirse en prostituta de barrios bajos neoyorkinos, en danzante africana, en bailarina árabe, ansiosa exhibicionista para sustituir las inútiles caricias con la fuerza seductora de las imágenes. Recrearon en su intimidad, con la compañia solidaria y amorosa de Miroslava, orgías imperiales, entregas tumultuosas. Ana besándolo y Miroslava bailando, desprendiendo lentamente cada uno de los siete velos, o Miroslava acariciándolo y Ana entregada a amantes fantasmales. Incluso con palabras y miradas cómplices, cumplieron estrategias utilizando los ojos y las ansias de invitados conocidos. Ana complació todos los ardientes caprichos de su esposo, con el único propósito de demostrar su cariño ante la desgracia de la insuficiencia corporal, pero sobre todo le enseñó, que aún así lo amaba como cuando sus noches eran insuficientes.

-No queda más remedio que el transplante de todo el conjunto óseo, además la recomposición de músculos y nervios-, dijo tajante el médico. -Volverás a ser normal-, repitió con una seguridad más común en reparadores de máquinas, que en alguien que se enfrenta en cada ocasión, a la posibilidad de la muerte.

Cinco años después del cambio de piel, una tarde de agosto del 2145, cuando el otoño empezaba, Miguel salía de la Clínica Abatón con un caminar firme y decidido. Su estatura de un metro con ochenta centímetros se mantuvo a pesar de su edad, corrigieron también la lenta encorvadura de su estructura corporal, que asomaba ya antes de la operación de la piel. La primera noche que pasaron juntos, después de varios meses que trascurrieron entre la intervención y la recuperación, Ana gozó de aquella diferencia. Incluso, semanas después, le confesó que le gustaba la idea de tener un hijo, el único al que podían aspirar. Las reglas eran muy estrictas, sólo un vástago por mujer y con la obligatoria amniocentesis. Y eso, después de comprobar la posibilidad económica de la crianza. -Además-, agregó ella, -ya cumplimos siete años de estar juntos, ahora podemos tener un hijo.

La sorpresa iba en aumento, cada día que pasaba Miguel presumía de una fuerza como nunca la había tenido, ella se quejó muchas veces de los abrazos asfixiantes y de su caminar aprisa en el parque; era de baja estatura, pero aquella diferencia en el andar no la había sentido nunca. Con la boca abierta lo observó dar una vuelta completa al bosque más grande de la ciudad en menos de cinco minutos. -No puede ser-, dijo sorprendida, - eres el ser más veloz que conozco.

Por otra parte, los menesterosos también sufrieron el cambio, al ser tomados por las manos del guardián sentían una fuerza que los inmovilizaba. -Está bien, ya voy, pero no me apriete tanto- le pedían.

En una ocasión, cuando llevaba hacia el vehículo a un jovenzuelo al que alcanzó en dos minutos a pesar de la distancia que los separaba, surgieron otros dispuestos a rescatarlo, entonces Miguel demostró una gran destreza y los dominó llenando la unidad con más de diez adolescentes desempleados. La hazaña fue contada y multiplicada entre los empleados municipales y se extendió la fama de Miguel "el invencible". El jefe lo llamó y le pidió se hiciera cargo de una unidad especializada en enfrentar a hordas de malvivientes organizados. -Usted es el único que puede detenerlos-, lo elogió el Jefe. -El actual responsable es un hombre ya acabado, viejo, e insiste utilizar métodos antiguos, y usted sabe que la delincuencia moderna es cada vez más imaginativa y eficaz. Los detectives estilo Holmes o incluso James Bond, ya no pueden.

-Te equivocas- repitió de nuevo Ana, cada vez más enfurecida, -tu nueva y extraordinaria fuerza es útil únicamente en las películas o en los circos, en mi casa y en mi cama, amo al hombre de siempre, no al petulante que ahora se siente héroe. Aquella mañana de domingo, Miguel sonrió ante la inesperada respuesta a su fanfarrona demostración de fuerza física al levantar a Ana con todo y cama. La llevó a la recámara de Miroslava a quien, con la otra mano, también levantó junto con la cama de madera y doble colchón, y se encaminó al diminuto jardín riendo a carcajadas y preguntando. -Me desean más ahora, ¿ no es cierto?

Eukarya, Septiembre de 2135

-En 1975 en California, la comunidad científica internacional estableció las primeras reglas para los experimentos con ADN recombinante, desde entonces, debido a los éxitos de la ingeniería genética, los temores han ido desapareciendo, hasta el establecimiento de reglas específicas para experimentar con seres humanos vivos. A partir de los descubrimientos de flagelos producidos en el laboratorio, la vigilancia hacia las empresas productoras de medicina se ha intensificado. Usted recordará lo sucedido hace catorce años, cuando una cría del mosquito Púrpura Oriental en las Filipinas causó la muerte de más de tres mil personas...

-Sí, sí,- malhumorado lo interrumpió el encargado de los procesos centrales de control molecular en Abatón, -lo único que hacemos aquí doctor Estrada, es profundizar nuestras investigaciones genéticas, aislando genes de plantas y animales, algo tan viejo y aceptado como la penicilina. La ironía, casi burla del imberbe y pedante biólogo, experto en biónica, exasperó al científico Estrada; sin embargo contraatacó -No veo entonces la razón por la cual mi computadora no entra en la fuente de información de genomas. -Por seguridad, doctor, por seguridad, son órdenes estrictas del doctor Morones-. Estrada no quiso continuar con aquella absurda discusión. Ya se enfrentaría con Morones en su momento.

-Hay algo que no me gusta- le platicaba a Bárbara llegando a su casa, aún antes de besarla en los labios, -lo triste del caso es que aún no sé qué se me oculta. Bárbara, ocupada en aspectos más terrenales y de infinita menor trascendencia que la experimentación biológica, tiró en la basura los desechos orgánicos del pequeño Raúl y atajó a su marido, -Ten paciencia, tienes únicamente algunos meses, no puedes saberlo todo en tan poco tiempo, menos aún con la vastedad de aspectos científicos que ahí se ventilan-. -Pero es mi área-, respondió con cierta violencia. Bárbara, acostumbrada y además hastiada de los accesos coléricos, no agregó nada e hizo señas para que se sentara a la cena.

Estrada continuó hablando frente a una taza de café, sin importarle si su mujer atendía sus palabras, -Hay lugares a los cuales no me han permitido entrar, no lo impiden directamente, pero siempre hay motivos tan banales como, "Lo siento profesor, se están realizando algunos experimentos muy delicados con animales y su presencia puede abortar el ensayo, usted sabe, los etólogos son muy celosos con su trabajo", o "este día no doctor, le suplico esperar a que el proceso en turno esté terminado", ¡y son laboratorios!, me niegan la entrada como si fuera telefonista o lavapisos. Bárbara lo escuchaba sin mucho entusiasmo, su coquetería había pasado desapercibida para el científico. Ese viernes lucía un vestido de moda, transparente, para incitarlo o provocar una invitación de "vamos por ahí a tomarnos una copa" o por lo menos una velada con amigos, aunque los de él eran también bastante aburridos. Se la pasaban hablando de medicina, biotecnología, transplantes, nuevos fármacos, pero por lo menos podía distraerse con las mujeres. -He escuchado gruñidos, ruidos extraños, los experimentos con animales empezaron hace ya mucho tiempo, ratones, gusanos, animales domésticos, pero ahora esos ruidos son de animales menos comunes en la experimentación- continuaba con su soliloquio el galeno. Bárbara, resignada, rehusó seguir escuchando las preocupaciones del hombre de ciencia, echó un vistazo a la habitación de Raulito y sin decir palabra se fue desnudando en el camino, más bien, abandonando la débil transparencia, y con el ansia contenida se refugió en la cama, encendiendo con una orden verbal el aparato televisor. Estrada también se levantó, pero su dirección no fue la alcoba sino su estudio.

Ahí lo encontró Bárbara, envuelta en un vestido largo hasta los tobillos, en la siguiente mañana de aquel otoño.

- ¡Mira mi nuevo modelo!

Sonriendo, modelaba su vestido, producto de su ingenio estético. Por el frente lo sostenía una especie de argolla que rodeaba su cuello y caía como una fuente de agua a lo largo de su delgado cuerpo. Al darse vuelta, Estrada descubrió sus pecas distribuidas en la parte superior de la espalda, como si fueran diminutos puntos en un mapa de la bóveda celeste representando a los astros. Antes de llegar al inicio de las nalgas el vestido se cerraba ayudado de un pequeño listón, después la prenda se volvía a abrir centímetros abajo de lo que Estrada sabía era la unión de las venas poplítea y safena interna. Para la modista Bárbara era simplemente la entrepierna. Por el anverso, la tela elaborada con materia orgánica y polímeros cubría la carne, sólo se podía atisbar el ombligo, gracias a una figura transparente en esa mítica parte del cuerpo.

-Lo presentaré mañana en el desfile de modas de otoño, si te das cuenta, la tela es más gruesa que mis diseños del verano y su duración será únicamente para la segunda mitad de esta temporada, es decir, está programado para que no se pudra antes de cuarenta y cinco días.

Estrada sonrió bajo la intempestiva visita en el cuarto de cómputo y laboratorio personal. Con la sorpresa de aquella revelación matutina, la sangre empezó a irrigar con mayor celeridad sus arterias y fue a recibir con un abrazo el cuerpo de su esposa.

-Espera, espera, nada más te lo quería mostrar para saber tu opinión, observa que este vestido se usa sin ropa interior para que las líneas de la tela no se deformen y se adapten perfectamente al cuerpo femenino. Es para mirar, no para tocar, de lo contrario dura diez días.
-En tu bella densidad, todo está demás, y no me importa que dure dos horas.
-Mejor lo dejamos para en la noche, voy a quitármelo para irme a la tienda de ropa.

Estrada vió partir a su mujer y regresó a su mesa de trabajo. Con un chasquido de manos la computadora central se abrió, la máquina escuchó la orden y encontró el archivo "experimentos de guerra". El investigador se zambulló en un infinito mar de datos.

Con el cambio de la columna vertebral, músculos y huesos, su agilidad se había multiplicado y su condición física era envidiable, ingresó a una vida de libertad y ricahombría, donde multiplicó sus relaciones extramaritales. Miroslava lo rechazó muchas veces -Ahora sí acaríciame- le decía presuntuoso, y aquella con rabia en la mirada le respondía. -Lo hacía por Ana, no por ti, estúpido. Su egolatría aumentó, terminando así con sus amigos auténticos y rodeándose de aduladores. Aquellos no soportaban sus demostraciones vanidosas de fuerza física y la insensibilidad ante los puñetazos. Los oportunistas aprovecharon su debilidad racional para cumplir con tareas ingratas, como enfrentarse por competencia lucrativa a luchadores y golpeadores profesionales. Se convirtió en la envidia de sus colegas y el blanco del odio de los marginados. "Es un imbécil fuerte", fue la frase repetida cientos de veces.

En su mujer, aquella nueva situación operó en sentido contrario a lo esperado. Empezó a alejarse cada vez más del departamento de él, pues era muy brusco en sus caricias y su pedantería era cada vez más insoportable. La ternura había desaparecido para dar paso a la altivez y la prepotencia. El colmo y motivo último para abandonarlo por completo fue un fin de semana, cuando Miguel presumió con alarde y fanfarronería de que había golpeado fuertemente a un hombre, porque éste le confesó su admiración ante su fortaleza física, -Me olió a homosexual-, dijo con un gesto chocante. En esa ocasión, Ana percibió un timbre de voz diferente, los sonidos no eran los de siempre, ahora llegaban a sus oídos como ecos lejanos, cada vez más distantes. La risa del hombre también brotaba de su boca con diferente énfasis, ya no contagiaba alegría, ahora era repelente; y exageraba en su hablar y reir, haciendo que sus carcajadas fueran escandalosas para dar mayor sentido a su anécdota machista.

Ella lo escuchó con coraje contenido; antes, había descubierto que no existía relación entre sus gestos y el significado de sus palabras que eran incoherentes desde hacía tiempo, pero ahora el tono de su voz se estaba apagando. Aquella muestra majadera y petulante fue demasiado, abrazando la almohada no agregó palabras a las escondidas lágrimas y por la mañana se marchó llevándose sus prendas y sus recuerdos, así como el crecimiento de un nuevo ser en sus entrañas. Se sumergió en sí misma, en su interior empezaba a exigir su lugar en el mundo, el hijo que había deseado. Los libros, videos y su dedicación frenética a investigaciones antropológicas, posibilitaron un relativo olvido del hombre que más amaba. Andrés, compañero de investigación, la acompañó en esta tarea; Miroslava la rescataba de vez en cuando y juntas paseaban por los lugares novedosos de Eukarya. Miguel no la buscó, tenía compañía de sobra como para extrañarla. Treinta y dos días después sonreía ante su propia imagen, regresándole al espejo ejercicios para cambiar los gestos endurecidos de su rostro. -Ya regresará,- le habló a su varonil reflejo y apretando el dispositivo abrió la puerta de la cochera y llamó electrónicamente a su nuevo auto deportivo.

Eukarya, Marzo de 2136

El Dr. Cárdenas increpó rudamente al Dr. Estrada, -¿Entonces a usted le interesa más la suerte de los condenados que mejorar la vida de los seres útiles a la sociedad…? -No es la pregunta correcta- atajó el hombre de gran papada y negras cejas, -me parece monstruoso que se utilicen los órganos de un hombre para salvar a otro.

-Pero ese hombre no existirá mañaña.
-Aún así, hay códigos humanos que no podemos trastocar, en todo caso esperemos para mañana.
-Será demasiado tarde, usted sabe que necesitamos órganos vivos, no atestados de gusanos.
-Mire doctor-, intervino desesperado Morones el jefe de la clínica, cuando comprendió la debilidad de los argumentos de Cárdenas, quien no encontraba mejores razones para convencer al testarudo estudioso de las moléculas -estamos a ciento noventa años de la segunda guerra mundial y durante este período se han repetido múltiples guerras regionales y continentales, han muerto millones de seres humanos y nuestro trabajo es poner la ciencia al servicio del hombre, no entiendo sus escrúpulos de hacer el transplante de ojos de un hombre muerto , prácticamente, a un hombre vivo, lo hicimos antes con los animales.

-¡Y quién puede demostrar, y con qué razonamientos que no somos asesinos de animales!,- reclamó furibundo el Dr. Estrada, agregando más sosegado -nos habrán de juzgar las generaciones futuras, cuyos problemas de sobrevivencia no serán tan complicados como ahora. A propósito, le encuentro mucho parecido con Mengele, Doctor -sumamente molesto se retiró sin esperar la reacción del científico.

Traía en su maletín los videos que mostraban los experimentos con heridos de guerra, pero se abstuvo de mostrárselos a Morones, no valía la pena.

Ahí estaban, datos estadísticos de cientos de seres deformados con napalm y otras derivaciones de armas bacteriológicas, que aún las naciones más atrasadas usaban en sus guerras internas. Ahí, en los cuerpos de aquellos infelices se habían probado una gran cantidad de fármacos, al fin y al cabo eran cuerpos desahuciados, redivivos orgánicamente para los experimentos de la moderna ciencia médica. Hombres, mujeres y niños muertos en vida, utilizados en aras del avance científico.

Estrada, sin esconder aún su coraje, avanzó con paso rápido hacia los laboratorios en donde se diseñaban todos y cada uno de los componentes del cuerpo humano. Las investigaciones que desarrollaban decenas de científicos avanzaba hacia la meta inimaginable en siglos anteriores, de realizar la perfecta sustitución de todas las partes del organismo. Ahí se coordinaban las secciones de biofísica, bioquímica, biotecnología, biocibernética, biocenosis, biónica. Estrada usó la clave para franquear la puerta del laboratorio de control de organismos vivientes homeostáticos.

Salió del teatro clandestino después de un ensayo de la obra en donde interpretaría a Otelo, en un montaje cuya primera función se anunciaba de voz en voz entre los noctámbulos. Esa noche, quien sería Desdémona, lo había besado en los labios en la semioscuridad, antes de entrar al camerino. En esa ocasión, el beso había sido diferente a la amorosa cotidianeidad, si no lo supiera él. Le había gustado aquella sorpresiva muestra de cariño. El futuro Otelo vivía enamorado; sin embargo, debido a su edad, no se atrevía a confesarlo. Ese año cumpliría sesenta de haber nacido, aún así su voz era apreciada por todos los actores; si bien no era la misma de su época de tenor, todavía llenaba el ambiente acústico de los teatros, hasta podía cantar en algunos de los lugares de reunión de los pocos bohemios que quedaban en la ciudad, también lugares prohibidos por la municipalidad. En la Casa de las Musas era apreciado por su sencillez y extraordinaria voz.

Era un hombre feliz, sin ingresos fijos, más bien siempre faltaron para sostener sus pasiones, la ópera, el canto, el teatro; actividades erradicadas por quienes dirigían la cultura, sólo los románticos y nostálgicos conservaban la energía y la rebeldía para promoverla. Los más, los artistas actualizados y modernos, se entretenían buscando el aplauso de las máquinas.

Otelo seguía aferrado a una costumbre antíquisima que venía de los cantantes callejeros y de plazuela en las ciudades del Renacimiento, costumbre que volvía en cada época de destrucción masiva, como las guerras entre las naciones. Otelo, repetía el oficio artístico de los actores perseguidos en los teatros clandestinos que surgieron durante la resistencia francesa ante la invasión nazi; así como en la larga historia de dictadores latinoamericanos desde fines de siglo diecinueve hasta bien entrado el siglo veinte, que no permitían, como en la Nueva España, las artes que conspiraban contra el orden y las buenas costumbres.

Por el contento del beso imprevisto de aquella jovencita de treinta años, y recrear el sabor de tiernos labios, fue a tomarse un trago a una de las tabernas más disimuladas de la ciudad. Al terminarse el vaso de ron, entraron violentamente los empleados del municipio, Miguel al frente. Otelo fue arrastrado con violencia al vehículo.

El perro sabía que algo estaba bajo la tierra. Con uñas y patas siguió escudriñando, oliendo, ladrando, cuando en la superficie encontró lo que parecía ser la pierna de un ser humano. Los niños del área residencial que jugaban en el bosquecillo llamaron a Nerón con un chiflido, y corrieron a dar cuenta de lo que habían encontrado.

Alicia, reportera, estaba de guardia en el anfiteatro principal de Eukarya porque esperaba la llegada de los cadáveres de la última explosión en un centro de experimentación radioactiva. Era la responsable de un largo reportaje sobre los efectos desastrosos de los ensayos nucleares que se salían del control de los científicos. Sus descubrimientos eran seguidos con interés y el semanario electrónico, dedicado a la divulgación de la ciencia, había aumentado sus lectores desde los reportajes. Cada semana los pequeños discos eran comprados por cada vez más consumidores de videorevistas.

Por descuido, casi sin quererlo, preguntó sobre la procedencia de la camioneta y el contenido de su carga, ella sabía que era un cadáver, el vehículo era diferente a los especializados en rescate radioactivo, conocía el uso de cada tipo de transporte del nosocomio.

-Son los despojos de una mujer que se descubrieron enterrados en el bosque "Los Almendros"-, la respuesta le llamó la atención, primero por la cercanía del lugar referido, segundo porque recordaba que era el tercer cadáver, -aunque los otros, fueron hallados en otras partes de la ciudad- y tercero, porque conocía muy bien a Gimena, la reportera policíaca encargada del seguimiento del caso de los cadáveres mutilados. En el diminuto teléfono de Gimena apareció la imagen de Alicia. Aquella se enteró del aviso y respondió en susurros, -Terminando la entrevista en la Delegación Policiaca iré para allá. En minutos llegó Gimena al anfiteatro. Su medio de locomoción era un helicóptero personal de dos asientos. Después de escuchar el resultado de la autopsia y revisar el parte médico, Gimena se reunió con Alicia, quien la esperaba intrigada.

-Otro difunto más, ahora es una mujer, y también como a los otros, le sacaron parte de sus órganos antes de morir, riñones, pulmones, córneas, siempre les falta algo, es obvio que se trata del mercado negro de órganos.

-¿Hay pistas?, ¿es un asesino o son varios?- preguntó Alicia.

-No lo saben aún, no hay huellas dactilares ni testigos, los raptan y después aparecen enterrados, no se han reportado denuncias de desaparecidos, incluso no ha llegado nadie a reclamar los cuerpos. Escogen muy bien a sus víctimas, son seres marginados o personas solas, hombres y mujeres vagabundos, como tantos...

Iba a continuar, pero distinguió al policía encargado de las investigaciones.

-Espera...- Alicia la vio alejarse en busca del funcionario.

Diez minutos después Gimena regresó con un gesto de fastidio y en el camino le confió a su amiga.

-Designaron a un experto para buscar asesinos seriales, un tal Antolín, es simpático pero es muy difícil obtener información de él. No pude sacarle nada, dice que aún no hay pistas, para mí que andan en el camino equivocado. Alicia la invitó a un recorrido por el centro de la ciudad, le contó que habían sido trece los muertos por la explosión en un centro de experimentación nuclear, su tarea del día había terminado y tenían tiempo para tomar algo antes de pasar a la redacción de la empresa periodística en la cual las dos laboraban. Gimena aceptó. En minutos estaban aterrizando en un estacionamiento público de vehículos aéreos.

Un mes después, cuando se descubrió el cuarto cadáver mutilado, -ahora se trataba de un joven-, la psicosis social se empezó a manifestar al mismo tiempo que el enojo colectivo, porque la policía no encontraba al culpable. La nueva víctima no era un desarrapado, sino un joven, hijo de una pareja de trabajadores de una fábrica de instrumentos que servían en las guerras para distinguir al enemigo a miles de kilómetros de distancia, telescopios y radares sofisticados.

En las investigaciones, el jefe de la policía no acertaba con ninguna hipótesis, y los reportajes de Gimena eran cada vez más denunciadores de la impericia judicial. Los detectives policiacos habían intentado descubrir los motivos de los asesinatos, con las mafias organizadas dedicadas al tráfico de órganos. No encontraron nada. Buscaron a un sicópata. Las intervenciones quirúrgicas eran perfectas. Finalmente investigaron las clínicas de transplantes. Llegaron a Abatón.

Desde los anuncios publicitarios -tanto para comprar órganos humanos como para difundir sus servicios especializados-, hasta la organización de proveedores, todo era legal. La Clínica se surtía con los condenados a muerte, con las donaciones en vida, con la compra-venta de órganos de seres desahuciados, pero no encontraron pistas sobre los asesinatos. Las clínicas organizadas en una especie de sindicato empresarial, tenían su propio cementerio. Era una tontería andar sembrando por ahí cadáveres en la ciudad. Para la policía la única hipótesis más cercana a la realidad, era la exportación de órganos a centros médicos clandestinos, proveniente de algún grupo criminal organizado con contactos en el extranjero. Para Antolín, el policía en jefe de las investigaciones, estaba claro que en los laboratorios no encontraría nada, si en Abatón, todo estaba en regla, los otros centros de investigación médica no tenían el equipo ni los científicos capaces de llevar a cabo aquellas siniestras operaciones. O alguien en Abatón estaba mintiendo, con una coartada perfecta, como insinuaban los reportajes de Gimena, o realmente los crímenes eran obra de traficantes.

-Oye, y si en verdad es asunto de la mafia.

Insistía Alicia relacionando la investigación con los quehaceres de los mafiosos. Gimena sonreía ante la inocencia de su amiga.

-Los capos de nuestro tiempo se preocupan de negocios más lucrativos, ahora negocian sus mercados con los poderes establecidos, no andan por ahí matando gente para comerciar con sus órganos.

-Bueno- continuó Alicia, con un gesto despreocupado y sonriente que ampliaba sus mejillas con minúsculas pecas -entonces se trata de asesinos menores, de traficantes que empiezan, de...

-¿Con tanta precisión en los cortes del organismo?, ¿Traficantes tan modernos que antes de asesinar hacen intervenciones quirúrgicas tan perfectas como las de los modernos hospitales?, no lo creo-. Concluyó Gimena.

Ana escuchó el mensaje y preocupada pronunció en voz alta el número telefónico de Miguel. Apareció en la pantalla con una venda alrededor del cuello y escribiendo en una computadora personal. Las letras fueron apareciendo en la pantalla en casa de Ana, "No puedo hablar, poco a poco la voz se ha extinguido, estoy probando con un micrófono oculto en el cuello, en este momento se está cargando de energía, pero comprenderás que con el aparatito no me siento seguro".

-¿Qué sucedió?, interrogó Ana, -Quiero verte- leyó como respuesta. Ana apagó el teléfono y salió apresurada, sin dejar recado alguno para Andrés que iría a buscarla esa noche para llevarla a algún lugar de artistas perseguidos, la Casa de las Musas, le decían, en donde se montaba una sátira ridiculizando a los máximos de la municipalidad y al nuevo jefe de atrapadores de vagos, "El imbécil fuerte", era el nombre de la sátira cuya función se anunciaba de voz en voz.

Lo encontró preparando un par de tragos. Su cuerpo atlético resplandecía a la tímida luz de la habitación; cuando su rostro se topó con la mirada de Ana, ella casi gritó de espanto, había olvidado que las muecas no eran congruentes con las acciones, él comprendió la sorpresa y sonrió interiormente, sus labios no se movieron, ofreció la bebida y fue por el micrófono, lo colocó debajo de la venda y los sonidos surgieron. "Un día por la mañana intenté cantar, como siempre lo hago bajo la ducha, de mi garganta no salió la voz, entonces supuse que era una afonía pasajera, producto de la borrachera y los excesos, sin embargo, no pude articular sonidos durante los siguientes cuatro días...", Ana escuchaba la voz electrónica presa de una angustia creciente, quería interrumpirlo, pero atendía al metálico sonido, "...visité la Clínica y me dijeron que el trasplante de músculos y huesos había producido cambios en algunas de las funciones más delicadas, como el habla y el oído, pero con el micrófono me podría comunicar, al mismo tiempo que un aparato casi invisible me permite escuchar, sin este artefacto no escucho nada, estoy sordo...". A pesar del coraje que aún sentía por él, por su fanfarronería y abandono, empezó a sentir primero lástima y después algo incomprensible por aquel angustiado hombre, quien a pesar de su fortaleza física y su bien ganada fama de invencible, se mostraba ante ella como un ser tan débil, por la sola razón de no poder hablar y escuchar como todos.

Ana llamó a su departamento, su imagen y voz quedaron grabados para que Andrés, supiera que estaría en donde Miguel, y su imposibilidad de acompañarlo a los lugares programados. "Miguel me necesita ahora", las letras y el sonido aparecieron en el otro lado de la línea. Andrés vio la viveza de sus ojos en la pantalla, repitió susurrante, -¿Y yo?

El amante de las letras, tanto como de Ana, la esperaba siempre. Los mensajes grabados, la búsqueda constante en los centros de estudio, las invitaciones a paseos donde la naturaleza aún se conservaba, para ver los peces, los árboles, las montañas, los ríos, el hielo en el polo norte o la selva en los países del sur, -Vamos, Ana, antes que todo eso desaparezca para siempre-, le decía amoroso. Ella, cada vez con mayor regularidad, se dejaba seducir y se abandonaba a las palabras agradables y acariciantes, aunque se rehusaba a la peregrinación nocturna por lugares prohibidos. -Ahí hay gente desterrada y perseguida, a quienes tenemos que ayudar en la medida de nuestras posibilidades y sobre todo de nuestro coraje-, intentaba convencerla constantemente y cuando una noche no llegaba o no le hablaba, Ana se imaginaba que ya estaría encerrado o desaparecido, o en algún lugar para pobres.

Andrés era de una inteligencia notable, no en balde le había ayudado tantas veces en sus tareas de investigación antropológica, manejaba las ciencias exactas con gran habilidad, sabía de matemáticas, de astronomía, de física, y era hábil con las herramientas cibernéticas. Pero lo que más le atraía a Ana era su pasión por la literatura, pasaba las noches escuchándole las tramas de novelas antiguas, versos decimonónicos, cuentos del siglo veinte, de ciencia ficción, realismo mágico, policiacos, y ella lo esperaba como una niña a quien es necesario contarle un cuento para iniciar el sueño. Ahora lo extrañaba, pero le había prometido a Miguel estar con él hasta después de la operación de sus atrofiados órganos del habla y la escucha.

Los días se fueron alargando, tortuosos, insoportables, más por la espera por buscar a Andrés que por la imposibilidad de comunicarse en forma normal con su cónyuge. Si bien los aparatos auditivos y reproductores de sonidos que sustituían las voces cumplían con su cometido de comunicación, no se acostumbraba a la mudez y sordera nocturna del hombre, en su cama y en su intimidad. La exasperaba la monotonía de los sonidos, con el mismo tono le pedía un beso que los zapatos, en ocasiones los gritos le aturdían cuando aquel no modulaba los decibeles y gritaba como para asustar a un huidizo ladrón, a pesar de que, lo único que deseaba era la toalla después del baño. Y para colmo lo otro, las seductoras historias de Andrés, con su sonrisa y sus cuentos amorosos de los Persas.

Como siempre, la operación resultó un éxito. El médico dio los buenos días y Miguel respondió con voz modulada y sonora. Minutos después Ana olvidó a un joven sin piernas que llevaban en una silla de ruedas, al escuchar un melodico "Te amo" desde la cama hospitalaria. -Esa voz no es la misma de siempre-, con un fugaz pensamiento, comprendió que ahora su contagiosa risa no sería la misma. El "te amo" le sonó hueco, hipócrita, falso, aunque sabía que salía del corazón de Miguel. Antes de abandonar la Clínica advirtió títulos en las puertas de los consultorios cerrados, que en ocasiones anteriores no había distinguido, polímeros, metales, cerámicas, compuestos y al cruzar ese espacio deletreó en la puerta que cerraba, biomateriales.

Los cambios de voz, dulces y cariñosos en la intimidad, fuertes al cantar bajo la regadera, delgados sonidos en ocasiones, anunciadores del alba y adormecedores por la noche, le hicieron olvidar por momentos el contraste con los gestos. A los cambios en el rostro no les dio más importancia que su desasosiego en el pasado, sólo se atenía a la claridad y sonoridad de las palabras y su significado. -Por su voz se expresa su corazón, que es lo que importa-, pensaba cada día.

Como "invencible robot" lo empezaron a señalar en las buhardillas, en los barrios de miserables, en los lupanares clandestinos, entre la bohemia nocturna y huidiza de la ciudad. A la fama de su fuerza descomunal y agilidad física en la tarea de atrapar marginados, se agregó la voz metálica con que los intimidaba, era tan fuerte el grito que el sonido traspasaba paredes y recorría largas distancias o tan bajo como un susurro. Pero el tono no cambiaba nunca, era igual al gritar "alto" a un veloz desarrapado, que el "te quiero" con que intentaba de nuevo conquistar a una cada vez más desilusionada Ana.

Andrés, agotado por las negativas, no la buscó más, Ana notó su ausencia, con tristeza al principio, con nostalgia después, con arrepentimiento cuando Miguel volvió a las andadas. Lo reclamaban las mujeres y lo envidiaban los hombres, a su agilidad física se sumó su voz atrayente y seductora, aunque sus gestos repelían así como su insensibilidad en la piel. "No importa", se justificaban las seducidas que caían como ratitas ante el sonido de la flauta mágica. Se olvidó pronto entre los desahuciados el ruido metálico del empleado municipal. A su llamado nadie corría, se inmovilizaban.

Ana se horrorizó una mañana que balbuceó una maldición ante el espejo del baño. Miguel, desde la recámara gritó, -Te escuché, por las noches también me encargo de que la ciudad permanezca limpia, sin indeseables, y no las ocupo en parrandas ni mujeres, me estoy cansando de tus críticas a mi trabajo. Por la noche comprobó su temor, cuando al dejar un recado grabado en el auricular de Andrés, pidiéndole que la buscara en la Universidad, al mismo tiempo que Miguel estacionaba su vehículo cuatro pisos abajo, y éste al abrir la puerta reclamó -Si quieres verlo, búscalo, estará por ahí en uno de esos lugares clandestinos que un día voy a ordenar que cierren. Tenía un oído extraordinario. Ya sabía que su olfato y paladar eran tan perfectos que distinguía aromas y sabores con la rapidez de un perro de caza. Pero ahora descubría su capacidad de escucha.

La última noche de discusiones sucedió algo insólito, incomprensible. Estaban en una de esas salas de exhibición individuales, adonde acudían de vez en cuando las parejas para romper con la monotonía de la pantalla casera. En el mismo lugar había salas familiares, separadas por paredes de grueso vidrio en donde los sonidos y la luz no traspasaban. Cuando Miguel escuchó las risas de unos niños de una sala de exhibición contigua, dijo molesto -Me perturban esas risas, además la pantalla me lastima, será mejor irnos- y cerró los ojos ante el asombro de Ana.

-Pero la película apenas empieza y yo no escucho los ruidos de las salas contiguas-, reclamó ella, -Pero yo sí, !vámonos¡- agregó con prepotencia, mostrando una hilera de dientes parejos y brillantes, tan blancos como el mármol.

Ana se levantó de la butaca y se adelantó hacia la salida, Miguel tropezó y casi cae al suelo, -Se me nubló la vista-, le informó sin darle importancia a ese traspiés. En el coche había un mensaje en la pantalla, era Andrés, que invitaba a Ana a una audición de violín y flauta, además la exhibición de una película antigua, de un tal Buñuel. Miguel, bruscamente, descendió del coche de Ana y la despidió con gritos violentos, -Podemos ir los dos-, le gritó ella. -No, gracias-, respondió Miguel y agregó, -me molestan las cintas antiguas y no me interesa la música de los viejos-, echó a correr y en segundos se perdió de la mirada de Ana. Ella no regresó esa noche, contó a Andrés lo sucedido, también la indiferencia ante el frustado embarazo.

-Creo que no se ha dado cuenta que en mi vientre ya no hay nadie- y soltó el llanto. Andrés sabía que la profunda tristeza de Ana era por los dos hombres, el que no nació y el que ya estaba perdiendo. Quizá también por que ya estaban a mediados del siglo, casi llegaban al 2150 y aún Ana no sabía si podría tener un hijo. El embarazo frustado la había alertado sobre la imposibilidad, quizá, de tener impedimentos físicos para engendrar, temores que desde tiempos remotos las mujeres guardaban para sí mismas. "Es un monstruo" fue el último comentario de la desencantada mujer, refiriéndose a Miguel. El mal aliento causado por el uso del tabaco del comprensivo Andrés, le recordó a la deprimida amante, la naturaleza humana.

Eukarya, Octubre del 2136

Para el Dr. Estrada, el uso de materiales en la fabricación de prótesis no era nuevo en absoluto, sabía que desde la segunda mitad del siglo pasado, los implantes en el cuerpo humano se habían convertido en cosa de rutina; el desarrollo de materiales sintéticos con las nuevas aleaciones, cerámicas y polímeros, ayudó al crecimiento de alternativas médicas. Así, segmentos de poliuretano y goma elástica con mallas de carbón se utilizaban para reemplazar arterias dañadas, en tanto que una válvula cardiaca construída con titanio y nylon permitía que el corazón del hombre siguiera latiendo.

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Detalles

Páginas
207
Año
2012
ISBN (Ebook)
9783656224365
ISBN (Libro)
9783656228226
Tamaño de fichero
1 MB
Idioma
Español
No. de catálogo
v195924
Calificación
Etiqueta
rebelión sentidos

Autor

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Título: 2140. La Rebelión de los Sentidos